Chapter 8
Capítulo 8 Alianzas y dudas
El eco del golpe en la puerta vibró en el aire como un disparo silencioso. Sofía se quedó inmóvil, con la espalda pegada a la fría madera del armario, intentando regular el ritmo frenético de su corazón. Sentía que el latido le martillaba las sienes, cada pulso una descarga eléctrica que atravesaba su pecho. Por un instante, el tiempo se diluyó en un susurro cortante: el traidor estaba ahí, justo al otro lado.
Álvaro giró lentamente, cerrando por completo la brecha que los separaba. Sus ojos, usualmente distantes y calculadores, ahora buscaban algo más, como si intentaran leer el alma agitada de Sofía. La tensión colgaba entre ellos, densa y palpitante. No era solo desconfianza; había miedo, sí, pero también un atisbo de comprensión naciente.
—Sofía... —su voz esta vez sonó más baja, menos segura—. Necesito que confíes en mí.
Ella ladeó la cabeza, estudiándolo con una mezcla de advertencia y esperanza contenida. La duda mordía en sus entrañas, pero también una chispa encendida por las palabras y la franqueza de aquel hombre con quien compartía esta prisión dorada.
—¿Confianza? —repitió, tan cortante como el filo de un cuchillo—. ¿En ti? Después de todo lo que ha pasado, ¿cómo puedo darte siquiera un respiro?
Él gimió casi inintencionadamente, como si el reproche la hubiera alcanzado en un lugar vulnerable.
—Porque si no empezamos a entendernos, estamos condenados a esa guerra silenciosa que nadie ganó hasta ahora.
Un silencio pesado se instaló. A través del ventanal, la ciudad desplegaba su manto luminoso, pero ni las luces ni el ruido frenético de abajo conseguían apagar la intensidad del momento que compartían.
Sofía dio un paso adelante. El roce de su vestido rozando la alfombra parecía un eco tenue de la madurez de su decisión. Miró directo a Álvaro, descifrando cada microexpresión que cruzaba su rostro: una pequeña tensión en la mandíbula, un parpadeo apenas marcado, la mirada que oscilaba entre la certeza y la vulnerabilidad.
—Está bien —murmuró casi para sí—. Empecemos entonces. Pero te advierto, cada palabra tuya tendrá que ser tan transparente como este cristal que nos separa del mundo exterior.
Un destello fugaz de alivio dibujó su gesto. Él asintió, aunque su mirada delataba un secreto que guardaba con demasiado celo.
—No te arrepentirás —prometió con firmeza.
En ese momento, se escuchó un leve clic. La cerradura de la puerta giró lentamente. Sofía se giró al instante, la respiración en suspenso, lista para cualquier desenlace.
Pero no fue un enemigo quien apareció, sino la asistente de Álvaro, Lucía, con una carpeta apretada contra el pecho y los ojos brillantes por una noticia inesperada.
—Señores... —dijo con voz temblorosa—. Tenemos un nuevo reporte sobre Viviana.
El silencio se rompió con la urgencia implícita en la voz de Lucía. Sofía y Álvaro se intercambiaron una mirada rápida, cargada con la electricidad de la revelación inminente.
—Dímelo —exigió Álvaro, dando un paso adelante y cerrando sutilmente la distancia con Sofía, que hasta ese momento se mantenía al margen.
Mientras Lucía desplegaba los documentos, la habitación pareció encogerse, atrapándolos a todos en un círculo íntimo y clandestino.
Sofía apenas pudo ahogar el sobresalto cuando vio las imágenes y los nombres señalados en el informe. Viviana había avanzado más rápido de lo que esperaban; su estrategia era letal y estaba minuciosamente diseñada para desestabilizarlos. La sensación de peligro se colaba como un frío cortante bajo la piel.
—No podemos subestimarla —concluyó Álvaro, apretando el puño sobre la mesa—. Pero ahora que la conocemos, podemos anticiparla.
Sofía se permitió una mirada más prolongada a Álvaro antes de asentir. Por primera vez, no sintió que fuese un enemigo, sino un aliado inesperado en un tablero de ajedrez que los amenazaba a ambos.
Entonces, como si la tensión de la confrontación con Viviana comenzara a disolverse, Álvaro hizo un gesto sutil: sacó de su bolsillo un pequeño sobre lacrado y lo depositó sobre la mesa frente a Sofía.
—Esto es para ti. No es mucho, pero creo que podría ayudar.
Sofía frunció el ceño, confundida y curiosa. Tomó el sobre con delicadeza, notando el peso y la textura del papel. Él la observaba sin parar, con una suavidad en los ojos que ella no sabía cómo interpretar y que, contra todo pronóstico, le hacía mella.
—¿Qué es? —preguntó, entrecerrando los ojos.
Álvaro sonrió de forma casi invisible, sin abandonar esa mirada sincera que la desconcertaba.
—Una apuesta. Por nosotros.
El aire cambió. Sofía sintió que la rigidez en sus hombros se relajaba, y un murmullo tenue de esperanza empezó a abrirse camino entre sus reticencias.
El sobre en sus manos era más que un objeto; era una llave que podía abrir nuevas puertas, o tal vez encerrar aún más secretos.
Y en ese instante, antes de que pudiera decidir qué hacer, la puerta volvió a abrirse lentamente.
Un invitado inesperado, a punto de alterar el equilibrio precario que comenzaba a formarse entre ellos.