Chapter 7
Capítulo 7 El imperio en peligro
El silencio se coló entre las paredes del despacho de Álvaro Cárdenas como un enemigo sigiloso.
Él permaneció de pie frente al ventanal, las manos apoyadas con fuerza en el cristal frío que daba a la ciudad deslumbrante, mientras la noche tibia arrastraba sus luces parpadeantes hacia el sofá donde Sofía se había dejado caer, abatida, como una marioneta a quien le habían cortado los hilos.
El golpe que la filtración había significado comenzaba a desbordar el vaso invisible de su paciencia. Tenía la sensación de que, si giraba, encontraría la habitación llena de sombras listas para devorar cada paso que diera, cada decisión que tomara.
—No puedo permitir que esto se disperse más —murmuró Álvaro sin mirarla, la voz arenosa de noche y de insomnio—. La empresa... la familia... todo pende de un hilo colgado de la reputación de Sofía, y cada palabra que se dice en voz baja, cada mirada de la prensa, es una daga que apuñala ese hilo.
Sofía levantó la vista, una chispa oscura encendiendo su mirada, dolor y fuego mezclados hasta volverse combustible.
—Entonces, ¿qué hacemos? —su voz era un susurro ráfaga, como si exponer la pregunta ya la convirtiera en un acto detonante.
Álvaro finalmente giró, sus ojos azules chocando con los suyos con un peso que dolía—. Primero, tenemos que contener el daño. Cerrar ese agujero de filtración.
Un ruido seco rompió la tensión. La puerta del despacho crujió y se abrió con cautela. Entró Helena, la asistente personal de Álvaro, con pasos medidos, el rostro una máscara cuidadosa. En sus manos, una tablet reflejaba la luz opaca del techo.
—Señor... encontré algo —la voz de Helena oscilaba entre la urgencia y el temor contenible. Deposito la tablet sobre la mesa con un leve temblor.
Álvaro se acercó, arrugando el ceño mientras desplazaba los dedos por las imágenes y gráficos que la tablet arrojaba. Eran mensajes de correo internos, documentos confidenciales y registros de llamadas. Todos conectados con la filtración.
—Esto no puede ser —sus labios formaron las palabras, pero la incredulidad parecía ahogarlo—. Alguien de mi equipo... no puede ser.
Helena se mordió el labio inferior, el brillo de sus ojos tornándose esquivo—. Señor, hay un nombre que se repite en todos estos registros. Alejandro.
El mundo pareció detenerse un instante más largo para Álvaro. Alejandro, el jefe de operaciones, el hombre en quien había confiado desde que tomó el mando del imperio Cárdenas. El pilar silencioso que mantenía la estructura intacta.
—¿Alejandro? —la pregunta construida con incredulidad colgaba entre ellos—. ¿Pero por qué? ¿Por qué traicionarnos?
La asistente bajó la mirada—. No lo sé, señor. Pero hay contratos a nombre de terceros, transferencias que no corresponden a operaciones oficiales, y conversaciones encriptadas que revelan un plan para beneficiar a una empresa rival.
Sofía sintió un frío que se hundía en el alma. El enemigo no estaba afuera; estaba dentro, en casa.
Álvaro se giró hacia la ventana de nuevo, sus puños crispados contra el vidrio. La ciudad seguía su ritmo frenético, pero para él era un campo minado al borde del derrumbe.
—Esto no solo pone en riesgo a la empresa —musitó con voz sombría—, sino también a todos los que confiaron en mí. A ti, Sofía.
Ella se levantó con dificultad, dejando atrás la pesada derrota que parecía envolverla. Cada paso resonaba como un desafío sordo contra la conspiración invisible.
—Tendremos que ser más astutos —dijo, su voz quebrándose apenas—. No solo para sobrevivir. Para contraatacar.
Álvaro la miró, una mezcla compleja de gratitud, culpa y un atisbo de esperanza, como si lo último que quedara fuera aferrarse a ese hilo frágil entre ellos. La alianza forzada comenzaba a mostrar su filo más cortante.
Una llamada vibró en el bolsillo del pantalón de Álvaro. Él dudó un segundo antes de responder. La voz al otro lado fue breve, un susurro cargado de urgencia y peligro.
—Señor, tiene que venir al laboratorio ahora. Hay algo que debe ver.
El corazón de Álvaro dio un vuelco. El imperio que había construido lucía lejos de estar a salvo.
Cada segundo contaba, y mientras la tormenta en su interior crecía, se preguntó en qué momento sus aliados se convirtieron en enemigos.
La puerta del despacho se cerró detrás de él con un golpe seco.
Pero el verdadero traidor estaba justo frente a ellos.
Y no se veía venir.