NoveliqaUn Matrimonio por Decreto: Pasiones que Rompen Contratos / Primer choque de voluntades :0%
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Chapter 5

Primer choque de voluntades

Capítulo 5: Primer choque de voluntades

El eco de aquella amenaza invisible resonaba en la sala, como un latido espeso que atrapaba el aire entre ambos. Sofía, apoyada contra el marco de la ventana, sentía el frío vidrio filtrándose a través de su abrigo, un contraste brutal con el fuego que le quemaba en el pecho. La ciudad vibraba a sus pies, indiferente, con millones de luces empeñadas en disfrazar la oscuridad.

—¿Crees que no lo sé? —la voz de Álvaro se filtró, seca, como un disparo que penetró la tensión. Se había acercado sin avisar, invadiendo su espacio.

Sofía apretó los dientes. No sabía si era por el enfado o por la necesidad urgente de mantenerse firme. Levantó la mirada y enfrentó esos ojos que parecían dos pozos profundos, inexpugnables.

—¿De qué hablas? —su tono fue un filo. Quería engañarse, pero sentía cómo lo que ocultaba ese hombre invisible, lo que callaba con su presencia dominante, pesaba más que cualquier palabra.

Álvaro dio un paso adelante, y el ambiente se cargó de electricidad. El perfume leve a menta y café recién hecho que lo envolvía parecía una armadura invisible.

—Viviana no está más allá de esta puerta —susurró con una sonrisa amarga—. No es una amenaza difusa, Sofía. Es una guerra que comienza en nuestras narices.

Ella inspiró hondo, intentando recomponer la voz antes de responder.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó en un susurro que dolía más de lo que esperaba.

Las máscaras caían. Finalmente era momento de enfrentar la verdad. La verdad de dos desconocidos habitando una mentira.

—Quiero que entiendas algo —dijo Álvaro con un tono tan frío que le heló la sangre—. Este matrimonio no es para salvar a Sofía Méndez, ni para cumplir con los caprichos de Viviana. Es para proteger lo que queda de mi familia, y eso incluye mantener a raya a quien intente destruirla.

Sofía entrecerró los ojos. La idea de ser una pieza en aquel tablero de poder la asfixiaba.

—¿Y yo qué soy? ¿Una ficha más? —la voz le salió quebrada, al borde de quebrarse del todo.

El silencio que siguió estuvo cargado de todo lo que no se dijeron. Álvaro se acercó aún más, las sombras dibujaban líneas oscuras en su rostro, resaltando la dureza de sus gestos.

—No eres una ficha —replicó sin vacilar—. Pero tampoco eres una reina. Al menos, no ahora.

Un golpe sutil e invisible le atravesó el pecho. Sofía sintió, por primera vez, la brecha entre lo que quería y lo que ese hombre realmente deseaba.

—¿Y quieres qué, entonces? —su voz se hizo firme, desafiando lo que se avecinaba—. ¿Pretendes que finja que esto es solo un contrato? Que somos enemigos con reglas? Porque yo no puedo.

Una sonrisa torcida apareció en los labios de Álvaro. Esa sonrisa que ocultaba tormentas.

—Lo que quiero, Sofía —dijo, bajando la voz— es que entiendas que yo tampoco estoy tan comprometido con esto como parece.

Ella parpadeó, incapaz de leer la sinceridad bajo su máscara de indiferencia.

—¿Qué quieres decir? —demandó, sintiendo un vuelco en el estómago.

Álvaro dio un paso atrás, cruzando los brazos con una calma casi desafiante.

—Que en este juego, las reglas las escribo yo. Y si en algún momento decido que las piezas deben caer, caerán.

Sofía tragó saliva, sintiendo cómo la sala se hacía más pequeña, más hostil, como un campo de batalla donde apenas acababan de alzar la bandera blanca.

—Entonces dime algo, Álvaro —susurró—. ¿Si no estás comprometido… qué demonios hacemos aquí?

Antes de que pudiera recibir una respuesta, un fuerte golpe en la puerta les obligó a separarse al instante. Un ruido seco que resonó en la opulenta estancia, seguido de un silencio roto por la respiración contenida de ambos.

—¿Quién es? —preguntó Sofía, con la voz temblorosa.

La respuesta, sin embargo, no llegó. Solo un nuevo golpe, más urgente, que hizo que la tensión explotara en mil astillas.

Álvaro se hizo dueño del recinto en un segundo, sus pasos firmes se dirigieron a la puerta. Pero antes de abrir, giró la cabeza, con una mirada que comprimía un aviso y un desafío.

—Esto apenas comienza, Sofía. ¿Estás dispuesta a jugar de verdad?

Ella sintió el calor de una decisión inevitable arder dentro. No había vuelta atrás. Y mientras pensaba en cómo responder, su mirada se cruzó con la ajena, cargada de tantas promesas y amenazas que asustaban.

El silencio creció con la cadencia del afuera, pero —justo cuando la mano de Álvaro tocaba el pomo— un sonido nuevo, inesperado, irrumpió. Un mensaje eléctrico, cortante, que vibró en el teléfono sobre la mesa, proyectando la sombra ominosa de un peligro que nadie podía prever.

Y en ese instante, los susurros del pasado, el peso del presente y el abismo del futuro se conjuraron en la penumbra.

El juego había cambiado.

El trueno del destino aguardaba un movimiento imposible de prever.

¿Qué carta jugarían ahora?

La puerta esperaba ser abierta.

Y detrás, la verdad, o la ruina.

—¿Estás lista? —la voz de Álvaro rozó el aire entre ellos, un filo que cortaba más que la duda.

Sofía inhaló con fuerza, las pulsaciones le retumbaban en los oídos, y respondió justo cuando el pomo cedía bajo la fuerza de una tensión insoportable.

—Más que nunca.

El umbral entre la alianza frágil y la guerra declarada estaba a punto de romperse.

Y en ese instante, la ciudad no paraba de latir, ignorante del huracán que se desataba en aquel apartamento.

El choque era inevitable.

Y sólo la pasión podría salvarlos, o acabar con ellos.

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La mano firme de Álvaro giró la llave.

El aire se volvió pesado. La verdad descendía, brutal, sin avisos.

Pero nadie estaba preparado para lo que ocultaba la sombra.

El capítulo terminó con el silencio roto, con una promesa de tormenta.

Y los secretos, esos invisibles enemigos, se acercaban sin perdón.

¿Quién ganaría?

El tablero estaba listo.

Y las piezas comenzaron a moverse.