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Chapter 17

Conflictos y sospechas

Capítulo 17 Conflictos y sospechas

Una brisa fría se colaba por la ventana entreabierta, arrastrando hasta la habitación el murmullo lejano del tráfico nocturno. Sofía permanecía inmóvil en el sillón de cuero, las manos entrelazadas con fuerza sobre el regazo. La noticia aún chisporroteaba en su interior, una llama insidiosa que amenazaba con devorar la poca serenidad que le quedaba.

El silencio era una amenaza más que un refugio.

—¿Cómo es posible? —murmuró, más para sí que para el vacío—. Todo este tiempo... ¿Y la ecografía? ¿Las citas médicas?

La pregunta se clavó como un alambre oxidado en el aire frío del apartamento. Frente a ella, la mesa de centro, impecable, reflejaba en su superficie pulida la distorsionada silueta de una copa vacía. La imagen era tan vacía y hueca como las palabras de Álvaro aquella tarde.

Se levantó súbitamente. Un vértigo leve le tensó el estómago y tuvo que apoyarse en el respaldo del sillón para no caer.

¿Cómo podía dudar de lo que él le había dicho? Álvaro, un hombre acostumbrado a la transparencia fría y al control riguroso de su imperio. Uno esperaba que para él las medias verdades fueran un lujo excesivo. Pero esa sombra que ahora navegaba entre sus gestos la confundía, la desconcertaba.

Sofía giró hacia la cocina abierta. La luz amarillenta iluminaba el cuadro de copas y botellas cuidadosamente dispuestas. El recuerdo de Viviana, con su sonrisa punzante y sus ojos llenos de amenaza, revoloteaba en su mente como un ave depredadora.

—Esto no es solo sobre un embarazo falso —jadeó, revolviendo el café frío en la taza ambarina—. Hay algo más. Algo que él no dice.

Justo en ese instante, el sonido seco de la llave en la puerta la congeló. El corazón se le encogió y un escalofrío recorrió su columna. Se giró con rapidez.

—Álvaro —su voz sonó más tensa de lo que pretendía—. ¿Ya estás?

Él entró con la chaqueta desabrochada, la corbata colgando descuidadamente, y unas ojeras que delataban noches sin dormir. Sin mirarla, dejó caer un sobre sobre la mesa y se encaminó directo al dormitorio.

—¿Qué es esto? —dijo Sofía, recogiendo el papel que parecía imposible de doblar en una sola hoja—. ¿Otra prueba de ese embarazo?

Él se cruzó de brazos, la mandíbula apretada.

—No es para ti —soltó con voz áspera antes de girarse para mirar por la ventana, las luces de la ciudad reflejándose en sus ojos oscuros.

Sofía sintió que algo se resentía dentro suyo, como si cada palabra pronunciada por Álvaro se arrastrase hasta su sangre y la transformara en hielo.

—¿Entonces para quién? ¿Con quién estás jugando? —la ira brotó sin que pudiera controlarla, una tormenta desatada en el estuario de su confusión.

Álvaro se volvió lentamente, sus labios curvándose en una mueca seca.

—Esto no es un juego, Sofía. Hay leones mucho más fieros fuera de esta habitación. Viviana no es la única amenaza.

—¿Por qué no me dices la verdad, entonces? —su voz tembló, mezclando reproche y súplica—. Necesito creer en ti, en nosotros.

Él dio un paso hacia ella, sus ojos oscuros clavados en los suyos, buscando algo más que la pelea.

—Porque si lo supieras, no solo dudarías del embarazo. Dudarías de algo aún más grande.

El silencio volvió, ahora denso, un pozo donde Sofía se zambulló sin poder emerger. En ese instante, el teléfono vibró con insistencia sobre la mesa.

Ambos se quedaron mirándolo, conscientes de que nada volvería a ser igual.

Sofía levantó el aparato con manos que vacilaban.

—¿Quién?

La pantalla mostraba un número desconocido, prefijo internacional, frío e impersonal.

Con la respiración contenida, aceptó la llamada.

—¿Sofía Méndez? —una voz femenina y fría, rasgada por un hilo de sarcasmo—. ¿Cuánto tiempo vas a jugar a la inocente?

Sofía se aferró a la mesa para no perder el equilibrio. De repente, todo encajaba en un encaje de sombras y traiciones.

—¿Viviana? —susurró, al borde de la desesperación.

—Siempre fui yo. Y ahora... tengo algo que te va a hacer dudar de todo, incluso de lo que crees saber sobre Álvaro.

Antes de que pudiera responder, la llamada terminó. El silencio se apoderó de la estancia, más aterrador que cualquier amenaza.

Sofía sintió que el mundo se deslizaba bajo sus pies. ¿Qué secretos ocultaba Álvaro? ¿Qué juego perverso tejía Viviana en las sombras?

En ese instante, su móvil vibró otra vez con un mensaje: “No confíes en él. Nada es lo que parece”.

La pantalla iluminó su rostro pálido. Ella supo, con un dolor afilado que calaba hasta los huesos, que el verdadero peligro no estaba en el contrato que los unía.

Estaba en el velo oscuro de mentiras que amenazaba con consumirlos a ambos.

—¿Qué estás ocultando, Álvaro? —musitó entre dientes, mientras la puerta del dormitorio se cerraba con un golpe seco, dejando la habitación y su alma en sombras.

La ciudad seguía viva. Pero para Sofía, aquella noche, era un laberinto sin salida.

Y el reloj implacable avanzaba, sin piedad.

—Fin del capítulo 17—