Chapter 15
Capítulo 15 El dilema del corazón
Un suspiro escapó de sus labios, al borde del abismo emocional donde el miedo y la esperanza jugaban su danza cruel. Sofía permaneció inmóvil, como si el aire en aquella habitación se hubiera vuelto denso, casi imposible de respirar. Cerró los ojos, dejando que el roce del viento nocturno colándose por la ventana abierta levantara algunos mechones rebeldes de su cabello.
La invitación, con su sello dorado y soberbio, reposaba sobre la mesa frente a ella, fría y pesada. Cada palabra grabada parecía retumbar en su mente: “Un nuevo comienzo. Una propuesta que lo cambia todo”. Álvaro lo había dicho con tanta convicción que, por un instante, creyó que aquel hombre podría arriesgarlo todo por ella y por lo que clandestinamente empezaba a sentir.
Pero, ¿a qué precio?
Los segundos se alargaban en un eco interminable mientras su corazón tamborileaba con furia en el pecho, cada pulsación una pregunta sin respuesta. La línea invisible entre el deber y el deseo se desdibujaba con cada pensamiento: ¿Podía un contrato arruinar lo que sin querer comenzaba a ser real?
Un ruido suave la sacó del trance. La puerta se abrió con delicadeza y apareció Álvaro. Su sombra se dibujaba alargada en el parquet, su rostro cansado, pero sus ojos eran un fuego contenido.
—¿Sofía? —su voz era un susurro grave, casi tembloroso—. No esperaba encontrarte así.
Ella levantó la mirada, sus pupilas empapadas de vulnerabilidad y un destello de decisión.
—Estoy cansada, Álvaro —dijo con un temblor apenas perceptible—. Cansada de fingir que esto es solo un acuerdo.
Él dio un paso hacia ella, el aroma a madera y tabaco mezclado con un leve perfume de menta enturbiando el aire.
—Ni tú ni yo hemos fingido nada en estos meses —replicó, con una sinceridad que casi dolía. Su mano temblorosa rozó la mesa, como si buscará apoyo físico para las palabras que le costaban pronunciar—. Lo que nos une es más que papel y cláusulas. Lo siento, aunque me aterre admitirlo.
Sofía contuvo el aliento, sintiendo cómo cada palabra retumbaba en sus venas helándola. Si era cierto lo que sentían, entonces todo ese mundo de reglas, de contratos sin alma y máscaras sociales, se derrumbaba frente a ellos. No podían regresar al caparazón del “matrimonio por decreto”; ya no sería suficiente.
—Pero —susurró, las lágrimas amenazando con quebrarla—, ¿cómo separas ese sentimiento de lo que prometimos no sentir? ¿Cuándo permitimos que el amor se inmiscuya en un juego que juramos controlar?
Él cerró la distancia que los separaba, la luz tenue del salón delineaba la tensión en sus músculos, la sinceridad en sus facciones.
—No sé si puedo —confesó sin escapatoria—. ¿Y tú?
Sofía sintió que su mundo giraba, una tormenta incontrolable atrapada en su pecho. Quiso responder, quiso negarlo para preservarse, pero la traición a sí misma era insoportable.
Sus manos temblorosas buscaron las suyas, entrelazándolas con fuerza. El contacto electrizó sus pieles, despertando un fuego latente y secreto.
—No puedo —replicó, la voz quebrada y valiente—. Pero tampoco quiero renunciar a lo que esto podría ser.
El silencio que siguió estuvo cargado de una electricidad quebradiza. Después de tantos días de reproches, distancias y silencios evitados, ese instante era como una promesa y una amenaza al mismo tiempo.
De repente, la luz del teléfono sobre la mesa vibró con un mensaje urgente. Sofía lo vio antes que Álvaro; su rostro palideció.
—¿Qué pasa? —preguntó él, inclinándose para ver la pantalla.
Las palabras en el mensaje eran claras, cortantes, incendiarias: “Viviana sabe todo. Ha comenzado su movimiento. Están en peligro.”
El frío volvió a envolver la habitación, pero ahora era un frío distinto, más peligroso, más urgente. Sus miradas se cruzaron, el amor recién descubierto aplastado bajo el peso de la amenaza que volvía a crecer.
¿Podrían entonces separar el amor de un matrimonio impuesto?
Sofía apretó la mano de Álvaro con determinación. Sus labios dibujaron una sonrisa amarga y feroz.
—No podemos —murmuró, casi para ella misma—. No esta vez.
Un cuarto en penumbra, un destino que se tambalea y un corazón roto en dos. La próxima jugada estaba en sus manos. Pero, esta vez, no podían perder.
El reloj marcó las doce. La ciudad nunca duerme, y ellos tampoco.
Y entonces, un golpe seco resonó en la puerta.