Chapter 12
Capítulo 12 Descubriendo el pasado
Sofía se quedó inmóvil, la piel todavía erizada por el roce de aquella confesión velada. Un escalofrío la recorrió desde la nuca hasta las yemas de los dedos; su corazón, ese traidor palpitante, se negaba a seguir el ritmo mecánico de su mente que luchaba por recomponerse.
—¿Qué acaba de pasar? —se susurró a sí misma, la voz apenas un hilo que se disolvía en la penumbra del salón.
El reloj de pared marcaba las 3:17 a.m., un tiempo demasiado silencioso para ser inocente. Afuera, la ciudad respiraba en un ritmo indiferente: coches que pasaban, un susurro lejano de sirenas, el latido metálico de las luces que nunca se apagaban. Pero dentro, el aire era denso, saturado de preguntas sin respuesta, de secretos por desenterrar.
Sofía se levantó con cuidado, evitando que la falda rozara el suelo con un sonido que podría haberse sentido como una traición. Caminó hacia la ventana, y con la ciudad a sus pies, sus ojos buscaron en la distancia algo que poder encajar en el rompecabezas que ahora parecía amenazar con devorarla.
La imagen de Álvaro, serio, incisivo, con aquella mirada que no dejaba espacio para dudas, volvió a su mente. No era sólo la tensión sexual contenida que la había dejado sin aliento; era algo más profundo, más oscuro.
¿Por qué había dicho aquello? ¿Qué vínculo oculto existía entre él y el pasado que ella intentaba esconder a toda costa?
La respuesta comenzó a formarse en su cerebro como una sombra deslizándose por un muro. Necesitaba pruebas, necesitaba saber. No podía permitirse caer en la ignorancia, no cuando su carrera y su cordura pendían de un hilo tan delgado como invisible.
Sacó su teléfono con dedos temblorosos. Deslizó el dedo por la pantalla para evitar el brillo —sabía que cada instante de luz aumentaba el nudo de ansiedad en su estómago— y buscó en sus archivos algo que pudiera tener relación con Álvaro. Un contrato antiguo. Un mensaje cifrado. Cualquier indicio.
Nada.
Al menos, nada visible.
Pero la sospecha no la dejaba en paz.
Respiró hondo, y mientras la humedad fría de la noche se colaba por la ventana, su mano se estiró hacia el escritorio donde aún descansaba el pendrive que Alejandro —su único aliado— le había entregado esa misma tarde.
Lo tomó con firmeza y lo conectó a la laptop. La pantalla cobró vida mostrando una carpeta titulada: “ARCHIVOS CÁRDENAS - RESTRINGIDO”.
Sus dedos se guiaron por los documentos con una mezcla de anticipación y miedo. Fotos, contratos, correos electrónicos... hasta que encontró un archivo marcado como “INFORME CONFIDENCIAL - ALVARO MÉNDEZ”.
Al abrirlo, la mandíbula le tembló.
No sabía que aquel nombre podía huecar su pecho con cuchillas de hielo afilado.
El documento hablaba de movimientos financieros oscuros, transferencias encubiertas y, sobre todo, de una sociedad secreta dentro del imperio Cárdenas.
Un negocio paralelo, ilegal, donde Álvaro tenía un papel fundamental no solo como empresario sino como cerebro detrás de una red diseñada para manipular a sus competidores y eliminar obstáculos... y secretos.
Un nombre apareció repetido: “Sofía Méndez”.
El nombre que ella se había esforzado por borrar; su identidad, el pasado que había intentado sepultar tras capas de mentiras y maquillaje.
Su respiración se aceleró. Una ráfaga de imágenes asaltó su memoria: la noche en que todo comenzó, las cartas anónimas, y aquel antiguo contrato que le había prometido un nuevo comienzo, una vida ajena a ese pasado vulnerable.
Pero ahora, comprobaba que Álvaro conocía todo. No solo eso: lo usaba en su beneficio.
Una mano invisible movía las piezas, y ella, atrapada en un tablero donde las reglas eran dictadas por ese hombre enigmático, empezaba a sospechar que quizá nunca había sido más que una pieza manipulada.
Un pitido rompió el silencio, una notificación misteriosa emergió en la pantalla:
“¿Crees que sabes la verdad, Sofía? No es más que la sombra de lo que viene.”
Un escalofrío la atravesó. Cerró el informe con un clic brusco y se frotó el rostro, intentando espantar la sensación de que alguien, desde la ventana o a través de la oscuridad, la observaba.
Cada latido de su corazón la llamaba a una búsqueda que ahora se volvía personal: descubrir el grado real de la implicación de Álvaro y si esa unión, que ella pensaba solo un contrato, había sido desde el principio una trampa diseñada para atraparla.
Sacó el bolso, recogió el pendrive y, antes de apagar la laptop, una última imagen parpadeó en la pantalla: una foto de ella de hace diez años, con una fecha apenas legible; al fondo, una mano masculina cerrando un sobre.
Su pecho se apretó y susurró con voz rota:
—¿Ha estado Álvaro manipulándola desde el principio?
Esa pregunta se ahogó en la noche que parecía querer devorar sus certezas y convertirlas en cenizas.
Un golpe seco en la puerta la sobresaltó. Su mirada se clavó en la cerradura mientras sus dedos rozaban la figura del pendrive como un talismán.
La respuesta, cuando llegara, pondría todo en juego.
Pero por ahora, la verdad estaba apenas comenzando a desenterrarse... y nada ni nadie sería igual después de esta noche.