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Chapter 9

La Alianza Peligrosa

Capítulo 9 La Alianza Peligrosa

El chirrido de la puerta al cerrarse resonó como un disparo en el silencio ahogado del pasillo. Dentro, las figuras se disolvieron en sombras apenas matizadas por la débil luz de una lámpara de araña que colgaba del techo, vieja y cubierta de polvo, temblando con cada respiración de la mansión.

Ignacio Salazar no necesitó palabras para marcar el triunfo de su taciturno plan. Su cuerpo, rígido, irradiaba una calma glacial y calculadora. Bajo la luz tenue, su rostro parecía esculpido en mármol oscuro: impenetrable, sin misericordia.

El eco de pasos apresurados lo sorprendió cuando la figura de don Rodrigo Muñoz, primo lejano y antiguo aliado de los De la Vega, apareció en el umbral del despacho. La destreza de don Rodrigo para ocultar su nerviosismo le había abandonado; sus pupilas dilatadas traicionaban una anxiedad profunda, como si secretas corrientes de fuego lo arrasaran desde adentro.

—Ignacio —su voz, quebrada al principio, recobró firmeza—. No podemos seguir ocultando esta farsa ante la familia. Ya corren rumores que podrían devorar hasta las piedras de esta vieja mansión.

Salazar alzó una ceja con desdén apenas perceptible, como un pez que se burla atrapado en una red.

—Rumores, Rodrigo. El mundo de la alta sociedad se alimenta de eso y mucho más. Mientras nosotros manejemos el hilo, sólo verán lo que deseamos que vean.

La tensión entre ellos pendía en el aire como una lluvia eléctrica antes de la tormenta. La penumbra oscilaba con un viento helado que se colaba por las rendijas del ventanal, arrastrando un aroma humedecido a madera podrida y a papel antiguo quemado.

—Mi prima Amelia se acerca demasiado a la verdad —musitó don Rodrigo, apoyando una mano temblorosa en el respaldo de una silla tallada—. No es un juego el que estás tomando, Ignacio. ¿Qué propones?

Ignacio dio un paso al frente, la sombra de su cuerpo extendiéndose como una mancha de tinta sobre las paredes forradas en terciopelo.

—Una alianza. —Su voz era un susurro, pero punzante—. Necesito de tu influencia, Rodrigo. Y tú necesitas asegurarte de que esta familia no se deshaga en mis manos, para seguir siendo relevante, para proteger tus propios intereses.

Don Rodrigo tragó saliva, sus ojos brillaban con un destello de desesperación contenida y resentimiento acumulado.

—¿A qué precio?

—La verdad a medias, las promesas rotas, las piezas que caen en su lugar, pero solo las que nos convienen. Has perdido poder desde la muerte del patriarca, acepta que sin mi respaldo tu relevancia se vuelca hacia el precipicio.

El crujir de la madera bajo los pies lentamente se intensificó cuando un golpe seco interrumpió la conversación. Los dos hombres alzaron la mirada hacia la puerta y luego al pasillo —una presencia no anunciada.

—¿Quién va? —preguntó Ignacio, marcando la entrada con una mano invisible de amenaza.

Pero nadie respondió. El silencio se estiró hasta convertirse en un nudo tan denso que parecía querer tragar las palabras.

Don Rodrigo se dio la vuelta, su sombra corriendo hacia el otro lado del corredor. La mansión, con sus grandes ventanales cubiertos por cortinas pesadas, filtraba la luz tenue de la luna, que parecía escrutar cada rincón con ojos fríos y distantes.

*

Horas más tarde, el aire en la biblioteca estaba cargado. El olor a libros antiguos mezclado con el perfume suave de las rosas secas dejadas caer semanas atrás confería a ese lugar un aura de intelección olvidada y peligro acechante.

Amelia De la Vega se escondía entre las estanterías, sus dedos rozando los lomos de cuero envejecidos mientras inyectaba en sus pulmones un aire denso, casi irrespirable.

Desde su escondite escuchó el murmullo grave de Ignacio y la voz débil de don Rodrigo filtrándose por la puerta entreabierta.

—Es la única forma —decía el primo—, tenemos que mantener limpio el linaje, sin importar el método. Amelia es una amenaza latente.

—Entonces debemos hacerla desaparecer —respondió Salazar con la frialdad de un juez y verdugo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Amelia; sus ojos se agrandaron, brillando con una mezcla de miedo y determinación. Su secreto, el peso que llevaba en el alma, parecía ahora una losa a punto de aplastarla.

Al cerrar la puerta tras la sombra que se desvaneció, un susurro apenas audible se deslizó entre las páginas de una de las novelas góticas.

—No saben con quién se están metiendo.

*

La noche avanzaba implacable cuando un golpe violento sacudió la casa. Amelia, deslumbrada y casi sin aliento, corrió hacia la sala principal. Allí, sobre la mesa, yacía un sobre sin remitente, marcado solo con una tinta roja corrugada que destellaba bajo la luz mortecina.

Con manos temblorosas, lo abrió y leyó la fría advertencia:

“Si buscas la verdad, perderás más que tu posición. Espera al amanecer... y prepárate.”

El eco de esa amenaza resonó bajo sus huesos cuando una sombra se deslizó por la ventana rota detrás de ella, desapareciendo como un fantasma en la negrura.

*

A la mañana siguiente, la mansión despertó con una noticia devastadora: don Rodrigo Muñoz había desaparecido sin dejar rastro.

Los sirvientes murmuraban con voces ahogadas; algunos afirmaban haberlo visto salir tarde la noche anterior, otros deslizaron miradas intrigadas hacia Ignacio, cuya expresión impasible no delataba nada, pero cuyo corazón latía con una mezcla de triunfo y temor contenido.

Amelia apretó el sobre en sus manos: ese enigma y la misteriosa desaparición eran piezas de un puzzle siniestro. El tiempo, nuevamente, estaba en su contra.

Y entre las paredes de la mansión del silencio, la conspiración acababa de crecer hasta volverse mortal.

Fin del Capítulo 9