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Chapter 8

El Espía en la Mansión

Capítulo 8: El Espía en la Mansión

El eco sordo de sus pasos parecía más fuerte que nunca en el corredor infinito de la mansión. La penumbra se estiraba con cada segundo que Amelia avanzaba, absorbiendo aquella determinación que casi quemaba sus venas. El aire frío le mordía la nuca, y un sudor helado se le instalaba en la espalda, como si la casa misma quisiera advertirle que estaba en terreno peligroso.

Una sombra se deslizó desde el final del pasillo, un suspiro apenas audiblemente rasgó el silencio. Amelia paró en seco.

—No esperaba que estuvieras despierta tan tarde —la voz de Mateo era un susurro firme, cálido, pero con un filo invisible, como afilado con intenciones ocultas.

Ella cruzó los brazos, intentó que su pulso regresara a un ritmo estable, ocultar con la voz ese nudo que palpaba entre sus costillas.

—No esperaba encontrarte aquí. ¿Vienes a ofrecer respuestas, o a hacer más preguntas?

Mateo dio un paso adelante, su sombra se alargaba en la alfombra manchada de patrones antiguos.

—Tú siempre evasiva, Amelia. Eso me gusta. Pero últimamente... te noto diferente. Como si te escondieras de algo más que de Ignacio.

Amelia tragó en seco. La deuda con un secreto a cuestas se parecía cada vez más a una condena.

Respiró profundo, rozándose el labio inferior, intentando no dejar que el temor perforara esa coraza que había construido a pulso.

—¿Qué quieres decir?

Los ojos de Mateo se estrecharon, buscaban un resquicio donde colarse, donde atraparla.

—La verdad no es agradable, y sé que te mereces la verdad, pero a veces, para proteger algo, hay que perder otra cosa... incluso la confianza.

Fue entonces que Amelia lo vio. En sus manos, imperceptible, un pequeño aparato que no debería estar allí. El brillo metálico reflejaba con descaro la luz mortecina de las lámparas.

El instante pareció congelarse: el aire, la habitación, todo conspiraba para revelar una traición que nunca imaginó.

—¿Eres tú? —la voz de Amelia era un filo, cortando el ambiente—. ¿Espías para él? ¿Para Ignacio?

Mateo bajó la mirada, la expresión rota en un parpadeo. Luego, sin evasivas, se plantó frente a ella.

—Tú no entiendes... Esto no es solo sobre Ignacio o la familia. Hay cosas que están más allá de los secretos que se creen tener. Yo... lo siento, Amelia. Pero estoy en esto hasta el cuello.

El latido en el pecho de Amelia retumbaba como un tambor de guerra. El piso bajo ella parecía agrietarse.

—¿Hasta el cuello? ¿Y qué hay de mí? —exigió, su voz un susurro seco, casi quebrada— ¿Traicionar a tu amiga, a la única persona que casi cree en ti?

Mateo avanzó un paso más, la distancia no era un territorio seguro ahora.

—No era así en un principio, Amelia. Te lo habría dicho si no estuviera atrapado.

Una brisa atravesó la habitación al abrirse la ventana cercana, agitó las cortinas, mientras una hoja seca golpeaba el suelo con un eco sordo.

Ella sintió que lo único real era la traición palpable en el aire.

—¿Sabes lo que esto significa? —dijo Amelia, con dureza— Se acabó el juego. Cada palabra que me dijiste, cada gesto... ¿fue mentira?

Mateo hundió las manos en los bolsillos, evitando su mirada.

—¿Y tú? ¿Crees que soy el único? Ignacio tiene ojos en todos lados. No eres invulnerable, Amelia. Ni tu secreto está tan seguro.

La confesión oscura pesó más que el aire mismo. Amelia sintió que sus rodillas flaqueaban, pero se obligó a mantenerse firme.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes?

—Porque el miedo es una prisión —respondió Mateo—, y yo estaba atrapado en todas sus paredes.

El silencio que siguió fue tan denso que Amelia podía jurar escuchar su propio corazón desnudo y tembloroso.

Algo se quebró definitivamente dentro de ella. La red invisible que creía entrelazara su realidad se deshilachaba, dejando caer la máscara y dejando la brutal verdad expuesta.

Entonces, una idea oscura cruzó su mente: si Mateo había sido la llave, tal vez podía ser la trampa.

—¿Qué harás contigo mismo ahora? —la pregunta salió sin que pensara.

Mateo la miró, el peso de la resignación en cada pliegue de su rostro.

—¿Y tú? ¿Qué harás con esta traición inesperada?

Amelia apenas tuvo tiempo para un parpadeo antes de que un golpe seco resonara en la puerta del corredor. Las luces del pasillo titilaron.

El tiempo se estaba agotando.

—Debemos decidir. Ahora.

El suspense los envolvió en un abismo insondable, mientras del otro lado de la puerta, las sombras acechaban, y la traición adquiría un nuevo rostro.

Fin del Capítulo 8