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Chapter 6

La Habitación Prohibida

Capítulo 6 — La Habitación Prohibida

El golpe seco en la ventana resonó como un puñetazo violento en el pecho de Amelia. El corazón le retumbaba en cada costilla, como si quisiera salir disparado y escapar de ese cuarto cargado de secretos y pesadillas. El aire se volvió denso, opaco, como si las paredes mismas desearan tragársela viva.

Ignacio, a su lado, permaneció inmóvil, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en la oscura silueta que se perdió entre los arbustos del gran jardín. Pero Amelia no podía moverse, ni siquiera respirar con normalidad. El tacto frío de los vidrios contra sus dedos todavía vibraba en su piel como un recordatorio: la casa no la dejaba olvidar que estaba atrapada.

—¿Viste eso? —susurró, más para sí misma que para él—. ¿Quién diablos…

Pero se detuvo. La duda crepitaba en su voz, lenta y punzante. Sabía que fuera quien fuera no deseaba dar la cara, al menos no todavía. Las sombras se estiraban como garras por la mansión, paredes impregnadas con cada mentira que había empezado a desmoronarse desde la noche del funeral.

Ignacio suspiró, rompiendo el silencio con una ironía fina, gélida.

—Nadie viene a hacer una visita amigable después de lo que pasó, Amelia. Mejor que te armes de valor.

Ella tragó saliva. Sobrevivió a acusaciones, traiciones y verdades a medias, pero algo en esa amenaza silenciosa prendió una alarma diferente. La intuición se le clavó como hierro candente.

—Tengo que seguir adelante —dijo con voz firme y temblorosa al mismo tiempo—. No puedo detenerme ahora. La verdad está cerca.

Sin esperar respuesta, se apartó del ventanal, sus ojos repasando las sombras de la antigua biblioteca donde se encontraban. Nada parecía fuera de lugar a simple vista, pero después de horas de búsqueda entre archivos y fotografías plagadas de pistas falsas, Amelia sabía que la mansión aún ocultaba mucho más que murmullos y miradas esquivas.

Sus dedos rozaron con brusquedad el lomo de un libro grueso, una encuadernación de cuero gastado que parecía un centinela de secretos dormidos. Algo llamó su atención: un tirador invisible, una irregularidad casi imperceptible detrás de la estantería. Su aliento se volvió entrecortado, como si el aire se hubiera hecho más pesado sólo en ese lugar.

Jaló con fuerza y la estantería se movió, revelando un pasaje estrecho y oscuro, un antiguo vestigio olvidado. La madera crujió protestando, sonidos que arañaron la calma tensa de la noche.

Amelia vaciló un segundo, luego se lanzó hacia delante y avanzó sin miramientos, la pulsación ahora retumbando en sus oídos.

El corredor la condujo a una puerta cerrada con un pestillo oxidado. Afuera, el viento silbaba como lamentos lejanos. Cada respiración suya se condensaba en pequeños nubarrones frente al frío que parecía haberse instalado allí desde hace décadas.

Con manos temblorosas, tiró el pestillo. La puerta cedió con un chirrido macabro y un olor a papel viejo, humedad y polvo salió a su encuentro.

Dentro, la habitación era un santuario secreto, un cuarto maldito al que nadie debía entrar. Estanterías tapizadas de libros con lomos rotos, cajas de archivo alineadas con esmero y, encima de una mesa, montones de papeles desordenados, cartas y fotos que parecían heridas abiertas.

Amelia se arrodilló, dejando que sus dedos hundieran en ese océano de pruebas olvidadas. Entre documentos manuscritos, recortes de prensa amarillentos y facturas, su mirada atrapó un sobre que sobresalía. Lo abrió con cuidado, como si temiera que el papel pudiera deshacerse entre sus manos, y leyó.

Sus ojos se abrieron en shock, custodiados por un trueno de emociones contenidas. Aquellas cartas eran confesiones veladas de negocios turbios, pactos con nombres que deberían mantener su sombra y manipulación. Firmas que comprometían a los más poderosos, entre ellos figuras cuyo brillo social comenzaba a debatirse en la mentira.

Amelia rodó un sobre tras otro, mientras su corazón golpeaba el pecho con la fuerza del descubrimiento. Allí estaba, entre esas palabras escritas noche tras noche, la clave para desenmascarar todas las mentiras que la tenían prisionera.

Un ruido detrás de ella quebró de golpe la atmósfera. Un susurro, un roce, un pequeño crujido que hizo que sus uñas se clavaran en el borde del escritorio. Se giró lentamente. La habitación pareció encogerse. El reflejo de una sombra comenzó a alargarse contra la pared.

El choque de su mirada se lanzó contra aquella figura oscura, cuyo perfil recortado se dibujaba entre la penumbra con una precisión escalofriante.

“La habías encontrado, Amelia, pero ahora nadie puede saberlo”, pareció decir el silencio.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Las palabras quedaron atrapadas en la garganta.

—¿Quién está ahí? —su voz tembló, igual que sus manos.

No hubo respuesta. Solo la sensación de que la oscuridad cerraba un círculo mortal a su alrededor.

Y entonces, una mano emergió de las sombras, apenas rozando su hombro, y todo el mundo perdió su luz.

—No deberías estar aquí —susurró una voz baja, venenosa, directamente en su oído.

El tiempo se congeló.

Amelia comprendió que el verdadero juego apenas comenzaba.

Fin del Capítulo 6