Chapter 3
Capítulo 3 — Susurros en el Salón Principal
El eco del sello rojo resonaba en la sala como un disparo en la calma—un imborrable estallido que había rasgado el velo de la falsa serenidad en la Mansión De la Vega. Amelia permaneció inmóvil, con el sobre temblando entre sus dedos, como un corazón latiendo con vidas ajenas y verdades latentes.
Las miradas en el salón se clavaron en ella con la humedad latente de una tormenta a punto de estallar. Rostros tensos, sonrisas forzadas, el tiempo estirándose como un muro imposible de atravesar.
Ignacio Salazar, apoyado contra una columna marmórea con esa mezcla de desdén y superioridad que lo definía, clavó en Amelia un brillo gélido. Sus ojos, afilados como dagas, parecían medirla a través de un cristal oscuro, filtrando cada pensamiento oculto, cada duda.
—¿Eso crees que prueba algo? —su voz salió cansina, cargada de veneno disfrazado de tranquilidad—. Más bien es un juego peligroso, Amelia. Y tú no estás lista para jugarlo.
El susurro barroco de la música de cámara perdió fuerza, como si la melodía misma quisiera ocultarse ante la tormenta invisible que comenzaba a alzarse.
Amelia apretó los labios, el puño cerrado bajo la mesa. Cada palabra de Ignacio era un puñal invisible, apuntando hacia el corazón de su legado roto. Pero no podía retroceder. No después de todo lo que le habían arrebatado.
—No busco jueces ni amigos —su voz tenía una calma filosa, hecha de acero y fuego contenido—. Solo quiero respuestas. Y tú... tú eres parte de este misterio que nadie quiere admitir.
Un murmullo se abrió camino entre los invitados. Caras conocidas se tornaban desconocidas bajo la sombra del secreto que ahora pendía en el aire. La tensión se espesó como neblina pegajosa.
De repente, la voz del mayordomo cortó la atmósfera como un rayo:
—Señorita Amelia, acaban de encontrar algo. En el despacho de don Rafael.
Todos los cuerpos se dirigieron hacia la puerta del salón como imanes respondiendo al impulso. Amelia sintió el latido desbocado romper sus costillas mientras la multitud se abría a su paso.
El despacho relucía en un caos perfectamente calculado: papeles extendidos, un cajón abierto de par en par, y sobre el escritorio, un pequeño sobre lacrado con un sello idéntico al que Amelia sostenía.
Sus dedos casi buscaron ese sobre, la ansiedad colgando en cada segundo.
Su voz, apenas una sombra, dijo con el filo de la urgencia: —¿Quién lo encontró?
Ignacio apareció a un costado, con esa sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Sus dedos rozaron el sobre, y cuando Amelia quiso extender la mano para detenerlo, la sordidez estalló.
El sobre desapareció.
Un jadeo colectivo se levantó. Miradas que se cruzaban frenéticas, acusadoras, desesperadas.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó una voz temblorosa desde el fondo, una invitada que hasta hacía un momento había brillado en su inocencia.
Amelia giró su torso, la piel erizada. Instinto y miedo se entrelazaban en su pecho como serpientes.
Sus ojos se clavaron en una sombra que se esfumaba hacia las escaleras, la silueta encorvada por la prisa y la culpa.
—¡Alguien se llevó el sobre! —Su voz cortó el aire, una orden disfrazada de desesperación—. ¡No lo dejen escapar!
Pero era demasiado tarde.
Como un suspiro ahogado, la silueta se mezcló con la penumbra que abrazaba los corredores de la vieja mansión.
Y Amelia se quedó, sola en el centro del salón, con el peso brutal de la verdad escapándose entre sus dedos.
—Esto apenas comienza —murmuró, mientras su mirada se clavaba en una sola certeza: el juego que pensaba dominar ahora la arrastraba a una trampa aún más profunda, tejida en silencio y oscuridad.
Un eco lejano recorrió el salón: pasos apresurados, voces ahogadas… y un secreto robado, que pendía al borde de revelarse.
Fin Capítulo 3 — Susurros en el Salón Principal