Chapter 12
Capítulo 12 El Encuentro Prohibido
El eco de aquella palabra retumbaba en cada rincón de la mansión. Traición.
Amelia apenas se atrevió a mover un músculo. La penumbra la abrazaba con un frío que calaba hasta los huesos. Afuera, el viento arrastraba hojas muertas contra los ventanales, como susurros que querían delatar secretos.
Sus dedos aún temblaban sobre la nota arrugada que sujetaba entre las manos; un fragmento de aquel rompecabezas cruel que la condenaba y la perseguía a partes iguales. Si alguien más la encontraba con esta evidencia, sería su fin.
Sin embargo, la curiosidad y la necesidad de respuestas la empujaron a avanzar, con pasos lentos impregnados de cautela. La mansión se alzaba imponente en la obscuridad, con sus interminables corredores vestidos de sombras y sus puertas cerradas que parecían guardar más que polvo y nostalgia.
El salón principal estaba vacío, salvo por el murmullo distante de voces. Apenas un hilo, casi imperceptible. Agudizó el oído, deslizando su figura contra las molduras como un gato acechando su presa.
“—Si alguien descubre lo que hemos hecho...” —la voz de un hombre, baja, ronca, teñida de amenaza— “—será el fin de todo para ti.”
Un escalofrío le recorrió la espalda. Reconoció ese tono, esa manera de encerrar el peligro en cada sílaba. Ignacio Salazar.
Y al otro lado, otra voz que le hizo tensar el cuerpo, un suspiro cortado a medias: “No puedo seguir con esta mentira, Ignacio. Cada día se hace más difícil fingir...”
Amelia se agachó detrás de un gran sofá tallado en madera, sus pupilas dilatadas intentando captar más detalles en aquella opaca penumbra. No podía arrepentirse ahora. Tenía que saber qué tramaban.
“—Nosotros ganaremos, lo sabes, —replicó Ignacio con voz baja pero firme—. Con el patriarca fuera del camino, el camino está despejado para nosotros.”
El otro hombre suspiró profundamente, esa respiración entrecortada que delataba su miedo, su culpa. Amelia no alcanzó a ver su rostro, oculto tras una columna ornamentada, pero sus palabras la golpearon con fuerza.
“—Y Amelia... —susurró con amargura—. Ella es el último obstáculo. Si descubrimos su secreto, todo se vendrá abajo.”
Un nudo se formó en su garganta. El secreto. Su secreto. ¿Cómo habían llegado a saberlo? ¿Quién lo había vendido?
El pulso le martilleaba las sienes mientras se agazapaba para no delatar su presencia. Pero justo cuando el hombre a su lado dio un paso para acercarse a Ignacio, una sombra se movió detrás de ella; un par de ojos que la buscaron con un destello duro y terrible.
Un jadeo ahogado escapó de sus labios cuando la mano que emergió de la oscuridad la agarró del brazo con fuerza brutal.
“¿Quién está ahí?” —la voz era cortante, carga de sospecha y exigencia.
Amelia no tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que pudiera apartarse, sintió el frío de una cuchilla rozar su piel. “No te muevas,” ordenó una voz desconocida, grave y amenazante.
El aire pareció congelarse. Su corazón quiso estallar al sentir que aquella presencia no era la de sus posibles aliados, sino... algo mucho más oscuro.
Y, sin más, la mano se soltó. La figura en sombras se esfumó entre las columnas, dejando un silencio que mordía sus entrañas.
Amelia jadeó, atrapada entre el miedo paralizante y una rabia que despertaba con cada latido.
¿Quién la había descubierto? ¿Qué pretendía aquel extraño que desapareció sin dejar rastro?
Se puso de pie tambaleante, apoyándose en el respaldo del sofá tallado, y su mirada se perdió en la oscuridad del corredor.
Allí, entre las sombras, las respuestas comenzaban a tejer una red implacable... y no sabía si lograría salir indemne.
Por primera vez en mucho tiempo, sus ojos brillaron con una mezcla de determinación feroz y desesperanza.
Había sido vista. Pero aún quedaba una jugada por hacer.
Y en esa noche donde todo conspiraba en su contra, Amelia juró que no se rendiría.
Un sonido seco resonó detrás de ella, un leve clic metálico.
Al girar, no vio más que una puerta entreabierta que se cerraba lentamente.
Y una pregunta vacía retumbaba como una amenaza:
¿Quién la esperaba al otro lado?
Fin del Capítulo 12