Chapter 10
**Capítulo 10 Secretos Ocultos Bajo Tierra**
El aire le apretaba el pecho, denso y rancio, como si cada molécula conspirara para ahogarla. Amelia sintió la piel de sus brazos estremecerse con el frío que emanaba de la vieja escalera de madera, crujiente bajo sus pies como un susurro de advertencia en la oscuridad. No había tiempo. La mansión la devoraba en sus sombras y ella necesitaba respuestas.
La llama titilante de la linterna solo iluminaba un estrecho vano en la pared tras una biblioteca que, horas antes, parecía solo un capricho ornamental. Ahora, el hueco era un gélido portal hacia algo que nadie quería que descubriera.
Con las manos temblorosas, apartó la tabla que ocultaba el acceso. El hedor a humedad y tierra removida golpeó su nariz, haciendo que su corazón se encogiera en un nudo de ansiedad tan punzante como el filo de un cuchillo. La luz apenas alcanzaba para delinear la bajada escarpada: escalones de piedra ennegrecidos, cubiertos de polvo y telarañas arrastradas por años de silencio y olvido.
La invitación era clara: el pasado yacía allí abajo, esperando a que alguien osara desenterrarlo.
El frío se intensificó cuando descendió, un escalón tras otro, pisando con cuidado para no romper el equilibrio que su mente tambaleaba por mantener. Cada crujido parecía un grito en la penumbra. Con las pupilas dilatadas, percibía mal la profundidad y el tamaño del sótano, pero cuando sus ojos se acostumbraron, un espectáculo lúgubre y revelador se desplegó ante ella.
Cajas de madera apiladas hasta el techo, algunas rotas, otras dañadas por la humedad. Papeles amarillentos esparcidos por el suelo. Y un baúl de metal, oxidado en las esquinas, que emitía el silencio de una promesa terrible.
Amelia se acercó, inhalando la fragancia pútrida de aquel rincón olvidado. El polvo volaba a su alrededor mientras levantaba cuidadosamente la tapa del baúl. Dentro, apilados con un desorden ordenado, encontró cuadernos, documentos, fotografías descoloridas y, lo que hizo su corazón latir con un mordisco de miedo y esperanza, una carpeta marcada con el sello familiar: De la Vega.
Sus dedos casi vacilaron, pero la necesidad de saber la impulsó a abrirla. Hojas escritas a mano, con anotaciones en tinta negra y roja, notas al margen y dibujos minuto a minuto de movimientos y encuentros. Reportes, nombres, fechas. Su nombre no estaba allí, pero alguien más había sido observado, vigilado, quizá amenazado.
Un papel doblado con extrema delicadeza llamó su atención. Lo desdobló con reverencia y el contenido la sacudió hasta los huesos:
“Informe confidencial: Proyecto ‘Alma Negra’ — Intrusión y manipulación financiera en el Grupo De la Vega. Procedimientos irregulares por Ignacio Salazar y colaboradores cercanos…”
La sangre le golpeaba las sienes. Ignacio. Siempre Ignacio.
De repente, un ruido sordo retumbó sobre ella. Un golpe contra la madera de la escalera. Se volvió en un salto, la linterna vibrando en sus dedos, proyectando sombras exageradas en las paredes de piedra. El silencio volvió, demasiado pesado, demasiado expectante.
—¿Amelia? —la voz tembló en la penumbra, reconociblemente firme. Era una voz familiar, pero susurrada por el terror, casi un lamento—. ¿Estás ahí?
El corazón de Amelia martillaba con furia desbocada. No podía, no debía ser descubierta. Rápidamente dejó caer la tapa del baúl y empujó las cajas que tenían a mano para crear una barrera improvisada. La oscuridad la abrazó como un manto. Entre las cajas, respiraba agitadamente, tratando de no hacer ruido. Contaba mentalmente, cada segundo una tortura.
El ruido de pasos apresurados rompió el silencio mientras se acercaban a la entrada del sótano.
El aliento de Amelia se hizo hondo y frío. No estaba sola.
Esto apenas comenzaba.
Fin del Capítulo 10