Chapter 8
Capítulo 8 Primeras Consecuencias del Poder Prohibido
El eco del golpe en la puerta reverberó en el aire denso, cada vibración una descarga que atravesaba los huesos de Eloy. El pecho le latía con una fuerza casi animal, como si quisiera arrancarse para huir por sí solo, lejos de aquel cuarto minúsculo, alejado de las llamas titilantes y del silencio antes de la tormenta.
Sus dedos, aún manchados de aquella sangre oscura y pegajosa, temblaron con una extraña mezcla de temor y una extraña expectativa. La atmósfera estaba cargada, no sólo de polvo y humo, sino de una electricidad invisible que le nublaba los sentidos.
—¿Quién es? —la voz era un susurro desgarrado, casi inaudible, como si temiera despertar a algo que dormitaba en las sombras.
Ninguna respuesta. Solo el silencio que pesaba como un manto opresor. Eloy sintió entonces una corriente helada serpenteando por su columna vertebral. No era un visitante común. Lo sabía, lo intuía con la certeza brutal de alguien que ha caminado demasiado cerca del abismo.
Entonces el polvo a su alrededor comenzó a vibrar imperceptiblemente, como si el aire mismo se hiciera más denso, más opaco. Y, de repente, Eloy no pudo sostenerse en pie.
La caída fue lenta, como si el tiempo se resistiera a avanzar y lo alargara en una agonía muda. Sus pulmones se contraían, atrapados en una jaula invisible, y la oscuridad subió, envolviéndolo en su manto de silencio absoluto.
Pero no era el vacío lo que encontró, sino fragmentos. Fragmentos de imágenes desconectadas, recuerdos ajenos y propios mezclados en un mosaico caótico, como un rompecabezas maldito que intentaba armar sin saber por dónde empezar.
Vio un rostro difuso, con ojos tan negros como la noche sin luna, que le gritaba algo sin voz. Sintió el frío metálico de un filo rozar su piel, pero no había dolor, solo una sensación punzante y desgarradora, como una herida invisible expandiéndose en su alma.
El hedor a ceniza y a hierro impregnó sus sentidos, mezclándose con el olor silvestre de un bosque en calma, lleno de viejos secretos que susurraban entre las hojas.
—No te puedes rendir —se repitió a sí mismo con una voz que no sentía, rota, como si creyera más en ella que en su propia voluntad—. No ahora.
Pero entonces llegaron las visiones: carruajes remolinos de sangre que manchaban la nieve, voces de niños llorando en una ciudad desmembrada, fragmentos de un cántico ancestral que se ahogaba en el viento.
Y entre todo ese caos, Eloy vio la sombra de Lord Ahron Veskel, más enorme, más temible que antes, extendiendo sus dedos hacia Él como si pudiera arrancarle el alma con solo un gesto.
Un golpe seco en el pecho lo hizo tambalear. No sabía si era real o parte de aquel torbellino oscuro dentro de su mente. El dolor le quemaba el vientre, un hambre insaciable que tiraba de él hacia el abismo.
El poder prohibido que había despertado dentro suyo no era un regalo. Era un monstruo hambriento, y cada vez que lo usaba, una parte de él se desvanecía para alimentar esa oscuridad.
Quiso gritar, desafiarlo, rebelarse contra ese destino marcado por la traición y el olvido, pero solo emergió un susurro estrangulado:
—¿Qué me haces…?
El sudor frío empapó su frente cuando las imágenes comenzaron a volverse turbias, a girar y a fundirse en una espiral interminable. Ya no entendía dónde acababa él y dónde empezaba ese torrente infinito de memorias robadas y fragmentos perdidos.
De repente, un ruido seco lo aterrorizó: la puerta se abrió de golpe de par en par, pero en el umbral no había nadie. Solo la sombra curva que se deslizó y desapareció como humo entre las vigas.
Eloy forcejeó para incorporarse, jadeando, la visión aún ardiendo en sus pupilas. Su cuerpo estaba ahí, pero su alma tambaleaba al borde de un abismo tan profundo que temió caer para nunca más despertar.
Miró sus manos otra vez. Antes brillaban con un fuego temerario, ahora reflejaban un vacío insondable.
El poder prohibido lo estaba consumiendo. ¿Sería capaz de controlarlo, o se perdería para siempre en su propia sombra?
Y mientras la noche se cerraba por completo fuera, un susurro oscuro le heló los huesos en un latido apenas perceptible:
—No serás dueño de tu destino, Eloy. Solo una pieza más en mi tablero.
Un estremecimiento recorrió su espalda.
¿Se estaba consumiendo a sí mismo sin retorno?
El silencio volvió a caer, espeso y mortal, mientras en la puerta una grieta de sombra parecía alargarse, creciendo, hambreando.
El juego de sombras apenas comenzaba.