Chapter 7
Capítulo 7: Juramento de Venganza y Protección
El silencio aplastante que siguió a aquel pensamiento se coló por cada rendija de la habitación oscura. Eloy apenas respiraba.
Un sudor helado le perlaba la sien mientras sus dedos se aferraban a la mesa ennegrecida, cuarteada por el fuego y el tiempo. La sombra del enemigo, invisible pero palpable, se espesaba a su alrededor como una densidad mortal. Nada podía delatarla, y sin embargo, Eloy la sentía clavando una daga invisible en su cintura, lentamente, con cruel precisión.
Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, escanearon cada centímetro del recinto. Las llamas de la vela parpadeaban violentas, proyectando gestos mutantes en las paredes carcomidas.
—No… no puede ser —murmuró con la garganta ronca, el sabor a hierro seco inundándole la boca.
El frío, un ente con garras invisibles, se arrastraba por su columna. Su cuerpo entero se tensaba contra el aire viciado, delatando la traición mordiendo bajo su piel.
Recordó entonces la última conversación que había mantenido con Irián, el guardián de los secretos, apenas unas horas atrás. Palabras teñidas de confianza, de lealtad... ahora envenenadas.
Pateó con furia un cojín caído mientras el peso de la sospecha se multiplicaba. ¿Cómo distinguir al traidor en un mar de rostros conocidos? ¿Quién había entregado su nombre a Lord Ahron Veskel, el verdugo silencioso que tejía su telaraña de control en cada rincón del mundo?
El aire parecía tornarse más denso, asfixiante. Entonces, un leve susurro, apenas un roce en el umbral del oído.
—Eloy...
Su nombre vibró en el cuarto con la voz de Lía.
Apareció tras él, una figura frágil y al mismo tiempo como una antorcha encendida en la oscuridad. Sus ojos negros eran abrasadores y el temor latía en cada palabra detenida que lanzaba contra el abismo.
—Sentí lo mismo que tú. Algo… algo oscuro acecha este lugar —dijo, mientras se infiltraba tímidamente en aquel dominio sombrío.
Eloy la rodeó con un brazo, como para protegerla. Pero la risa amarga carcomía sus entrañas, recordándole que la protección, hoy, era un sueño distante.
—Lía —murmuró él, su voz quebrándose—. Mis enemigos no solo están afuera... están aquí, entre nosotros. Y han sido durante todo este tiempo.
Ella lo miró fijo, sin parpadear, como si intentara leer el alma hendido que él ya no podía ocultar.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó, pisando el frío del suelo con determinación—. No podemos esperar… la sombra se alarga y engulle todo.
Eloy apretó los dientes. La tormenta interna le rugía, un volcán de rabia y desesperación que pedía un escape, una válvula.
—No me quedaré parado —dijo. Su voz adquirió un tono grave, implacable—. He visto el filo del abismo y he sentido en mi carne el fuego de la pérdida. Esta vez, yo seré la llama que queme la oscuridad. No solo para mí, sino para los pocos que aún quedan. Te juro, Lía, que protegeré con todo lo que soy.
Ella asintió, la firmeza cristalizando en su mirada.
—Pero Eloy… ¿a qué costo? —la pregunta surgió, punzante, casi un suspiro.
La duda se enroscó como una serpiente venenosa en su pecho.
Él cerró los ojos, sintiendo cómo una chispa oscura revoloteaba en su interior: un poder vertiginoso, prohibido, que había despertado desde la reencarnación.
Desde que aquel don maldito se había manifestado, el mundo se había bifurcado entre potencial y ruina.
Una habilidad para doblar la realidad, para dar marcha atrás a los segundos... un poder que podía salvar o condenar.
Y en esa línea delgada, Eloy había decidido caminar sin retorno.
Desdobló sus manos, mostrando las palmas hacia el cielo.
—Este poder me pertenece —dijo con voz temblorosa pero firme—. La reencarnación me lo entregó y, aunque es una maldición, también será la herramienta de mi venganza y mi escudo.
Una estancia más allá, la puerta se cerró de golpe.
Ambos se giraron al unísono.
—¿Quién anda ahí? —susurró Lía, sus ojos buscando en sombras recelas y esperanza.
Nadie respondió. Pero la atmósfera estaba cargada, vibraba con electricidad latente.
Eloy exhaló despacio y aferró la empuñadura de su daga, fría y rasposa. Sabía que no era cuestión de tiempo: la batalla invisible comenzaba aquí, en el corazón mismo de su refugio.
“Mantén a los que amas cerca”, recordó las palabras enterradas en un libro olvidado.
El dolor de sus pérdidas —familia, amigos, confianza— era un lastre que ardía en cada latido.
No permitiría que la historia se repitiera.
Lía avanzó, tocándole el brazo con un gesto que era simultáneamente un llamado al valor y una súplica silenciosa.
—No estás solo.
Eloy asintió, sintiendo en su pecho la apertura de una rendija hacia la esperanza.
Extendió una mano, negra como tinta, sellando el pacto con un juramento.
—Por cada sombra que intente quebrar esta seguridad... pagaré con mi alma.
Pero las sombras no se podían enfrentar sin sacrificio.
Y la habilidad prohibida que Eloy contenía gruñía desde lo más profundo, ansiosa, hambrienta.
Un viento gélido agitó las cortinas, filtrando ecos de un tiempo aún no sucedido.
Y la pregunta que quemaba más fuerte que el hierro candente resonó en su corazón desquebrajado:
—¿A qué costo usaré mi poder para protegerlos?
El murmullo respondió con un suspiro cortante.
La sangre, el sacrificio, la oscuridad.
Y entonces, justo cuando la llama temblaba al borde de extinguirse, un golpe seco resonó en la puerta.
Un corazón detenido.
El juego de sombras avanzaba.
Fin del capítulo 7.