Chapter 4
Capítulo 4 El Miedo que Aprisiona el Alma
El cuarto palpitaba con un eco sordo, como si la misma oscuridad contuviese el aliento. Eloy quedó inmóvil, las palabras resonando dentro de su pecho como un latido desigual y amenazante: “No solo Corvus…” Esa frase no era un disparo: era una cadena que se tensaba alrededor de su garganta.
Su piel, húmeda por el sudor frío, comenzó a erizarse conforme el miedo se desplazaba desde la base de su columna hasta cada punta de sus dedos. El leve crujido de la madera en la pared le cortó la respiración. Sin atreverse a girar, pulsó un instante el recuerdo: la traición, el fuego, el olor a carne quemada... esas caras que no podría siquiera nombrar sin sentir un puñal hundirse en el alma. Y ahora, aquí, en este mismo instante, el peligro flotaba como un espectro que apenas se dejaba vislumbrar.
¿Quién más —se preguntó con la voz apenas un susurro— podía estar dispuesto a destrozar nuevamente lo que había reconstruido con dolor?
Una tos seca rompió el silencio, tan cerca que pareció escaparse de las sombras mismas. Eloy giró veloz, con la mano rozando la empuñadura de la daga oculta en su cinturón. De la penumbra emergió Lía, sus ojos grandes y oscuros reflejaban una mezcla inquietante de temor y determinación.
—¿Lo oíste? —musitó ella, la voz apenas un hilo—. Algo se mueve allá fuera... no es Corvus.
Eloy tragó saliva, sintiendo la opresión de aquel temor que había prometido olvidar, la sentencia invisible que llevaba tatuada en la piel desde su renacer. Esta vez el miedo tenía rostro, y se ocultaba tras cada sombra.
—No es solo enemigo quien conspira —respondió, apretando la mandíbula—. Esta vez, es algo peor. Algo que se esconde... dentro de nosotros.
Lía frunció el ceño, caminando un paso hacia él, rompiendo el espacio que la pared de desconfianza había alzado entre ellos.
—¿Crees entonces que la traición está aquí? ¿Entre nosotros?
—Así es —replicó Eloy con voz firme, aunque un temblor invisible se colaba en su interior—. Y lo peor, Lía, es que ni siquiera sé a quién puedo realmente llamar aliado.
Sus palabras se hundieron en el pesado aire cargado de magia latente. El aroma a pergaminos antiguos, mezclado con la humedad de la noche, llenaba la pequeña biblioteca donde se habían refugiado. Cada página guardaba secretos, como él. Eso lo hacía vulnerable y fuerte a la vez.
—¿Y si te has equivocado? —inquirió ella con un hilo de desesperación, sus dedos rozando la punta de un viejo libro—. Tal vez Corvus no es el traidor, tal vez quería protegernos. Puede que tus miedos te estén nublando.
El golpe silencioso de sus palabras cortó la tensión, pero Eloy sintió cómo un abismo se abría frente a ellos. ¿Cuántas veces la mentira se disfrazaba de verdad para quemar sus esperanzas?
No pudo contestar. Su mente se llenó del grito ahogado de aquella noche que aún lo perseguía—el fuego que devoró su antiguo hogar, la traición que arrancó la vida de su hermana bajo sus ojos impotentes. Entonces la realidad le cayó con el peso de un yunque:
—No es solo que tenga miedo, Lía —murmuró, casi sin aliento—. Es que temo perderlos a todos. De nuevo.
Sus ojos se clavaron en ella, buscando un reflejo de consuelo, de certeza. Pero solo encontró un abismo propio, uno que podría romperlo y refundirlo en cenizas.
Ella dio un paso adelante, extendiendo la mano con un gesto que era al mismo tiempo oferta y promesa.
—Entonces no luches solo —dijo, firme—. Permítenos estar contigo. Los fantasmas de ayer no tienen por qué matar el hoy que estamos construyendo.
En ese instante la habitación pareció encogerse, las sombras apretando sus garras invisibles mientras el viento de la tormenta azotaba los ventanales con un sonido desesperado.
Las palabras de Lía fueron un bálsamo, pero también un recordatorio brutal del precio de la esperanza.
De repente un golpe seco frenó sus pensamientos: la puerta de la biblioteca vibró, como si alguien luchara por salir o entrar.
Los dos miraron hacia el ruido, el corazón de Eloy redoblando contra sus costillas.
Un latido más fuerte que el miedo.
Un latido cargado de una pregunta mortal que no se atrevía a formular en voz alta:
¿Se repetirá la tragedia de su pasado en este mundo?
El temor, ahora palpable, los paralizó mientras un silencio voraz devoraba todo sonido.
El golpe se repitió, esta vez tres veces, firmes, urgentes.
Eloy se acercó a la puerta, sus dedos temblorosos rozando el hierro de la cerradura.
Un largo instante.
Luego, un susurro detrás del umbral, roto por el viento y un aliento que no era amigo.
—Eloy... es tiempo.
El ruido cesó.
El aire se espesó.
El destino, en un segundo helado, acababa de movilizar su primera ficha.
[Fin del capítulo 4.]