NoveliqaRenacido en Sombras: El Poder Prohibido de la Reencarnación / Sombras del Pasado Desgarrado :0%
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Chapter 3

Sombras del Pasado Desgarrado

Capítulo 3 Sombras del Pasado Desgarrado

El silencio que siguió al eco grave del golpe era un pozo negro, profundo, que parecía absorber incluso el latido de su propio corazón. Eloy permaneció inmóvil, con la mano temblorosa aún rozando la pared que había resonado bajo el impacto. El frío de la piedra caliza se colaba entre sus dedos, pero no era temperatura lo que lo hacía tiritar: era la certeza pura y desgarradora de que su pasado, esa vida que creía enterrada en cenizas, comenzaba a respirar de nuevo, hereje, ardiente, reclamándolo.

Su pecho se agolpaba en una tormenta impaciente y violenta, como un tambor roto contra su caja torácica. La sombra del golpe aún vibraba en sus sentidos, cada resonancia desgarrando un velo más del olvido.

—¿Qué... qué fue eso? —su voz se alzó en un hilo quebrado, como un susurro en la penumbra—. ¿Alguien está aquí?

No había respuesta. Solo un ruido sordo y persistente, el eco de sus propias dudas golpeando contra las viejas vigas del refugio. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, buscaron sin descanso, atentos a cualquier movimiento. Fue entonces cuando un olor extraño, metálico y acre, invadió el aire: sangre fresca.

Un rastro tenue, casi invisible, brillaba bajo la poca luz de la lámpara de aceite. Eloy se inclinó, un nudo urgente apretándole la garganta. El brillo escarlata se extendía en pequeñas gotas, serpenteando silencioso por el suelo empedrado, dejando rastros hasta un antiguo baúl metálico semiabierto.

El bronce estaba frío, marcado por años de oxidación, pero dentro... dentro encontró algo que le arrancó un grito ahogado, retenido entre la memoria y la incredulidad.

Fragmentos de cartas amarillentas, un relicario roto, y sobre todo, un medallón con la insignia del clan Larraín, un símbolo que Eloy reconocía con un peso aplastante.

Metió la mano temblorosa, sintiendo la textura rugosa y las horadaciones del relicario. Pero fue un pequeño pergamino doblado en cuatro lo que hizo que sus dedos se cerraran como en una trampa. Lo desplegó con extremada lentitud, consciente de que cada milímetro desvelaba una herida nueva.

Un nombre, escrito con tinta roja, parecía brillar contra el amarillento pergamino: “Corvus”.

Corvus, el hombre en quien Eloy había confiado más allá de todo en su vida pasada. Su hermano en armas, su confidente, su guardián oscuro. Pero la traición tenía un nombre, y el nombre era Corvus.

De pronto, la habitación pareció girar, las paredes se cerraron amenazantes. Eloy sintió una punzada helada que le caló hasta los huesos; la piel se le erizó cuando recordó el último encuentro con ese hombre, un año antes, bajo la lluvia que borró lágrimas y secretos.

—¿Cómo pudo? —murmuró, apretando la mandíbula, la voz le salía rasgada, llena de una rabia que olía a cenizas—. ¿Por qué...?

No necesitaba respuesta. Sabía que Corvus había tomado parte en la conspiración que había destruido todo lo que Eloy amaba: la caída de su clan, la traición que lo había dejado vivo pero roto, atrapado en esa prisión de sombras de la que ahora se liberaba a pasos lentos pero seguros.

Pasaron minutos que se medían en latidos agitados, hasta que detrás de Él se escuchó un ruido seco —un pestañeo en la penumbra— como si alguien acabara de cerrar un manuscrito con determinación implacable.

Eloy dio un giro brusco, desenfundando la daga que siempre llevaba oculta bajo las ropas. Sus ojos se clavaron en un rincón oscuro de la estancia, donde una figura emergió en silencio, una silueta apenas perceptible que parecía parte misma de la sombra.

—No esperaba ser descubierto tan rápido —la voz apareció, cortante pero con un extraño dejo de nostalgia—. ¿Anhelas venganza, Eloy?

Era Corvus. Más quebrado, más pálido que en sus recuerdos, pero con esa mirada de acero templado que había destronado imperios.

—Corvus —escupió Eloy la palabra con desprecio—. Juraste lealtad a la muerte de mi clan. ¿Por qué? ¿Por orden de Veskel? ¿O a cambio de algo más vil?

El traidor dio un paso al frente. Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices, cada una un recuerdo de batallas que ahora parecían ser solo piezas de un juego mayor.

—Veskel es solo un peón —dijo, con un brillo despiadado en los ojos—. Tú eres el verdadero peligro, y si no me hubiera adelantado, él mismo te habría borrado y con más crueldad. Decidí actuar para que ninguno de los dos saliera lastimado... demasiado.

Eloy tensó los músculos, sintiendo cómo su corazón luchaba contra la ira y el dolor.

—Has traicionado a tu hermano —dijo con voz baja y mortal—. ¿Por qué seguir vivo, Corvus? ¿Por qué no enterrarte con todo el peso de tu cobardía?

Corvus sonrió, sin compasión. Una sonrisa que era la antesala de un cuchillo clavado en lo más profundo del alma.

—Porque soy más útil vivo. Porque tu poder está más cerca de lo que imaginas y, queramos o no, el destino de este mundo pasa por nosotros dos. Aún queda mucho que desenterrar, Eloy.

Entonces, sin previo aviso, la puerta retumbó al ser golpeada con violencia desde afuera. Los tres golpes retumbaron en el aire, haciendo que la tensión en la habitación se cortara como un hilo delgado.

Eloy levantó la mirada, sin dejar de observar a Corvus. Su instinto gritaba que el traidor no estaba solo, que alguien más había venido a confirmar palabras y a sellar destinos con sangre fresca.

—¿Quién es? —preguntó, controlando la dureza de su voz.

No hubo respuesta, solo un suspiro prolongado que parecía venir de más lejos, trayendo consigo un aire húmedo, cargado de promesas rotas.

Los pasos se acercaban lentamente, con la precisión de alguien que no solo buscaba información, sino que venía a reclamar cuentas pendientes.

El aire se espesaba, la oscuridad parecía cerrarse en un abrazo mortal, y Eloy supo que su pasado desgarrado no solo había regresado... sino que lo estaba acechando desde tan cerca, que podía rozarlo con la punta de sus dedos.

Y entonces, en ese preciso instante, una voz desconocida susurró, jadeante y grave:

—Corvus no es el único traidor…

El silencio volvió a su reino. Pero esta vez, Eloy supo que la traición no estaba enterrada. Estaba viva, y cerca, más cerca de lo que él jamás habría imaginado.

[Fin del capítulo 3.]