Chapter 12
Capítulo 12 Memorias Fragmentadas y Almas Perdidas
El aire en la estancia se había vuelto denso, como si el tiempo mismo se espesara entre paredes que ya no podían contener el peso de lo que ocurría. Eloy respiraba con dificultad, sintiendo dentro suyo un torbellino que le arrancaba los retazos de su propia identidad, hilo a hilo. La esfera seguía vibrando, caliente contra sus palmas, y con cada latido parecía absorber no solo recuerdos, sino algo más oscuro, etéreo, imposible de sujetar.
Su visión se nubló por un instante. Un mareo profundo lo derribó a la fría piedra del suelo. La luz menguante de los cristales tallados en las paredes se disipó — sólo quedó el rojo incandescente que emanaba la bola, como si de un corazón en agonía se tratara.
Eloy sintió que algo dentro de él se desgarraba. No había dolor físico, sino un vacío húmedo que oprimía sus costillas. Los minutos perdieron sentido. Sus propios pensamientos, esos que había creído inamovibles, comenzaron a fragmentarse como espejos rotos. Un nombre surgió, apenas un susurro: Lara. Pero el rostro que veía era otro, uno que no reconocía y le helaba la piel.
—No… no… —musitó, intentando atrapar una imagen que aún golpeaba su mente como un puñal invisible—. ¿Quién eres?
Las memorias se mezclaron — ecos de una risa que no le pertenecía, lágrimas ajenas, un bosque nocturno cubierto por un cielo sangrante. Voces lejanas que lloraban, gritos ahogados.
«Tu humanidad se disuelve», pareció repetir la esfera con su vibración. Eloy sintió que su esencia se disolvía en líquido oscuro, que fluía hacia la gema, drenando cada fragmento de su ser.
“No puedo…” Farfulló con la garganta seca, jadeando mientras sus dedos se cerraban con fuerza en torno a la esfera para resistirse a dejarse llevar. Pero a cada instante, algo en él se desprendía, lejana como una sombra, como un recuerdo olvidado al despertar.
De repente, una imagen nítida emergió: el rostro de su padre, severo y doliente, enterrado hace años bajo una masacre imposible de olvidar. Quiso aferrarse a esa imagen, a la ira que alimentaba su venganza, pero se desvaneció al instante, remplazada por un abismo de sentimientos inconfesables y pensamientos que no le pertenecían.
—¿Quién soy? —se preguntó en un susurro casi inaudible, mientras sus ojos, ahora vidriosos, miraban al vacío.
La esfera vibró con un estremecimiento repentino, y Eloy sintió un puñetazo en el pecho. Un torrente de emociones cruzó su alma: miedo, culpa, desesperación. Ya no sabía si esos sentimientos eran suyos o de alguien más.
“¿Qué me estás haciendo?”, gritó sin voz, hundiéndose en la confusión.
Un aroma a tierra mojada lo invadió, evocando un recuerdo primigenio de lluvia y muerte en un campo de batalla que no recordaba haber pisado. Al mismo tiempo, una carcajada dulce pero corrupta le infiltró la mente, una risa femenina cargada de mentiras y traición. Eloy vio un par de ojos verdes que le miraban con desprecio, y sintió un peldaño más caer en su conciencia.
Cerró los puños, intentando contener el flujo incesante de memorias ajenas y propias que se mezclaban como tinta en agua. Su cuerpo comenzó a temblar, y una transparencia debilitante parecía hacer su piel translúcida, como si su cuerpo falsamente sólido se desintegrara.
—Tengo que detener esto —murmuró, pero sus palabras sonaban huecas, desconectadas de la fuerza rabiosa que solía sustentarlo.
El mundo a su alrededor se volvió confuso, como si el suelo se disolviera en sombras líquidas. La esfera ya no vibraba, latía como un corazón. Y entonces, una nueva imagen irrumpió, brutal e ineludible: Lord Ahron Veskel, su enemigo, con la sonrisa torcida y los ojos brillantes de malicia, extendiendo un mano retorcida hacia el futuro que Eloy estaba a punto de perder.
—Tu esencia se pierde, Eloy —susurró aquella voz dentro de la esfera, un eco tembloroso que parecía fusionarse con su propio aliento—. ¿Cuánto estás dispuesto a perder antes de alcanzar la venganza?
El tiempo se comprimió. Un calor helado recorrió su columna vertebral. Trató de alejarse, de soltar la esfera, pero sus músculos ya no respondían. Parecía que el último refugio dentro de sí mismo también se desvanecía.
Entonces, con un jadeo que explotó en su garganta, Eloy sintió un fragmento de sí mismo resistir. Una chispa mínima, una voz pequeña pero clara dentro del caos que lo envolvía.
—No… aún no.
La esfera pulsó con fuerza, y una luz cegadora lo envolvió por completo. Por un instante, Eloy dejó de ser. Y cuando sus ojos se abrieron de nuevo, no sabía si seguía siendo el hombre que había sido o apenas una sombra de lo que fue.
Un golpe seco en la puerta interrumpió el silencio mortal.
—Eloy —una voz grave, urgente. Su nombre cortado por un suspiro—. Tenemos que hablar. Ahora.
En sus venas, la humanidad se tambaleó al borde del abismo.
¿Perdería su esencia antes de alcanzar su venganza?
El eco de la pregunta retumbó en la penumbra, mientras la puerta se abría lentamente.