Chapter 11
Capítulo 11: El Precio de Alterar el Tiempo
El eco sordo del reloj resonaba en su oído, cada tic —un martillo— clavándose en el lóbulo de su mente. Los dedos de Eloy temblaban, una mezcla de rabia y desasosiego grabada en la intensidad de su mirada. En la penumbra de la habitación, la tenue luz de un farol proyectaba sombras alargadas, distorsionando las formas como si el tiempo mismo decidiera retorcer la realidad a su antojo.
Su corazón latía con la violencia de un tambor de guerra, pero la claridad lo golpeó con la misma fuerza: la traición no era un accidente ni una conspiración externa. Había alguien en su círculo más íntimo, un puñal escondido tras un abrazo. Y él, ciego por el deseo de confiar, le había ofrecido esa carne vulnerable al cuchillo.
Eloy bajó la cabeza, permitiendo que el aire frío de la noche le azotara el rostro, como para borrar la niebla que comenzaba a atraparlo. Tenía preguntas, pero la prisa no le daba tregua. Cada momento perdido era una oportunidad para que el enemigo tejiera otra capa de su telaraña.
Un pensamiento punzante le atravesó: ¿y si su poder prohibido—ese que juraba manipular solo para corregir los errores del pasado—había sido la llave para que el traidor tejiera la trama?
La idea le cortó la respiración.
Se quedó quieto un instante, escuchando. No por fuera, sino dentro de su mente. Allí donde la memoria fragmentada de su reencarnación y las capas ocultas de su habilidad prohibida comenzaban a entrelazarse.
Cuando recuperó el aliento, un impulso lo arrastró hacia la pequeña esfera azul que reposaba sobre la mesa: su viento temporal. Un artefacto que había creado desde la última incursión en sus recuerdos, un objeto teñido de magia oscura y tiempo corrompido.
—Vamos a probar algo —murmuró con voz áspera, casi inaudible.
Extendió la mano y tocó con firmeza la superficie cristalina. Inmediatamente, un zumbido sutil llenó el aire, un pequeño temblor que hizo vibrar las paredes. Eloy cerró los ojos para concentrarse y, entonces, el mundo frente a él pareció congelarse, como si el latir del universo se hubiese detenido en el tiempo.
La sensación fue extraña, una mezcla entre un vacío helado y una energía palpitante.
El silencio era ensordecedor.
Entonces, un destello. Eloy abrió los ojos justo para ver cómo la esfera emitía un resplandor más intenso, y frente a él, el aire ondulaba y se retorcía en espirales invisibles.
Tentó, desde un recoveco de su memoria, la idea prohibida: ¿y si su poder no solo le permitía viajar por el tiempo, sino también reestructurarlo?
Las palabras se amontonaron en su mente: alterar el pasado, borrar heridas, detener tragedias... pero, ¿a qué costo?
Un ímpetu incontrolable lo invadió y, sin medir las consecuencias, conjuró el vínculo entre su alma y la esfera. Su voluntad rompió la barrera de la realidad lineal.
El tiempo se fragmentó.
Los relojes en la habitación dieron vueltas en sentido contrario, las sombras se alargaron y acortaron como latidos erráticos. Los susurros del viento —o eso creyó— comenzaron a converger en un coro obsceno y desconcertante que lo envolvía.
Fue entonces cuando la primera fractura apareció.
Sin previo aviso, el rostro de un hombre se le presentó en la mente, no un recuerdo, sino una visión lúgubre y distorsionada: era él, pero con una herida profunda en el pecho, un vacío oscuro emanando de adentro.
Un alarido gutural quiso salir de su garganta, pero solo un jadeo ahogado escapó.
—No... —susurró con horror.
La esfera chisporroteó violentamente, lanzando un destello azul que hizo temblar el suelo bajo sus pies. Eloy soltó la esfera al instante, cayendo de rodillas, respirando agitadamente.
El caos en su mente no se disipaba. Sentía, en el fondo de su ser, que algo se había quebrado y que jamás podría repararse del todo.
—Esto es... diferente. —Su voz era un eco apagado entre las paredes de la oscuridad—. No es solo cambiar recuerdos... es tejido del tiempo, retorcido.
En la distancia, un leve crujido resonó, como si la misma realidad protestara. Eloy se levantó con dificultad, sintiendo un peso sideral aplastando su pecho, como si cada latido rompiera una cuerda invisible pero resistente.
Pensó en Lord Ahron Veskel, la sombra que controlaba tiempo y destino desde lo alto del trono. ¿Y si su amo finalmente había encontrado en él un rival digno?
Cada momento en que jugaba con su poder, más se adentraba en el territorio prohibido.
—Debo ir más despacio —sentenció mientras recogía la esfera—. Cada movimiento en el tiempo puede desatar tormentas que ni siquiera imagino.
Entonces, un ruido seco y violento golpeó la puerta. Eloy giró sobre sus talones, apurando el aire en sus pulmones. La mano tomó la empuñadura oculta en su cinturón, mientras una voz conocida pero distorsionada se colaba por la rendija.
—Eloy... Necesito hablar contigo, ahora.
El corazón le saltó. Era la voz del aliado oscuro.
Pero, ¿acaso era realmente un aliado?
La esfera brilló nuevamente en su palma, tan viva como el misterio que acababa de abrir.
El precio de alterar el tiempo ya estaba sobre la mesa. Y la factura, aseguraba su alma en un contrato que ninguna magia podía romper.
Con un suspiro entrecortado, Eloy caminó hacia la puerta.
—Entra —susurró, sabiendo que el mundo pendía de un hilo demasiado fino para romperse sin consecuencias.
La puerta se entreabrió lentamente… y la sombra que apareció al otro lado no era la que esperaba.
Un escalofrío recorrió su columna vertebral.
El tiempo, ahora, ya no obedecía.
¿Cuánto faltaba para que esa desobediencia los consumiera a todos?
Y él, ¿podría salvar lo que aún quedaba, o solo sería espectador de la aniquilación de su propio destino?
El silencio fue cortado por una pregunta que desgarró el aire:
—¿Sabes cuánto puede costar cambiar el tiempo, Eloy?
Era una advertencia o una sentencia.
La esfera, entre sus manos, vibró más fuerte aún.
El precio de alterar el tiempo había comenzado a cobrar factura.