Chapter 8
Capítulo 8 Primeros Recuerdos Ardientes
El eco del golpe seco aún vibraba en el aire denso, como un disparo ahogado en el pecho de Dante. Sus párpados se entrecerraron, tratando de atrapar el sonido que no debería haberse hecho tangible, como si detener esa vibración fuese a traer de vuelta a quien la había producido. Pero no hubo respuesta. Solo un vacío que se tragó su aliento.
La niebla gris se filtraba por las grietas del callejón, serpenteando entre los adoquines, enroscándose en los bordes de las sombras. Allí, donde la luz apenas se atrevía a morir, Dante sintió el cadáver latente de un recuerdo arder al borde de su conciencia.
Un calor punzante, incapaz de definirse como solo un recuerdo. Un fragmento quebrado, demasiadas piezas dispersas en el olvido — y Lorian Vyx, imperturbable, era el núcleo humeante en medio del caos.
Se apoyó en la pared cubierta de musgo húmedo, inhalando con esfuerzo un aire que parecía haberse hecho más espeso. La sangre martilleaba en sus sienes, cruelmente recordándole que estaba vivo, pero invisible a ojos que no estuvieran entrenados para mirar en las grietas del olvido.
—¿Por qué escucho tu voz en mi cabeza? —murmuró, casi al filo del susurro.
La voz era suya y no. Crujía entre la memoria y la ficción, como un eco que se rehúsa a extinguirse.
Un flash lo sorprendió: una biblioteca antigua, las sombras cayendo a través de vitrales tallados en colores difusos. Una figura a su lado, joven pero urgente. Lorian, con la mandíbula tensa, señalando un pergamino con mapas de constelaciones olvidadas.
“Hay algo que debes entender,” había dicho, con una voz que hoy sonaba menos como un líder y más como un conspirador atrapado en el filo de la traición. “Los recuerdos son más que pasado; son armas.”
Dante tragó saliva, y el frío volvió a colarse por sus venas. ¿Realmente Lorian había sido alguna vez un aliado? ¿O solo la sombra cautelosa y paciente que había estado al acecho desde siempre?
Abrió los ojos, golpeado por la incertidumbre. El callejón se había ido tornando en una prisión silenciosa, y el viento reclamaba aquellas palabras perdidas como si fuera un conjuro olvidado.
Un hechizo de traición pendiente.
Sus dedos rozaron el broche oxidado en su abrigo. Un objeto insignificante para cualquiera, pero un talismán quebrado para él: el legado de un pacto olvidado entre dos hombres que habían cambiado el curso de sus destinos.
Una brisa más fría aún levantó la niebla que se enredaba en su ropa, y algo se movió en la penumbra detrás de él. No una sombra cualquiera, sino la certeza aguda de que el pasado no está muerto. Nunca lo está cuando las memorias queman como brasas en la piel.
Un suspiro le arrancó una mezcla de miedo y determinación.
—Lorian —dijo Dante, con una voz que era un filo contra el silencio —, si alguna vez fuiste mi aliado, dime ahora, ¿quién eres en la oscuridad que me niegas?
Un frío más intenso le recorrió la espalda al momento en que una figura emergía de la niebla.
¿Sería la verdad o una trampa envuelta en recuerdos ardientes?
Solo la sombra que llevaba Lorian en la mirada podría responder...
Y ese instante congeló el tiempo.