Chapter 7
Capítulo 7: Alianzas en las Sombras
El aire parecía haberse vuelto plomo. Dante sintió cómo el silencio apretaba su garganta, ahogaba cada palabra no pronunciada, convertía la duda en un puño que le presionaba el pecho hasta rozar la desesperación. Estaba invisible, sí, pero esa misma invisibilidad se había vuelto una cárcel sin barrotes visibles. Su aliento, apenas un susurro en la niebla gris que lo envolvía, vibraba con el estrépito de sus propios latidos acelerados.
El murmullo de voces distantes, fragmentos de conversaciones sin rostro, llegaba como ecos deformados a sus oídos. Se agachó detrás de un cubo de escombros, sintiendo la textura áspera de la piedra erosionada enterrarse bajo sus dedos. La humedad matutina le enfriaba la piel, y el olor a metal oxidado y humedad permeaba el ambiente, un recordatorio brutal de la decadencia que lo rodeaba.
—¿Estás seguro de que él no puede vernos? —una voz grave y cortante rompió el silencio, cercana, como la sombra que se asomaba detrás de Dante.
Algo dentro de él se tensó. No podía respirar más lento, no podía bajar la guardia; esa cercanía, esa vigilancia invisible, le recordaba que estaba jugando con fuego. Se emparejó a tientas contra la pared, el cuerpo pegado a la roca fría, intentando no hacer ni el más mínimo ruido.
Las voces se disiparon, y el corazón de Dante se convirtió en tambor del destino. Fue entonces cuando, a un par de pasos, una figura surgió de la penumbra. Su mirada no buscaba a Dante, pero sus ojos decididos drenaban la luz que alguna vez él había conocido. Una mujer, cabello oscuro y corto, ojos como carbones encendidos, con la armadura raída de quien ha visto demasiados días de guerra, se detuvo justo frente a donde debía estar él, pero no. No había nada.
—¿Dónde está ese maldito espectro? —gruñó sin alzar la voz, entregando al mismo tiempo inseguridad y autoridad.
Dante mordió el aire, sus uñas marcando líneas invisibles en la piedra. Era el momento. Había esperado esa grieta, esa duda. Pero no para atacar, sino para entender. Donde él no estaba, alguien más existía en ese mundo que comía recuerdos.
A unos metros, un segundo hombre se cruzó con la mujer. De rostro curtido y cicatrices recientes, su voz era como arena seca. —“No creo que logre nada solo. Necesitamos unir fuerzas, aunque sea con quien menos confiemos.”
El corazón de Dante pareció detenerse un segundo. “¿Unir fuerzas? Eso era lo que había estado evitando...”
No era solo que ese grupo luchaba contra el mismo enemigo; la mezcla era peligrosa, imprevisible.
Un sentimiento ácido descendía por su esófago, la sensación amarga de recordar lo que significaba confiar en sombras que podían apuñalarte sin vuelta atrás.
Con cuidado, Dante dejó su refugio. Sus pasos eran ecos leves, apenas rozando la tierra húmeda del callejón. La niebla se arremolinaba a su alrededor como un manto de imprudencia.
—Escuchen —intervino entonces la mujer, clavando su mirada en la nada donde Dante estaba—. Si alguien tendrá la habilidad para eludir las trampas de Lorian, ese es él... o ella. No podemos permitir que la traición nos fracture antes que la guerra.
Los ojos de Dante se clavaron en ella con intensidad, aunque ella no podía verlo. Los labios de la mujer se torcieron en una sonrisa amarga, consciente de la ironía.
—Bien, entonces. Que venga. Si quiere unirse, tendrá que pasar una prueba —dijo el hombre de la cicatriz.
Un silencio punzante se extendió como un eclipse. Mortífero y expectante.
—Estoy aquí —susurró Dante, pero no levantó la voz.
Fuera de su alcance, un pequeño grupo surgió de la bruma. Tres hombres y tres mujeres, rostros marcados por el miedo y la esperanza intercalados.
Se miraron unos a otros, intentando descifrar quién estaba utilizando el engaño como arma.
—¿Quién de ustedes es enviado de Lorian? —la mujer de ojos de carbón alzó una mano, dura y firme—. Porque si hay uno, lo sabremos pronto. La traición aquí es tan mortal como las balas que nos disparan.
Dante se tragó el humor funesto que le nublaba la lengua. Estaba en medio de un juego sucio, donde las reglas cambiarían antes de que pudiera leerlas.
No había vuelta atrás.
—Si alguno quiere destruirme, que lo intente —se dijo a sí mismo, sin adornos ni falsas esperanzas—. Estoy listo para lo que venga.
Y, mientras la niebla seguía tragando sombras y susurros, la pregunta colgó en el aire, tan afilada y venenosa como una daga:
¿Quién dentro del grupo sería un traidor sembrado por Lorian?
Un golpe seco resonó tras ellos, un sonido que no debería haber existido. Pero existía.
Dante giró al instante, aunque nadie, ni siquiera él, podría verlo ni responder.
Un silencio mortal cayó de nuevo, prometiendo que nada volvería a ser igual.