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Chapter 5

Encuentro con Lorian

Capítulo 5 Encuentro con Lorian

El golpe contra su hombro retumbaba en cada fibra de su ser. La oscuridad con la que había chocado no fue ciega esta vez: se filtró en sus venas, como un veneno frío que le congelaba la médula. Dante sintió que la tierra se quebraba bajo sus pies, la voz cavernosa de su captor cortando la niebla densa que le envolvía.

—¿Crees que escaparás del olvido, sombra? —musitó una voz grave, salpicada de desprecio y poder.

El aire había cambiado: ya no era solo esa humedad tenebrosa del subsuelo, sino un frío glacial que cortaba la piel. Dante trató de dar un giro, pero la garra de hierro no cedía.

—¿Quién eres? —su voz era un hilo rasgado, pero se obligó a permanentemente sostenerla.

La silueta que emergió de la penumbra tenía algo inhumano. Su rostro, apenas visible, era un caos de cicatrices que relucían con la escasa luz que allí había. Pero lo peor no eran las marcas —eran sus ojos, dos pozos negros que absorbían todo.

—Lorian Vyx —pronunció con lentitud, como si la palabra fuera un veneno que disfrutaba ver derramar.

El nombre cayó en el aire como un balde frío. Dante lo había escuchado en susurros, en relatos fragmentados, como una leyenda maldita. Lorian era el inquisidor, el verdugo de los rebeldes, aquel que arrancaba recuerdos como quien arranca pétalos.

—¿Lorian? —murmuró, intentando mantener el equilibrio de su mente—. Pensé que eras una sombra de leyendas rasgadas...

El inquisidor sonrió, pero era una mueca sin alegría, un gesto que partía la calma para dejar paso solo al miedo.

—Las leyendas tienen memoria, Dante Eiros. Pero tú... tú deberías recordar mejor.

El nombre de Dante, dicho con esa mezcla de sorpresa y desdén, levantó una tormenta helada en su pecho. Las piezas comenzaron a chocar, lentamente.

Lorian apretó su hombro, y esa fuerza hizo que el joven sintiera un punzante deseo de huir, pero más fuerte era la necesidad de entender.

—¿Por qué me buscas, sombra? —volvió a preguntar Lorian, esa vez con voz baja, como arrastrando un secreto—. ¿Qué buscas en este laberinto de memorias quebradas?

—Mis recuerdos —la palabra salió como un grito ahogado, una súplica y una amenaza al mismo tiempo—. Lo que me robaron, lo que me borraron. Y tú... tú sabes por qué.

Por un instante, un destello de duda cruzó los ojos de Lorian. Fue efímero, apenas un segundo, pero suficiente para que Dante notara la fisura. ¿Qué motivo habría para que aquel hombre cruel dudara?

—¿Qué sabes tú de mí, inquisidor? —preguntó Dante, tomando aire para afinar cada palabra—. ¿Conoces algo más que mi nombre en las sombras?

Lorian soltó una risa áspera, rasgando la quietud. Pero sus ojos se entrecerraron con intensidad.

—Sé todo, Dante. Sé de tus noches sin sueño, de tus pasos temblorosos. Sé de tus susurros a la nada, y del odio que se enciende en silencio en tu garganta. Pero también sé de otra cosa. Algo que nunca debió salir a la luz.

Un escalofrío subió por la espalda de Dante. Aquellas palabras pesaban años, duros como cadenas invisibles.

—¿Otra cosa? ¿Qué cosa? —pidió, casi sin aliento.

Lorian se acercó lo justo, su mirada incrustándola como un cuchillo en ese tiempo que ambos compartían y que parecía un abismo.

—Traición —dijo después, y el tono era una losa que caía sobre el alma.

Dante sintió que el mundo se contrajo, que cada átomo de aire escapaba de su pecho. No solo frente a un enemigo mortal, sino frente a un fantasma del pasado que emergía con furia.

—¿Yo...? —empezó, pero fue interrumpido.

—Sí, tú —replicó Lorian, sin perder la mirada—. La traición que desgarró lo que un día fuimos. La herida que ellos intentaron borrar de la historia. Pero que nunca podrán ocultar.

Por un instante, la voz de Lorian se quebró, y en esa grieta relució un dolor oscuro como la ceniza. Dante la vio y supo que había más detrás de ese verdugo. Una historia enterrada bajo capas de olvido.

El silencio se hizo pesado, una amenaza que debía romperse. Dante trenzó los dedos, buscando fuerzas en el vacío que había en él.

—Entonces, dímelo —susurró—, dímelo todo antes de que nos sepulte la oscuridad.

Lorian no apartó la vista, y en sus labios se dibujó una sonrisa triste.

—Quizás, sombra... quizas sea hora.

El aire se espesó aún más, la niebla gris parecía envolverlos, robando la luz del tenue farol que titilaba sobre ellos.

Y entonces, como un golpe más terrible que el primero, Lorian habló las palabras que partieron el alma de Dante en dos.

—Te llamabas mi hermano.

El mundo pareció tambalear, y la sombra de aquella traición derrumbó el último refugio de su memoria.

Un viento gélido azotó las paredes de piedra, y en un suspiro cruel, la oscuridad volvió a cernirse.

—Dante... —susurró Lorian, su voz quebrándose en las entrañas de la noche—. ¿Cómo pudiste olvidarlo?

Un latido largo, congelado. Y un nombre enterrado bajo la niebla más densa.

El recuerdo que debería venir, no lo hizo.

Porque algunas sombras son más profundas que el olvido.

El silencio se prolongó, un abismo suspendido, mientras en el aire flotaba aquella confesión que ningún olvido podría borrar.

Un golpe seco, una señal invisible.

El combate por la memoria apenas comenzaba.