Chapter 4
Capítulo 4 El Límite de la Sombra
El acero rasgó el aire con un silbido frío, un mensaje corto y devastador que desapareció entre la bruma.
Dante cayó de rodillas en el empedrado mojado, el filo rozando apenas la piel en un acto de crueldad calculada. No había sangre, pero sí una herida invisible, algo que se extendía por dentro; un vacío helado que se tragaba su voz, sus manos, su nombre. La niebla se cerraba como un abismo acechante, y la figura encapuchada se evaporó entre la multitud espectral.
Sus ojos buscaron desesperados. No vio rostros, solo sombras; no escuchó voces, solo ecos carentes de sustancia. Cada paso que daba lo hundía más en la oscuridad de sí mismo.
—¿Estoy… aquí? —la voz de Dante fue un susurro quebrado, tan tenue que parecía desvanecerse antes de que el aire la aplacara. El mundo en torno a él parecía existir a medias, como un sueño donde nada tiene forma definitiva, solo contornos borrosos, sonidos distorsionados y un frío sin calor.
Pero entonces, un murmullo rasgó la nebulosa: risas le dieron la espalda, palabras se entrelazaron en un idioma que no reconocía y que, a su pesar, no podía recordar.
Dante se levantó con esfuerzo, sintiendo el peso invisible apoderarse de cada fibra. Con cada aliento, notaba que más piezas de sí mismo se evaporaban, como humo que se escapa por los poros. Trató de agarrar esos fragmentos, pero la niebla se los llevaba. Se volvió a mirar las manos temblorosas, las palmas vacías.
El mercado oculto iba tomando forma ante sus ojos. Estaba sumergido en un laberinto de callejones estrechos, puestos improvisados donde las sombras se vendían en sacos, manojos de recuerdos olvidados, perfumes antiguos y susurros robados. La gente conversaba con un murmullo roto, con miradas huidizas y gestos veloces. Pero Dante era invisible para ellos —no un hombre, sino un destello intangible que se desplazaba entre las sombras sin dejar rastro.
Atorado en esa realidad líquida, Dante sintió los hilos de la vida deslizarse entre sus dedos.
—Oye —una voz rasposa detuvo el ritmo frenético de sus pensamientos—, ¿también andas perdido? —un hombre encorvado, escuálido, surgió de una esquina como un espectro ansioso. Su rostro arrugado estaba iluminado solo por la tenue luz de un farol, pero sus ojos destellaban con una mezcla peligrosa de curiosidad y cautela.
Dante pestañeó, sorprendido de ser notado.
—No sabes lo que eres, ¿verdad? —El hombre se acercó con cautela, casi rapto, buscándole en la mirada a pesar de todo. Sus palabras eran un hilo que Dante intentaba atrapar—. Estas calles solo ven a quienes tienen historia, tienen memoria. Si la pierdes… te conviertes en sombra. Un parásito irrelevante, invisible para los otros.
El corazón de Dante golpeó contra las costillas con una fuerza dolorosa. El hombre había dicho su verdad. Era cierto: había cruzado un límite. Ya no era un hombre completo, sino un paria mendigando entre fragmentos.
—Eso quiere decir… —Dante tragó en seco—, que estoy condenado a no ser nada. A que nadie pueda ni verme, ni sentirme, ni recordarme.
El hombre asintió, un gesto triste y sombrío.
—Sí. Lorian Vyx nos cazó a todos. Su maldición no es solo robar recuerdos, es borrar a la gente de las vidas de los demás. Y cuando eso pasa, la magia que nos sostiene se desgaja. Nos convertimos en fantasmas de nosotros mismos.
Dante se llevó la mano al pecho, sintiendo una opresión cruel que robaba el aire.
—¿Hay forma de romperlo? —su voz tembló, mezclando miedo y feroz determinación.
—Hay rumores —el hombre sonrió con amargura—. Un tal Renacido. Dicen que es alguien que olvidó, pero que puede recordar lo imposible y devolver la memoria a los caídos. Pero nadie lo ha visto, y los que hablan terminan desapareciendo.
Un golpe seco resonó detrás de ellos.
Dante giró con rapidez, apenas a tiempo para ver una sombra imponente descender sobre el mercader. Una daga destelló.
—¡No lo escuches! —exclamó el hombre mientras caía, una mancha oscura extendiéndose en su camisa.
El cuerpo del mercader se desplomó sin vida, dejando caer un saco lleno de memorias destellantes que se desvanecieron en el suelo como polvo de estrellas.
Dante retrocedió, sintiendo la mirada de mil pares de ojos invisibles clavándose en él desde la distancia.
—¿Quién eres? —susurró una voz grave desde la penumbra, un suspiro venenoso que heló su alma.
Entró un hombre alto, elegante, con un rostro arropado por una capucha negra, pero con una sonrisa cruel que parecía dibujada con acero frío.
—Alguien como tú —dijo con sarcasmo—. Alguien que camina en el filo entre la sombra y la luz. Y eso es peligroso.
El corazón de Dante martilló con furia, cada latido un tambor de guerra.
—No sabes quién soy. No sabes lo que puedo hacer.
El hombre dio un paso adelante, y la niebla pareció arremolinarse a su alrededor, como alas negras que prometían muerte.
—Lo sé todo. Y lo que no sepa… lo recordaré por ti.
Dante sintió un estremecimiento recorrer su columna, una amenaza tan palpable que parecía querer ahogarlo.
En ese instante, alguien tiró de su camisa.
—Corre.
Una niña pequeña, con ojos grandes y brillantes, asomó un rostro decidido entre las sombras.
—Si él te atrapa aquí, no quedará nada de ti—advirtió con voz baja, pero urgente.
Dante la miró con el pecho oprimiéndose, la niebla envolviendo su figura como una losa invisible.
—¿Puedes ayudarme a salir?
Ella asintió, y se escurrió por la multitud que parecía desvanecerse tras sus pisadas.
Entonces, un sonido seco, cercano, como dedos golpeando madera con impaciencia resonó justo a su espalda.
Dante contuvo la respiración.
—El límite está aquí —susurró la niña—. Y él ya sabe que existes.
Las sombras parecían cerrar el cerco, el mercado oculto se disolvía en un abismo intraducible.
Dante dio un paso, titubeó, y la realidad pendía de un hilo.
¿Cuánto tiempo más podría sostenerse en el borde? ¿Podría convencer a alguien más de su peligrosa condición?
El eco de un golpe —mucho más cercano esta vez— reverberó contra las piedras.
Y una mano gruesa, de uñas afiladas y piel pergaminosa, agarró su hombro con fuerza de hierro.
El mundo cayó, una vez más, en la oscuridad absoluta.