Chapter 3
Capítulo 3 La Moneda de los Recuerdos
El aliento de la noche se pegaba a la piel de Dante como un sudor frío, invadiendo sus poros a pesar del frío mineral que emanaba el suelo bajo sus pies.
El susurro junto a su oído—tan cercano que en cualquier otro momento habría sido un roce—ahora le perforaba el cráneo con una intención oscura. Apenas un aliento, una amenaza velada.
Dante quedó inmóvil. La niebla, densa y casi líquida, se agitaba a su alrededor, envolviéndolo en su abrazo grisáceo. La humilde lámpara del callejón lanzaba sombras rotas, pero ninguna forma se movía con él. Solo la desolación, sólo el eco de sus latidos encendiendo un tambor lejano dentro del pecho.
De pronto, el silencio se quebró, no con palabras, sino con un clic seco, metálico. Instintivamente, levantó los ojos y vio, colgada en una cadena oxidada que pendía justo en la esquina de una pared, una pequeña moneda gastada que reflejaba la lúgubre luz de la lámpara.
Dante dio un paso. Otro. El ruido de sus botas sobre el empedrado era un puñal contra el silencio nocturno.
En ese instante, comprendió la verdad terrible: en este reino donde la memoria era un bien fugaz y codiciado, la moneda era más que un simple metal bruñido. Era un símbolo, un poder, un tirante sobre un hilo invisible que controlaba todo.
Un murmullo detrás de él.
Volteó sin dar un solo paso atrás. La calle permanecía vacía. Pero algo cambió: Dante sintió un hormigueo en la piel, una oleada eléctrica que atravesaba su espalda hasta el cerebro.
Su invisibilidad mágica, esa capa intangible que lo protegía y ocultaba de ojos indiscretos, parpadeaba como una luz débil bajo la tormenta.
No podía ocultarse de alguien que conocía el juego.
El frío aumentó, y en el aire flotaba un aroma metálico, una mezcla entre oxígeno quemado y recuerdos distantes.
—Las monedas no sólo sirven para comprar —susurró una voz tan cercana que Dante sintió el eco vibrar dentro de su cráneo.
Un hombre emergió de la niebla, deslizándose con una elegancia siniestra. Su figura parecía absorber la luz. No tenía edad, pero en sus ojos brillaba la agudeza de un cazador consumado. Vestía una capa negra que ondeaba sin viento, y en sus dedos un anillo forjado con símbolos veloces, dibujados con runas olvidadas.
—¿Quién eres? —dijo Dante, la voz firme pero con un hilo de cautela.
—Soy Kael—respondió el extraño, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Y estoy aquí para ofrecerte un trato que bien podrías no rechazar.
Dante frunció el ceño. —No necesito favores ni tratos. Sólo quiero mis recuerdos.
Kael ladeó la cabeza, divertido. —Ah, pero aquí está la cuestión, amigo: tus recuerdos son la moneda más valiosa del reino. Si los recuperas, ganarás poder. Y eso crea enemigos.
El corazón de Dante se aceleró. No era la primera vez que sentía el sabor punzante de la traición en este mundo difuso, pero ahora parecía acumularse el peso de las sombras sobre su alma.
—¿Qué quieres a cambio? —Dante preguntó, sus ojos escudriñando el perfil del extraño.
Kael extendió la mano, revelando la moneda oxidada que pendía de la pared. Era la misma que Dante había visto un instante antes.
—Esta moneda... posee un fragmento de memoria robada, un recuerdo sellado que puede darte acceso a un momento clave de tu pasado. Pero, a cambio, debes aceptar mi protección. Estar bajo mi sombra.
Dante sintió la tentación arañando su garganta, haciéndolo jadear por aire. La idea de recuperar un solo fragmento de su historia le quemaba la piel.
—¿Protección? ¿De quién? —La cada palabra estaba teñida de sospecha.
Kael se inclinó más cerca, y su voz bajó hasta un hilo venenoso.
—De todos. Pero sobre todo de Lorian Vyx.
La piel de Dante se erizó.
Lorian. El nombre que envenenaba sus noches sin sueños, que robaba sus días con la promesa de una muerte en el olvido.
—¿Por qué yo? —preguntó Dante, intentando encapsular la mezcla de miedo e ira que bullía en su interior.
Kael le sonrió con una mueca amarga. —Porque donde hay recuerdos, hay poder. Y donde hay poder, hay guerras que nadie quiere librar en el frente.
Un golpe seco resonó tras Kael. Dante giró en un instante, la invisibilidad casi desvaneciéndose ante la alerta brutal.
De la neblina emergió una sombra más oscura aún, un espectro cubierto de runas grabadas en su piel, como si el propio olvido lo hubiera abrazado para protegerlo.
—No estás solo en esto, Dante —dijo Kael, como haciendo un gesto hacia la nueva figura—. Pero cuidado, porque no todos son tan amables como yo.
El extraño segundo hombre avanzó, y la luz de la moneda se reflejó en sus ojos como un faro de amenaza.
Dante sintió que la invisibilidad se deshacía por completo cuando un frío gélido lo atrapó y su voz resonó en la oscuridad:
—¿Crees que las sombras pueden protegerte? No cuando ellas mismas esconden al verdadero enemigo.
El pulso de Dante se disparó.
El aire se volvió espeso.
Y en ese instante, el mundo entero pareció contener la respiración.
Un puñal apareció en la mano del desconocido.
Un filo tan oscuro que parecía absorber la luz.
Dante se preparó.
La moneda brilló con el último destello.
—¿Quién eres? —volvió a preguntar, esta vez con la voz rasgada por la adrenalina.
Pero el silencio fue la única respuesta mientras la figura avanzaba, y la niebla cerraba el cerco.
El límite entre la visibilidad y la sombra se desdibujó.
Y justo cuando la hoja se alzó hacia él, el mundo descendió una vez más hacia la nada.