Chapter 2
Capítulo 2 Fragmentos de un Pasado Perdido
Dante cayó de rodillas, el pecho aún latiendo con un tambor sordo que parecía querer romperle las costillas. La oscura quietud de la nada lo envolvía, pero était húmeda, como si la niebla gris del reino hubiese entrado dentro de su ser. Su respiración temblaba, cada inhalación era un recordatorio punzante de que—de algún modo—seguía vivo. Pero, ¿qué vida era aquella? ¿Era aún él o solo un eco sin forma?
Un lenguaje de sombras y silencios se extendía delante de sus ojos, sin imágenes vivas ni sonidos claros, solo fragmentos. Piezas dispersas, como vidrios rotos que sin embargo formaban una silueta desconcertante.
Sintió un golpe seco en el pecho, una punzada aguda que lo sacudió hasta el fondo. Era un recuerdo intentando desesperadamente abrirse paso. No vino como una escena clara; solo fue una sensación abrumadora: el calor del sol al amanecer sobre una piel joven, un perfume oscuro y embriagador, voces susurrando su nombre en un idioma que parecía extinguirse. ¿Era ese el eco de su propia identidad llamándolo desde las sombras?
Se agarró la cabeza, la sangre le latía fuerte en las sienes mientras esos fragmentos cosquilleaban su conciencia, como pequeños fósforos a punto de encenderse. Pero justo cuando creyó que podría captar un retazo nítido, la visión se esfumó, dejando solo un vacío más profundo.
—No puedo... —murmuró con voz áspera, los labios agrietados por el esfuerzo de nombrar lo intangible.
Su mano tembló y al extenderla hacia el vacío frente a él, algo cambió. No era la magia vibrante de los otros, esas chispas brillantes que ardían en la piel de los hechiceros o se entrelazaban en sus dedos. Era más sutil, casi imperceptible, una corriente fría que se arremolinaba desde sus propias venas hasta la superficie de su mano.
Una sombra podría llamarse poder, si se le permitía. Un susurro oculto que no se dejó atrapar muy fácil, pero que ahora respondía a su voluntad, mostrando destellos de luz oscura.
—¿Esto... soy yo? —preguntó casi para sí.
Los recuerdos, fragmentos filosos, ahora tenían forma en el aire. Figuras borrosas tomando forma: una sala iluminada por candelabros de cristal negro, manos entrelazadas en un pacto sellado con sudor y palabras prohibidas. Un rostro que se atrevía a mirar con ojos que hablaban de traición, dolor —quizás amor—, cubierto por un velo de cenizas y olvidos.
De repente, un suspiro llegó desde la bruma a sus espaldas. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Se giró bruscamente, pero no había nadie. Solo un silencio frío, opresivo, que se colaba por debajo de la niebla que ahora parecía cerrarse a su alrededor.
El aire se espesaba y podía oler, nítido y soterrado, un aroma mezclado de humedad y hojas quemadas. El viento arrastraba ese olor hasta él, como si alguien, desde la oscuridad, estuviese tratando de decirle algo sin palabras.
Un crujido leve, apenas perceptible, resonó en la distancia. Como un susurro de botas pisando lentamente el suelo empapado. El corazón de Dante se encogió. No por miedo, sino por la certeza ineludible de que no estaba solo. Nunca lo había estado.
—¿Quién anda ahí? —su voz logró imponerse sobre la humedad del lugar, oscura y cerrada.
Solo el eco contestó. Pero entonces, en la penumbra, una figura emergió entre el velo de niebla. No se permitió ver con claridad su rostro, ni sus gestos. Solo fue un contorno, una sombra más densa. Inmóvil. Observándolo con atención como si evaluara cada fragmento de su ser, cada fisura de su alma fracturada.
Dante retrocedió un paso, la respiración volviéndose más corta.
Se volvió a concentrar en el poder que crecía en su mano, un hilo invisible y frío que reptaba desde su interior hacia la realidad. Algo antiguo y peligroso. Esa misma fuerza que él no podía comprender del todo le daba la esperanza de que todo ese olvido, esa noche perpetua que lo ahogaba, no lo había vencido del todo.
La sombra hizo un pequeño movimiento, un gesto imperceptible, apenas una mueca. Como si respondiera a una pregunta sin pronunciarse.
Dante sintió en su piel el roce efímero de algo intangible, un suspiro de memoria semiolvidada, como un rumor que resistía ser borrado.
—No te dejaré, viejo amigo —susurró, entre dientes, como si hablara con alguien fuera de su alcance.
Pero la figura se desvaneció tan rápido como apareció, huyendo entre los pliegues de la bruma que se espesaba, engullendo ese instante, dejando un terrible silencio.
El latido en su pecho retumbó con fuerza incontrolable, reverberando en sus oídos.
¿Quién era esa presencia? ¿Aliado o amenaza? Ninguna respuesta lo aguardaba en la niebla que cada vez lo atrapaba más, inasible.
Solo el frío de un nuevo enigma para enfrentar.
Y en la noche del olvido, Dante supo que no bastaría con recuperar simples recuerdos. Había algo más: un poder peligroso que él portaba sin saber, y alguien lo vigilaba, listo para borrar todo vestigio de su existencia.
La niebla volvía a cerrarse a su alrededor.
La oscuridad no era su enemiga. Lo era la sombra que no se atrevía a mostrar su rostro.
Un nombre perdido, una verdad oculta, y el futuro colgando de un hilo.
El juego comenzaba de nuevo.
Y Dante estaba atrapado en el tablero.
¿Quién lo observaba desde la sombra y por qué?
El aire, denso y frío, pareció encogerse mientras él se preparaba para descubrirlo.
Pero la respuesta se ocultaba, esperando el siguiente movimiento.
Un paso más.
Un latido.
Un suspiro.
Y el mundo giró otra vez hacia la penumbra.
—No escaparás. —Una voz, apenas un susurro, se deslizó junto a su oído.
Dante giró. Solo fue la noche.
Pero sabía que no estaba solo.
Y no había vuelta atrás.