Chapter 17
Capítulo 17: Fuego Cruzado
La noche cayó con violencia sobre la ciudad laberíntica, mordiendo la niebla que reptaba entre callejones angostos y fachadas derruidas. El aire olía a pólvora, a hierro y a miedo en estado puro; como si la misma esencia del reino se quebrara bajo el peso de lo inevitable.
Dante sintió cada latido como un tambor de guerra que rugía en sus venas, el secreto que reveló Lía le quemaba en la garganta, un veneno dulce y amargo.
Ella estaba frente a él, los ojos fijos, no parpadeaba.
—¿Por qué fuiste creada, y cuál es tu verdadera misión?
La frase quedó suspendida como un filo cortante en el instante. El párpado de Lía se tensó, sus labios fijaron una línea fina, y el silencio se robó su voz. Un temblor sutil recorrió su mano, la extendió hacia él, pero sin tocar.
—Dante... —susurró, una voz quebrada que apenas hallaba sostén.
El suelo vibró con un estruendo súbito; un retumbar que sacudió vidrios y poster en las paredes a su alrededor. Un grupo de sombras se materializó entre la niebla: soldados de Lorian, con armaduras negras y ojos afilados, patrullados por un sargento que gritaba órdenes inhumanas.
—¡Alto ahí! —tronó una voz cortante.
Desafiante, una serie de pasos firmes contestó en la distancia. Un grupo rebelde emergió con escudos improvisados de madera y varitas, barajando lanzas que chisporroteaban con magia residual. Sus rostros estaban marcados por la desesperación pero ardiendo con una rabia feroz.
—¡No retrocedan! —rugió su líder con un viejo abrigo que olía a pólvora y derrota.
Lía apretó el puño y dio un paso atrás hacia Dante, su cuerpo tembloroso.
—No es solo tu secreto, Dante. Es la chispa que puede prender este mundo.
El primer disparo rasgó la noche, una explosión oscura como la boca de una bestia maldita. El fuego quemó la frescura del aire y la guerra estalló en su máxima crudeza; gritos, choques metálicos, y rugidos de magia que despedazaban la quietud.
Dante se quedó clavado, sintiendo la tensión cruda de ser una ficha en el tablero. La mirada de Lía buscó la suya en la confusión, llena de urgencia muda.
—Escóndete —le ordenó entre el caos—. Solo sobrevivamos esta noche.
Pero algo en los ojos de Dante ardía con un fuego que ni la niebla podía apagar. No había refugio posible si no era frente a la tormenta.
Un relámpago de magia desató llamas que iluminaban los gestos contorsionados de los combatientes. Un rebelde cayó a pocos pasos, su grito desgarró el aire, y un soldado de Lorian avanzó con una daga curva, buscando la carne febril.
Dante sintió el pulso en sus oídos, un martilleo que lo arrastraba hacia adelante y atrás, incapaz de decidir dónde pertenecer.
Lía lo jaló hacia un muro, apartándolo justo antes de que un dardo mágico rozara su mejilla, dejando una línea carmesí que ardía como un recuerdo olvidado.
Los rebeldes gritaban consignas mientras bloqueaban la carga hostil, pero el número y la disciplina de Lorian empujaban implacables. La niebla mismo parecía empaparse de la sangre y las magias que se filtraban, oscureciendo el ambiente hasta volverlo irrespirable.
Dante, entre respiros cortos y ojos desorbitados, vio la figura del sargento alzando un estandarte negro que pulsaba oscuridad, el símbolo marcado como sentencia de muerte.
En ese momento, un grito cercano lo congeló:
—¡Dante!
Era Lía, enfrentando a dos soldados que la acorralaban contra un callejón. Si no intervenía, la cuchilla se hundiría en su costado.
Sin pensar, Dante lanzó una sombra afilada, una extensión de oscura energía que cortó la cuerda de un soldado, haciéndolo caer al suelo con un alarido.
Pero la atención lo puso en la mira del otro; la daga giró hacia él, su filo brillando con la crueldad de la condena.
Y ahí, justo en medio del fuego cruzado, sintió el frío de la elección asfixiándolo.
—O te unes a nosotros, olvidando tu pasado, o defiendes a aquellos que buscan devorarte.
El dilema le quemó las entrañas. Un golpe certero, un paso al costado, una decisión que podía arrebatarle la memoria que aún le quedaba... o lo condenaría a desaparecer para siempre.
Un disparo resonó tan cerca que el eco le quemó los tímpanos. La nube gris absorbiéndolo se volvió opresiva, el tiempo se detuvo en un parpadeo.
—¿Qué eliges, Dante Eiros?
Sus ojos se clavaron en el horizonte incendiado por la batalla, en Lía luchando por sobrevivir, y en la sombra alargada de Lorian que se cernía sobre todo.
El silencio se rompió por un estruendo final:
—¡Ahora!
Las armas estallaron, la niebla se partió... y Dante quedó atrapado entre la furia que devoraba todo a su alrededor, preso de un instante que podría ser el último.
[FIN DEL CAPÍTULO 17]