Chapter 14
Capítulo 14 El Laberinto de los Olvidados
—Es hora de decidir.
El silencio le respondió con su abrazo helado, un tacto vacío que se coló por cada poro de su piel como un veneno dulce y sutil. Dante permaneció inmóvil, respirando con la pesadez de quien sabe que el mundo se retuerce inevitablemente bajo sus pies justo ahora, en este instante que lo desgarraba entre la voluntad y la sombra.
El eco de aquella voz había dejado un rastro de fuego en su cerebro, una llamarada que corría por sus venas con urgencia. ¿Qué decisión? ¿Qué puerta se abría allí, justo frente a él, a la que temía pero debía atravesar?
Se alzó. La oscuridad era densa, como un manto de ceniza que amortiguaba los pasos, los susurros y hasta los latidos. La ciudad olía a humedad y a hojas podridas, y un vaho frío le rozó la nuca. A cada compás de su corazón, la niebla parecía ensancharse, un mar gris interminable que chupaba la vida, un cosmos donde la memoria se desvanecía sin remedio.
Sus dedos tocaron la pared desgastada. Fría, húmeda. Una textura rugosa, un recuerdo atrapado en piedra. Respiró hondo y se adentró en el laberinto.
Pero este no era un laberinto de muros comunes, sino de almas suspendidas, fragmentos olvidados. Cada giro afirmaba ese insólito rumor: voces sepultadas, nombres susurrados en corrientes invisibles. El suelo bajo él vibraba con una sutil energía, un pulso tenue que latía con ecos de memorias perdidas.
“Cada recuerdo aquí es una prisionera”, le dijo una voz dentro de su mente, o quizá fue un pensamiento, o una sensación encarnada en el aire mismo. “Se necesitan manos capaces de ver lo invisible para liberarlas.”
Dante se detuvo ante una grieta en la pared que parecía respirar. La sombra se alargó, como si el propio laberinto le tendiera las manos. Algunos fragmentos de luz se filtraban—un destello azulado, efímero, como una lágrima congelada. Quiso alcanzarlo, pero su brazo pasó a través. Era humo, un suspiro que fluía entre sus dedos.
Un paso en falso, y podría perderse en este mar gris para siempre. Su mente parpadeó con el peso de las preguntas sin respuesta: ¿Quién había sido? ¿Cuál era su historia oculta? ¿Podría reclamar sus recuerdos o se convertiría en otro espectro, un fragmento más?
Siguió andando, cuidadoso, sus sentidos tensos como cuerdas de arpa al borde de romperse. Los silencios estaban vivos, cada sombra parecía esconder un secreto.
Entonces, el aire cambió. Un aroma antiguo, débil, a madera quemada y hojas secas, le rozó la piel, despertando un presente inquietante y un pasado olvidado.
Entre las grietas apareció un destello cálido, y la voz llegó sin pedir permiso.
—Dante...
Ese nombre, pronunciado así, en ese susurro quebrado, reventó su pecho. Era la voz de ella. Una voz que conocía como la suya propia y que le quemaba con promesas y temores.
Se giró bruscamente. Pero había solo sombras danzantes, fragmentos de niebla en movimiento.
—¿Quién está ahí? —rogó sin aliento, el corazón golpeando su pecho como un tambor de guerra.
El silencio le respondió, pero en el fondo, esa voz permanecía, serpenteando entre las sombras, dulce y punzante. ¿Era salvación o condena?
No podía saberlo, pero la decisión ya lo había encontrado.
Un roce frío le rozó la nuca y algo invisible bajó sobre su hombro.
El Laberinto de los Olvidados cerró su mandíbula invisible, y Dante sabía que había cruzado un umbral del que quizás no podría regresar.
Y entonces, en medio del oscuro murmullo, la voz susurró una vez más.
—Ven... te estoy esperando.
Su nombre, una promesa.
Y él, sin más fuerzas para resistir, dio un paso adelante hacia la oscuridad, hacia lo desconocido.
El eco de sus propios recuerdos comenzó a desvanecerse a su alrededor.
Y entonces... el mundo se quedó en silencio.
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¿Quién lo esperaba? ¿Un amigo, un enemigo, un recuerdo olvidado? La respuesta aguardaba en la sombra, tan cerca como un latido, tan intocable como el olvido mismo.