NoveliqaRenacido en las Sombras del Olvido / Pérdida y Transformación :0%
Log in

Chapter 13

Pérdida y Transformación

Capítulo 13 Pérdida y Transformación

—¿Estás listo?

La pregunta se deslizó por el aire denso, espeso como niebla que gotea humedad en los huesos. Un susurro bajo, cargado de promesas y amenazas.

Dante sintió el pulgar, brillante como un faro distante, retorcerse en su interior. Un calambre recorrió su columna, haciéndole arquear los dedos como si pudiera aferrar algo esfumado.

La luz traspasó su piel —no con fuego o daño, sino con un peso frío que empujaba sus entrañas; como si mil memorias enterradas estuvieran luchando por volver. Por asomarse al borde del olvido.

Con un jadeo ahogado, sus ojos se abrieron al vacío blanco-anis de su mente. Allí, fragmentos cubiertos por niebla comenzaron a formarse, retazos de voces, rostros y sensaciones que había dado por perdidos para siempre.

Pero cada recuerdo recobrado era un grito.

Un estremecimiento sacudió sus huesos, como si su carne rechazara la esencia que regresaba. La piel bajo sus dedos parecía propia y extraña al mismo tiempo: un lienzo manchado por sombras que se rebelaban.

—¿Lo sientes? —la voz de la figura era apenas un eco al borde de su percepción.

Dante no pudo responder. La cabeza le latía, un tambor feral ahogando pensamientos. Fragmentos de un nombre, risas infantiles y un aroma a lluvia vieja irrumpían en su pecho, amenazando con quebrarlo en mil piezas.

Su mano, temblorosa, se llevó al rostro. El tacto era ajeno; su propia piel sonaba a mentira bajo las yemas.

Un instante después, un destello.

En el reflejo borroso de un charco surgió un rostro que no reconocía. No era sólo la sombra azulada bajo sus ojos o aquella cicatriz que antes no existía. Era una transformación más profunda, invisible para la mirada común pero demasiado viva para que la ignorara su esencia.

—Recuerdos, Dante. No sólo recuerdos... fragmentos de otro tiempo, otra vida. Fracturas de tu alma que se recomponen, pero también te devoran —dijo la figura, dando un paso atrás, apenas visible entre las cortinas de niebla que comenzaban a filtrarse al cuarto.

Dante perdió el equilibrio y cayó de rodillas. La humedad fría del suelo le impregnó la piel, y su propio aliento se condensó frente a él en pequeñas nubes espectrales.

La cabeza le giraba, el pecho se oprimía. Una batalla interna se desencadenaba, una que ningún exorcista podría expulsar ni hechizo atenuar.

—¿Por qué ahora? —su voz brotó quebrada, sin fuerza.

Porque los recuerdos son una maldición encubierta.

Cada fragmento superado despertaba impulsos nuevos, visiones que no pertenecían a su presente ni a su yo consciente. Vio rostros de desconocidos que gritaban un nombre: “Dante”, sí, pero con un peso distinto, como si hablaran de un extraño.

Sintió una furia extraña, un hambre violenta que nunca había conocido. Sus dedos apretaban el suelo como si quisieran arrancar la pesadez de sus venas.

Y allí, justo en ese instante, un olor a tierra mojada y madera quemada invadió su nariz. Retrocedió, confundido, mientras imágenes fugaces de un bosque incendiado danzaban en su mente y un recuerdo latente tiraba de él hacia un pasado que no recordaba desear.

—Cada memoria que recuperas —murmuró la oscura silueta— es una capa que te acerca a tu verdad... pero también a tu desgaste. Perderás rostros que amaste, risas que te definieron. Incluso a ti mismo.

—Entonces, ¿debo abandonar quién soy? —la desesperación mordía sus palabras.

—No tanto abandonar, sino renacer bajo la tormenta. El olvido te dejó vacío, pero no puro. El renacer puede ser más cruel que el olvido mismo.

Su respiración se volvió agitada. Ese pensamiento mordió su razón con dientes invisibles. Temía que, al recuperar su pasado, se volviera un desconocido para aquellos que lo seguían, para quienes confiaban en el hombre que ahora habitaba su cuerpo.

Con los ojos clavados en la silueta que irradiaba tanto misterio como peligro, un temblor sutil ascendió por sus extremidades.

Su cuerpo parecía rebelarse contra el cambio, la metamorfosis silenciosa que ocurría a su alrededor. Uno de sus dedos empezó a vibrar ligeramente, un temblor nervioso que ese pulgar iluminado había introducido.

Una corriente fría ascendió desde sus entrañas. La humedad y la niebla parecían converger en un susurro creciente, una sinfonía tenebrosa que le recordaba la fragilidad de su propia existencia.

Sin advertencia, el rostro frente a él se distorsionó, y las facciones familiares se difuminaron en sombras. Justo a tiempo para oír a lo lejos un estruendo: grietas comenzaban a formarse en las paredes invisibles de su conciencia.

La silueta se acercó con lentitud, un destello oscuro cruzó su mirada, y con una voz baja pero cargada de un poder que helaba la sangre, susurró:

—Mañana no serás el mismo, Dante. Ni siquiera tú sabrás si aún te queda alma.

Un golpe seco resonó en la puerta del cuarto.

Dante giró la cabeza, el cuerpo pesado de recién llegado y envejecido al mismo tiempo. La sombra se desvaneció en la niebla, y él quedó solo, con los fragmentos de sí mismo temblando en la oscuridad.

El eco de un nombre perdido se perdió entre la espesura.

—¿Quién eres ahora? —preguntó en un murmullo apenas audible.

La puerta volvió a golpear. Lentamente, se abrió.

Y ahí, en el umbral invadido por el gris eterno, alguien esperaba.

La niebla fuera pasó como un suspiro frío.

Dante no sabía si al cruzar aquella puerta perdería más que su humanidad.

La pregunta aún pendía:

¿Se volvería irreconocible para sus aliados o perdería su propia esencia?

Fue entonces cuando la figura en la entrada habló, y su voz rompió el silencio de la habitación.

—Es hora de decidir.

El silencio le respondió con su abrazo helado.