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Chapter 11

Traiciones Bajo la Luz de la Luna

Capítulo 11 Traiciones Bajo la Luz de la Luna

El silencio que sucedió al eco de aquellas palabras se tornó insoportable. Por un instante, el mundo pareció contener la respiración; la niebla, espesa y traicionera, reptaba lentamente hacia ellos, como si quisiera cegarlo todo, arrancar la verdad de raíz.

Dante permaneció inmóvil, los músculos tensos por la batida infernal de su corazón. A cada inhalación, sentía el frío calar sus pulmones, una punzada sorda en las costillas. La indiferencia de la noche se rebelaba contra su desesperación. El temblor no era sólo físico: era la grieta profunda que acababa de abrir su alma.

—¿Qué precio estás dispuesto a pagar? —la invitación había sido un golpe, pero la respuesta...— —murmuró a medias, con voz quebrada, tratando de ordenar los retazos vacíos en su mente.

Una sombra se deslizó por detrás de él, una silueta conocida que cortó su concentración como un filo afilado. Era Selene, su aliada más cercana, la única que parecía sostener el hálito de esperanza en aquella ciudad espectral.

—Dante —su susurro era urgente, marcado por algo que no podía nombrar—. Algo ha cambiado esta noche. Lo puedo sentir.

Su mirada, normalmente segura, oscilaba entre la cautela y el pánico contenido. Su perfume, mezcla de tierra mojada y especias, se volvió más penetrante en el aire frío, una fragancia que Dante quería aferrar a la memoria, como un ancla para mantenerse firme.

—¿Has notado algo? —preguntó, con los dedos rozando una daga oculta bajo su capa—. Antes de que desapareciera la luz.

La pregunta era un dardo envenenado. La escena venía atormentándolo desde la caída de la vela; algo había ausente, una fisura invisible. Pero ¿qué? La respuesta luchaba por abrirse paso, una sombra más oscura tras la ya opresiva niebla.

El grupo rebelde se había reunido cerca del viejo arco en ruinas, un punto donde el aire parecía vibrar con ecos de rebeliones olvidadas. Era su único refugio, el último bastión contra la expansión del olvido.

—Siento que alguien nos observa —confesó Dante, apretando las mandíbulas—. No es la niebla, no es el frío. Es... alguien que respira entre nosotros.

Un murmullo bajito ascendió en el círculo: rostros severos, suspiros ocultos, dedos apretados en puños. Había miedo, ese hilo invisible que se clavaba con cada latido. Uno de ellos, Tarek, soltó un chasquido irónico.

—¿Otra vez con fantasmas? —la dureza en su voz era un esfuerzo por mantener la compostura pero traicionaba su incertidumbre.

—No son fantasmas —respondió Selene, con una mirada afilada—. Algo pasó cuando la vela murió. Algo que no nos dimos cuenta.

Dante sintió un peso pesado posarse sobre su pecho. Su intuición crujía en la oscuridad: no era paranoia. La traición estaba en el aire, escondida como un veneno puro. Pero ¿quién? ¿Y para qué?

El viento comenzó a ascender, arrastrando fragmentos de hojas secas y tinieblas, un susurro que parecía formar palabras ininteligibles. En ese murmullo, Dante captó una radiografía brutal: alguien cercano miraba con ojos ajenos, pensando en la caída del rey que desafía la niebla.

—Necesitamos saber —comenzó, con voz firme—, y rápido. Si uno de nosotros es un espía, cada palabra, cada gesto, puede ser la llave de nuestra destrucción.

La tensión fue un filo invisible; nadie respiraba sin un peso en el estómago. Aquella sospecha se extendía como una tela de araña, urbana y mortal.

Entonces, sin previo aviso, la luna emergió entre las nubes, derramando una luz pálida y fría. Sus rayos atravesaron las grietas del arque y alumbraron un perfil entre las sombras: un imitador incómodo, un rostro donde nunca habría esperado ver traición.

Era Ralen.

El hombre con quien Dante había compartido noches frías, planes susurrados y promesas de rebelión.

El silencio se fracturó en un instante; las miradas se clavaron en él, un puñal lanzado al centro de la confianza. Sus ojos, habitualmente oscuros y profundos, ahora brillaban con un destello que nadie había anticipado: nervios, culpabilidad o quizás, una máscara forzada para ocultar algo peor.

—Ralen —dijo Dante, la voz cortante y anclada en la incredulidad—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué sí y por qué ahora?

La pregunta no necesitó respuesta. Una mano se deslizó hacia el cinturón. El ambiente se electrificó, cada latido convertido en un tambor de guerra.

Selene dio un paso adelante, blanca y furiosa.

—¿Acaso vienes a entregarnos? ¿Cuántas veces lo hiciste antes? ¿A cuántos seres condenaste al olvido por órdenes de ese monstruo?

La respuesta de Ralen fue un suspiro, casi un gemido, antes de que la oscuridad que lo envolvía se tornara aún más densa.

—No tienen idea... —su voz tembló, pero había un filo brutal y obstinado—. Lorian no es solamente un tirano. Él es el abismo que engulle la memoria, y yo... yo solo intento salvar lo que queda.

Sus palabras eran una traición y una súplica a la vez, una maraña imposible de desenredar en la sóla luz fría de la luna. Dante sintió la tierra temblar bajo sus pies, un alud en el alma que amenazaba con enterrarlo para siempre.

—¿Salvarlo a costa de nosotros? —la pregunta era una daga que atravesaba silencios.

Antes de que alguien pudiera reaccionar más, un sonido abrupto crepitó desde la periferia —una señal, un aviso que estremeció la noche—. Todos giraron, temiendo que la traición fuera apenas el primer golpe en una batalla más oscura.

Dante, la mirada fija en Ralen, comprendió sin necesidad de más palabras: un espía de Lorian había infiltrado su círculo íntimo.

Y la manta de niebla, ahora no sólo densa sino amenaza viva, arrastraría sus secretos al olvido... a menos que él pudiera recuperarlos, pieza por pieza, antes de que todo fuese consumido.

La luna, cruel y brillante, seguía testigo. El juicio apenas comenzaba.