Chapter 9
Capítulo 9 Fragmentos de memoria y dolor
El sudor le pegaba la camisa al torso y el aguacero nocturno le chorreaba por la nuca como serpientes frías. Dante dio un paso atrás, tambaleándose; la habitación parecía girar bajo sus pies. La pantalla seguía parpadeando con aquel nombre, un eco cruel que no dejaba caer el telón de su tormento. La pregunta se retorcía en su pecho como una daga enterrada profundamente: ¿fue él… su enemigo oculto?
Intentó controlar la respiración, su pulso se había vuelto un tambor insensible que retumbaba en cada vena. Pero el cuerpo no le obedecía. Y entonces, el mundo a su alrededor se desdibujó, el límite entre el presente y el pasado se volvió una línea quebrada, difusa, temblorosa.
Un frío violetáceo le subió por la columna vertebral: su propia sombra se estiraba y contorsionaba en la pared, más larga, más oscura, y en sus bordes se colaban imágenes quebradas, fragmentos olvidados atormentándolo.
El primer flash le golpeó sin aviso.
Estaba en un corredor húmedo, con las paredes manchadas por la humedad, el eco de sus pasos retumbando en el silencio opresivo. Pero sus manos… sus manos eran las mismas que ahora. Y la voz que lo llamaba era familiar, desesperadamente familiar.
—Dante, ven aquí.
Una niña de cabello oscuro, ojos enormes y una sonrisa triste lo miraba, extendiéndole la mano. Su ropa era sencilla, pero había en ella una dignidad rota, un secreto que vibraba con intensidad. Ese rostro clavado en su memoria le arañó las entrañas.
—¿Quién eres? —quiso preguntarle, pero sólo pudo ahogar un suspiro ahogado.
De repente, el tiempo saltó, arrastrándolo a un comedor cálido, la luz filtrándose por las cortinas. Una mujer con un rostro severo y la mandíbula apretada le servía comida sin mirarlo. Pero cuando la vio, un dolor inconfesable le apretó la garganta.
—¿Por qué no me recuerdas? —su voz resonó con una mezcla de reproche y quebranto.
La mujer—¿su madre?—no respondió. Sólo bajó la mirada, sujetando una medalla antigua, gastada por el tiempo. Él quiso avanzar para tomarla, pero tropezó con un grito ahogado que le explotó en los oídos:
—¡No, Dante! —una voz masculina, firme y amenazante—. No toques eso jamás.
Volvió a la oscuridad con el hueso de la garganta contraído, un frío que no lograba sacudir.
En el siguiente fragmento, la habitación cambió: ahora estaba en una terraza, bajo la lluvia, mirando hacia la ciudad. Una figura masculina se recostaba, fumarola blanca escapando de sus labios. El rostro era una máscara inquebrantable, pero Dante sintió una familiaridad incómoda, una sombra que fracturaba su memoria más allá del reconocimiento.
—Todo está perdido —dijo el hombre—. Pero a veces perder es solo reaparecer.
Dante quiso replicar algo, exigir respuestas, pero la voz a su espalda lo detuvo.
—¿Realmente crees que puedes pelear contra la oscuridad que llevas dentro?
La voz era dulce y venenosa, como miel envenenada. Dante giró lentamente, y la silueta detrás de él se perfiló contra la tormenta: Lucía Montoya.
Su rostro estaba semioculto, pero los ojos brillaban con la astucia perspicaz de quien lo conoce demasiado bien.
—¿Lucía...? —Balbucio, sintiendo un temblor en la mandíbula.
Ella sonrió, esa sonrisa que había destruido imperios y dejado cicatrices indelebles en su alma.
—No todo lo que buscas está enterrado en el pasado, Dante —susurró con certeza cruel—. A veces, la verdad es un enemigo más profundo que cualquiera que hayas enfrentado.
El ruido del trueno los envolvió como un juramento roto, y en ese instante, la visión se volvió borrosa, una última imagen surgió entre la neblina de su mente: Una mano entrelazada con otra, dedos gruesos que se cerraban en un vínculo imposible, una alianza forjada en el fuego de la traición y el dolor.
La imagen tembló y se desvaneció justo cuando un grito ahogado de Dante quedó atrapado en la garganta.
Se desplomó sobre sus rodillas, apretando los puños contra el suelo frío, la piel erizada y el corazón latiendo con ferocidad inhumana.
El nombre en la pantalla parpadeó una vez más, y la pregunta ya no era un eco, sino un susurro venenoso que se filtraba entre sus huesos:
¿Lucía… fue más que una enemiga?
Un golpe seco en la puerta lo sacó bruscamente de su trance, y la sombra de la revelación quedó suspendida en el aire.
—Dante, ¿estás ahí? —una voz desconocida, urgente, desde el otro lado de la puerta.
Él no respondió. La oscuridad lo había envuelto, y el pasado rugía, listo para devorar el presente.