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Chapter 8

El mentor de la traición

Capítulo 8 El mentor de la traición

El eco de la última bala aún vibraba en el aire helado de la noche. El olor a pólvora quemada se mezclaba con el sudor frío que perlaba la frente de Dante Velásquez. Las calles grises y desiertas susurraban una amenaza sigilosa, mientras la lluvia empezaba a caer como lágrimas metálicas contra el asfalto, difuminando en charcos oscuros los destellos rojos y amarillos de los neones distantes.

Dante se dejó caer junto a la pared de ladrillos tiznados, respirando con dificultad. Un frío cortante se colaba bajo su gabardina negra, pero no era el frío de la noche lo que le mordía. Era la incertidumbre, esa cuchilla invisible clavada en su pecho que se retorcía con cada latido. ¿Cómo había sido posible? ¿Quién había jugado con las piezas del tablero manipulando su caída?

Sus dedos temblorosos buscaron entre sus ropajes el pequeño encendedor que le había regalado un viejo amigo; la llama danzó con un suspiro antes de arrojar una luz amable sobre su rostro cansado. Fue entonces cuando la sombra de la duda se hizo más densa: esa figura, ese hombre que siempre había estado a su lado —con voz pausada, consejo firme y mirada profunda—, ese mentor que lo había enseñado a sobrevivir en la jungla sin ley de la ciudad, ¿sería acaso el traidor más profundo?

Dante apretó los dientes. Su palabra, su lealtad inquebrantable hacia aquel hombre llamado Elías Robledo, se tambaleaba en un precipicio invisible.

Recordó aquellas tardes en la azotea del edificio abandonado, donde el viento arrastraba los sonidos de la ciudad como susurros predestinados. Elías leyó en su mirada más que un pupilo disidente; en sus palabras ofrecía verdades a medias y silenciaba preguntas incómodas.

—Dante —había dicho Elías una vez, con la seriedad que se reserva a las confesiones marcadas por el peligro—, en este juego, el que no observa las intenciones detrás de una sonrisa está condenado a morir dos veces. Una, cuando le disparan. Y otra, cuando pierde la confianza.

Las palabras retumbaron en su mente como un réquiem mientras contemplaba las cicatrices invisibles que le había dejado la última emboscada.

Arrastrándose contra la pared, Dante se obligó a pensar sin caer en ese torbellino de furia que amenazaba con envolverlo. Si su antiguo mentor había cruzado la línea, ¿qué motivos lo habrían empujado? ¿Orgullo, miedo, ambición? Y lo más importante: ¿en qué momento el amigo se volvió conspirador?

Los ojos de Dante se cerraron con fuerza, intentando silenciar el ruido ensordecedor que emergía de sus recuerdos. Veía la figura encapuchada en esa fatídica noche, decodificando con desesperación sus movimientos: un gesto leve, una mirada desviada, una llamada telefónica en la oscuridad del callejón.

De repente, un destello: el sonido sutil de un motor, el aroma de un cigarro quemándose lentamente, y la figura al acecho que se apartaba sin dejar rastro. Dante tuvo la sensación punzante de haber sido observado mucho antes del ataque.

El resentimiento encendió su mirada. Fue entonces cuando una idea tan perturbadora como plausible invadió su mente— y en ese pensamiento, la respiración se le cortó.

¿Y si Elías había sido el artífice de su caída? ¿Aquel hombre que le había enseñado el poder de la sombra, la paciencia del depredador, y el valor del silencio, había vendido su confianza para salvar su propia piel?

Una risa amarga se escapó de sus labios. ¿Cuánto tiempo había estado jugando con él? ¿Cuántas heridas habría provocado con dobles intenciones?

La ciudad seguía respirando su caos habitual, indiferente a la tormenta interna que carcomía a Dante desde dentro. La gabardina negra que lo envolvía parecía menguar su figura contra la luz mortecina de una farola que parpadeaba como si también dudara.

De repente, un ruido seco emergió a poca distancia, como un susurro traicionero que atravesó el silencio.

Dante giró el rostro hacia el origen del sonido. Entre la penumbra, una sombra se desdibujaba detrás de una esquina, demasiado cerca, demasiado inoportuna.

El corazón de Dante empezó a latir con violencia, mientras la duda se transformaba en una promesa cruel: esta noche, su pasado y presente estaban a punto de chocar en el filo de una revelación que podría quebrar todo lo que él creía cierto.

Con la mano posada sobre la empuñadura de su cuchillo, Dante se impulsó hacia adelante, dejando que la furia contenida y la desconfianza lo guiaran hacia esa sombra indecisa.

—¿Quién quiere jugar conmigo? —susurró, un filo de amenaza incendiando sus palabras.

Porque ahora, la pregunta no era quién lo había traicionado, sino si estaba preparado para enfrentar la verdad que podría destruirlo.

El sonido metálico de un teléfono vibrando dentro de su gabardina rompió la tensión justo cuando la figura emergió de las sombras.

La pantalla parpadeó con un nombre que Dante no supo reconocer.

Y entonces, la pregunta que lo atormentaba volvió a golpear con una fuerza brutal:

¿Fue él quien organizó la caída de Dante?