Chapter 7
Capítulo 7 Confrontación en el mercado negro
El estrépito se desvanecía mientras el humo aún flotaba en el aire. Durante unos segundos que parecieron eternos, Dante sintió el sabor metálico de la sangre estancada en su boca, y un frío helado corría por su espalda, como si la noche misma se cerrara a su alrededor en un abrazo de sombra mortal.
—¡Es ahora, Dante! —había dicho Omar, pero la voz se hundió bajo el ruido confuso de gritos, caos y pasos apresurados.
Lo último que alcanzó a vislumbrar fue la figura vélida de Lucía Montoya, desapareciendo entre las escaleras oxidadas y los cubículos de aquel mercado negro que parecía más una fractura sangrante en el corazón podrido de la ciudad.
El golpe en la puerta había sido seco, violento, un aviso, un cambio en las reglas. Ahora, la guerra estaba desatada, y Dante debía probar que aún era más que una sombra.
Una mano aferró su brazo y lo arrastró con fuerza hacia un pasillo angosto, húmedo como el interior de un ataúd. Omar, su viejo aliado, respiraba con dificultad, los ojos brillantes y tensos de una mezcla de miedo y determinación.
—Si quieres recuperar tu trono, tienes que demostrar que mandas aquí. Sin miedo. Sin dudas —musitó con voz áspera.
Dante asintió, apretando los puños para contener el peso del dolor y la rabia que le drenaban la energía. Tenía que ser rápido. La mafia local no perdona la tibieza. Y menos ahora, con la línea que dividía la supervivencia y la derrota teñida con la sangre de aquel disparo inesperado.
Al avanzar, un perfume agrio a petróleo y sudor le quemaba las fosas nasales. Los ecos de voces roncas y risas cortantes perforaban la negrura, pero él buscaba algo más: un nombre, una cara, un rival que pudiera ponerlo a prueba.
Entonces apareció él: El Chacal, un matón de segunda pero con suficiente influencia en la calle para ser temido. La mandíbula demasiado grande, cicatrices desgarradas como testamentarios de peleas pasadas, y esos ojos fríos que te mastican el alma sin piedad.
—¿Tú eres la sombra que ronda los vestigios de mi reina? —bufó el hombre, señalando el disparo que había atravesado un poste cercano, recordatorio cruel de la nueva disputa—. No tienes ni la mitad de su poder ni la mitad de su miedo.
Dante retrocedió un paso, midiendo la distancia, dejando atrás la marea de adrenalina y observando la danza del hombre, lentos pasos que buscaban controlar el espacio. No podía permitirse perder el control ahora. No podía. Su voz salió de entre dientes.
—Soy mucho más que eso, Chacal. Soy la tormenta que se va a tragar este mercado, tu pequeño imperio de barro.
El silencio pesó un instante, solo roto por la crujiente respiración del enemigo. Entonces, como un animal rabioso, Chacal se lanzó al ataque.
La lucha fue un torbellino visceral. Fuego y sudor, golpes que retumbaban en el concreto y el metal. El olor acre del cuero raspado y la sangre fresca se combinaron, mientras la pelea coreografiaba un lenguaje brutal y sin concesiones.
Dante esquivó un puñetazo que habría partido su nariz. Contraatacó con un gancho ascendente, impactando en la mandíbula del Chacal. El hombre titubeó, tosió, pero pronto volvió a la carga, desenfundando un cuchillo oxidado con el que arrebataba el aire en ráfagas cortantes.
Las pulsaciones le retumbaban en las sienes. Cada músculo quemaba en la tensión de aquel juego de vidas al borde del abismo.
Y entonces, justo cuando sus cuerpos se enredaban en un último intento desesperado, resonó un disparo.
El tiempo se congeló.
El dolor explotó kalashnikov, seco y helado, atravesando un costado del Chacal. La daga cayó al suelo, tintineando entre las sombras como un eco quebrado.
El Chacal se desplomó, una mueca de sorpresa y rabia congelada en el rostro. Dante dio un paso atrás, jadeando, sin saber si había ganado o perdido la batalla.
Detrás de un contenedor oxidado, Omar emergió, aún tembloroso pero con una sonrisa amarga.
—No sabía si llegarías a tiempo —susurró, mientras la oscuridad del mercado negro parecía tragarse la escena entera—. Pero esto es solo el principio.
Y en ese instante, el cuerpo del Chacal cayó al suelo con un golpe sordo, como una sentencia definitiva que resonaba en los corredores del inframundo.
Dante supo entonces que había cruzado un umbral. La ciudad le esperaba para cerrar cuentas antiguas y abrir heridas nuevas. Y la sombra que renacía no se detendría hasta reclamar lo que era suyo.
Pero mientras la sangre sangraba en la noche, un detalle fugaz capturó su atención: una sombra que se deslizaba por encima de los techos, una silueta que observaba, paciente y calculadora.
Porque en este juego de poder, nadie es realmente libre. Y la oscuridad, a veces, tiene ojos.
Una última bala resonó en la distancia. Y la partida apenas comenzaba.