Chapter 6
Capítulo 6 La red de espionaje de Lucía
El aire parecía volverse más denso a su alrededor, como si la oscuridad misma se hubiera espesado tras el mensaje. Dante apretó el dispositivo entre sus dedos, una gota helada rodando por su muñeca desnuda bajo la manga de la gabardina. “Cuidado, Dante”. Dos palabras que vibraban en su pecho, agitando un torbellino de desconfianza y paranoia.
El zumbido de las luces de neón atravesaba la ventana del bar, fragmentándose en reflejos erráticos sobre la mesa. Su aliento dibujaba cortinas efímeras que se disipaban rápido, comiendo el calor que intentaba aferrarse a su cuerpo, helado en un otoño que aún no llegaba a quemar.
Cada fibra en su instinto gritaba que ya no había refugios. No había esquinas sin ojos, no existía en ese momento un lugar donde sus pensamientos pudieran huir sin rastros. Lucía había extendido su red, invisible, implacable.
—¿Sabes qué es lo peor de esto? —murmuró Dante a media voz, sus ojos negros perforando la sombra en la que se sentaba su contacto, Omar—. Que no sé en qué rincón oscuro de esta ciudad sucia y podrida no hay una lengua afilada clavada en mi espalda.
Omar, un hombre bajo y robusto con cicatrices que contaban guerras calladas, se removió incómodo en su silla. Su mirada matemática no era suficiente para ahuyentar el peso latente de la amenaza.
—Ella tiene fuentes en todos lados —confesó Omar, calibrando cada palabra—. No es solo la policía, ni los políticos más visibles. Es alguien que se sienta con nosotros a esta mesa, que comparte cigarros y cervezas sin que lo notes.
Dante apretó el puño sobre la superficie rayada del bar, el cuero de los nudillos quebrado y áspero. Vibraba una urgencia distinta al peligro habitual, un conocimiento calado hasta la médula de que la traición no se concreta solo en las balas, sino en la confianza entregada ciega.
—Muéstrame —pidió—. Quiero nombres, pistas, algo que pueda deshilachar esa telaraña antes de que me deje atrapado para siempre.
Los ojos de Omar resbalaron hacia la última copa, vacía ya, y luego levantaron la mirada con un jadeo cargado de resignación.
—No puedo darte marcas claras. Pero sí una pista: alguien en tu círculo más cercano ha estado enviando información a Lucía.
Un hervor abrupto ascendió en Dante; un sudor frío invadió su frente. Se llevó un dedo al mentón, sintiendo el áspero comienzo de una barba que apenas permitía que la luz acariciara la piel. “¿Quién?” El nombre resonaba en su cabeza, se retorcía entre la rabia y la incredulidad.
—¿Cómo puedo saberlo? —preguntó con voz secamente contenida—. El tiempo es un lujo que esta ciudad no me concede.
—Hay un departamento en el ayuntamiento, el 37B —dijo Omar, recibiendo en su voz una perversa voz de certeza—. Ahí se mueve la información que Lucía necesita, y no solo eso: coordinan movimientos de lealtades, sobornos, manipulaciones.
Dante tragó en seco, sus sentidos afilados detectaban aún un leve roce de ese olor metálico a sangre fresca que impregnaba la atmósfera.
—Tengo que entrar ahí. Ya.
Su impulso fue interrumpido por un ruido seco a su espalda. La cabeza de Dante giró en un acto reflejo hacia la puerta del local. Miradas fugaces, cuerpos cubiertos por la penumbra. El instante se congeló entre ellos.
—¿Alguien nos sigue? —susurró Omar, especialmente consciente de los peligros en la urbe nocturna.
—Ya no importa —replicó Dante, mientras sus dedos buscaban, sin éxito, su pistola bajo la mesa—. La red se cierra. Nosotros solo podemos intentar no ser sus presas.
La ciudad seguía su respiración errática allá afuera, pero para Dante cada latido parecía un tambor de guerra para una batalla que se gestaba en las sombras de la política corrompida.
Subió la escalera rota hacia un ático destartalado de un edificio antiguo, las vigas crujían y el viento frío colaba un lamento quebradizo por las grietas. Allí, frente a una pantalla parpadeante y un arrume de documentos desordenados, se sentó Galo, un viejo hacker con ojos hundidos y un pasado tormentoso tan oscuro como la noche misma.
—¿Qué sabes del 37B? —preguntó Dante sin preámbulos.
Galo desplegó en la pantalla un mapa digital con capas de códigos, conexiones y perfiles, la esencia intangible de una conspiración palpable.
—Lucía no solo inunda el gobierno. Tiene un ejército dentro. Hay al menos doce nombres ligados a su red, pero te advierto: la mayoría usan máscaras. Eres un pez rodeado de redes bien tejidas.
Las palabras cayeron como fragmentos de vidrio, cortando la razón entre abismos de paranoia.
—Entonces, el enemigo no está allí afuera. Está aquí —Dante señaló la sombra difusa del sótano donde estaban, como si quisiera atravesar la niebla y desbaratar esa presencia.
—Exacto —asintió Galo—. Y cada paso que des debe ser calculado. Ellos saben que vienes por ellos.
Un estrépito rompió el silencio pesado. La puerta del ático se abrió con violencia y una ráfaga helada barrió la habitación.
—¡Se acaba el tiempo, Dante! —gritó Omar desde abajo, casi arrastrándose por la escalera—. Dos tipos entrando. Ropa negra, armas listas.
La adrenalina inyectó un fuego brutal en las venas de Dante, el instinto cazador se encendió en un parpadeo.
—No podemos huir, Galo. Toma lo que puedas y destruye cualquier rastro. Yo los enfrentaré.
Sin contemplación, Dante giró hacia la entrada, los ojos centelleando con furia y resolución.
Frente a la puerta, la oscuridad bulle con vida propia. La ciudad conspiraba para envolverlo en su espiral venenosa y él, el rey renacido, debía responder con golpes que destrozaran la red antes que ella se cerrara para siempre.
Pero la duda seguía mordiendo, implacable:
¿Quién dentro de mis cercanos está comprometido con Lucía?
La sombra de la traición se proyectaba demasiado cerca.
Un golpe seco resonó. La puerta cedió.
—¡Es ahora, Dante! —la voz de Omar atravesó el tumulto, un grito ahogado entre el caos.
Y la noche que sabía eterna se quebró en mil fragmentos de incertidumbre.