Chapter 5
Capítulo 5 Reencuentro con viejos aliados
El aire era denso, casi imposible de respirar bajo ese cielo plomizo que se cernía sobre la ciudad. Dante Velásquez sintió la vibración oscura en su piel, una marea creciente que luchaba por romper sus ataduras internas. La sombra que lo consumía danzaba como un látigo invisible, acariciando sus nervios con frío y fuego a la vez.
Con la mandíbula apretada hasta que los músculos dolieron, bajó la vista hacia sus manos. La piel le sabía distinta, más gruesa, casi como si bajo ellas latiera un pulso siniestro, un latido propio e implacable. En el resplandor tenue de un farol parpadeante, sus ojos ennegrecidos se clavaron en la calle desierta.
No podía darse el lujo de perder tiempo. Nada ni nadie le devolvería el imperio que había perdido sin una lucha despiadada.
Era hora de reunir a los suyos.
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El primer nombre apareció sin esfuerzo alguno en su mente: Raúl “El Halcón” Mendoza. Para Dante, Raúl no solo había sido su lugarteniente más cercano, sino el hombre que conocía los rincones más escurridizos del submundo mejor que nadie.
Sabía dónde encontrarlo. Una cantina en el barrio viejo, un antro sucio donde la música era demasiado alta y las miradas aún más afiladas. El repiqueteo de la lluvia contra las ventanas de neón hacía del lugar un refugio entre sombras.
Dante entró sin anunciarse, y el ambiente cambió. Los murmullos cesaron, los vasos se alzaron en un silencio contenido. Raúl, con sus ojos de halcón auténtico y una cicatriz que le cruzaba la mejilla, no suspendió su sorbo de tequila, pero sonrió con una mezcla de reconocimiento y sorpresa.
—No esperaba verte tan pronto —dijo Raúl, voz rasposa, marcada por años de humo y pólvora—. Creí que te habías esfumado para siempre, Dante.
—No soy fácil de olvidar —respondió él, la sombra chispeando como electricidad tras sus palabras—. Vengo a decirte que la guerra no ha terminado.
Raúl ladeó la cabeza, evaluando un peligro que ya sabía latente.
—¿Vienes a que tome partido de nuevo?
—Más que eso. Necesito que recuperemos el territorio perdido, y para eso, necesito a todos los viejos soldados.
Los ojos de Raúl se estrecharon brevemente. —Sabes que no es tan simple. Las cosas cambiaron, Dante.
—Nada cambia si no las hacemos cambiar —replicó Dante, clavando la mirada—. Estoy listo para lo que venga.
El silencio cayó entre ellos como una losa, hasta que Raúl asintió, lento, decidido.
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Afuera, la lluvia se intensificó, y Dante sintió cómo la sombra crecía dentro, un murmullo constante que le prometía poder y destrucción en la misma medida.
El siguiente en la lista era Clara “La Serpiente” Vargas, experta en infiltración y una de las pocas que había permanecido leal pese a la caída del imperio.
La encontró en un laboratorio clandestino, un lugar cubierto de tubos y frascos extraños, el olor acre de químicos impregnando el ambiente.
Clara ni siquiera levantó la vista cuando él apareció, sus dedos moviéndose con precisión fuera de toda emoción.
—No esperaba que el Rey resucitara tan pronto —susurró, sacando una aguja con líquido oscuro.
—Los muertos despiertan. Y en mi caso, no para pedir perdón —Dante se acercó, la sombra palpando alrededor como famélica.
—¿Y qué quieres?
—Que vuelvas conmigo.
Clara sonrió, una sonrisa afilada como un puñal.
—¿Para qué? ¿Para revivir fantasmas? Todos seguimos con nuestras vidas, Dante.
—La ciudad se siente fría sin nosotros. Y créeme, ella no perdonará que la abandonemos.
Ella lo miró fijamente, un combate sin palabras. Finalmente, asintió.
“No hay victoria sin riesgo”, pareció decir.
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Las viejas conexiones se reavivaban, pero no sin fisuras invisibles.
Dante llamó a Ángel “El Lobo” Romero la siguiente noche, en un taller de autos donde las luces fluorescentes dibujaban sombras extrañas en sus rostros curtidos.
Ángel se inclinó sobre un motor, pero al verlo, se enderezó.
—Creí que estabas muerto.
Dante no respondió esa vez. Miró a su alrededor, todo le resultaba demasiado familiar y, a la vez, extrañamente ajeno.
Sin embargo, lo que Ángel dijo a continuación heló la sangre de Dante:
—Tu regreso no es bienvenido por todos. Hay quienes creen que debiste quedarte muerto.
La arena comenzó a moverse bajo sus pies. Esa frase llevaba puñales ocultos.
—¿Quién?
Ángel negó con la cabeza. —No puedo decirlo aún. Pero tienes que tener cuidado.
La sombra en el corazón de Dante se agitó, feroz. La traición había estado más cerca de lo que quiso admitir.
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Dante caminaba por una azotea solitaria, el viento doblando la oscuridad como un manto sobre sus hombros. La ciudad se extendía bajo sus pies, un monstruo dormido que despertaría pronto.
Una inquietud nueva le erizaba la piel: uno de sus antiguos aliados no compartía sus objetivos. Razonaba con motivos medios ocultos, y esa ambigüedad podía ser mucho más peligrosa que cualquier enemigo frontal.
De repente, el sonido de un móvil vibrando cortó el silencio. Dante descorrió la sombra de su gabardina y sacó el dispositivo del bolsillo: un mensaje sin remitente que solo contenía dos palabras.
“Cuidado, Dante.”
El frío se incrustó en su nuca.
Y entonces supo que la verdadera batalla apenas comenzaba.