Chapter 4
Capítulo 4: El susurro del fragmento prohibido
El silencio se había quebrado en el instante en que el último eco del mensaje cifrado se desvaneció en el aire denso de aquel callejón olvidado. Dante se quedó inmóvil, con la mirada fija en el tenue resplandor del teléfono que aún temblaba en su mano. Sus dedos, antes firmes, temblaban ahora como hojas secas agitadas por un viento inquieto. La piel se le erizaba y, en el fondo del pecho, un latido áspero le arañaba las costillas, su ritmo desenfrenado y errático.
No pudo evitar un estremecimiento profundo, como si dentro suyo algo prohibido acabara de despertar y se retorciera hambriento.
—¿Qué demonios…? —musitó, la voz ronca y áspera, casi un suspiro quebrado—. ¿Qué clase de juego es éste?
Sus pasos fueron torpes al iniciar la marcha, como si la noche hubiese decidido doblar su gravedad. La ciudad seguía aullando en la distancia: coches acelerando, sirenas fragmentadas, voces que aullaban secretos en el viento contaminado. Pero a Dante todo eso le llegaba amortiguado, como a través de un velo espeso que separaba su realidad de la nueva tormenta que bullía en su interior.
Cada vez que intentaba respirar con normalidad, una sombra sutil se ataba en su garganta. No era solo miedo: era algo mucho más oscuro.
Sus pupilas se dilataron al sentir el frío viscoso del poder reptar bajo su piel. Era un murmullo, apenas audible, que crecía como el aullido de un lobo hambriento dentro de su cabeza. Un susurro que susurraba secretos encantados, promesas de fuerza… y maldición.
Dante se detuvo en seco, apoyado contra un muro escurridizo, mientras el sudor helado le resbalaba por la nuca. Cerró los ojos con fuerza. Eso no era normal. Su mente batallaba con fragmentos desordenados, visiones fugaces de sombras que se alargaban por todas partes, engullendo todo, incluso a él.
—Maldita sea —gruñó, agarrándose la cabeza—. ¿Qué mierda es esto?
Su cuerpo se tensó, como un arco a punto de disparar. Notó entonces el primer espasmo: una sensación punzante detrás de su ojo izquierdo, seguida de una ráfaga eléctrica que le quemó la sien. Abrió los ojos y el mundo pareció oscilar, deformarse, como si las paredes se inclinieran hacia él en una danza macabra.
Los sonidos cotidianos se distorsionaron. La risa de una pareja en la tienda de la esquina se transformó en un susurro fantasmal que repetía una frase: “Ven a mí, renace en la oscuridad”.
Dante se aferró al bordillo de un contenedor de basura. Sus uñas se clavaron con fuerza en la corteza metálica, dejando surcos profundos. Sabía lo que estaba pasando. Su poder oscuro, aquel fragmento prohibido que le había legado la traición y la resurrección, comenzaba a cobrar vida propia.
—No… no puedo perder el control —jadeó, la voz rota—. No otra vez.
Los primeros movimientos de aquel poder casi imperceptible se contaban en micras de realidad alucinada, pero con fuerza devastadora. La sombra que Dante creía dominar, ahora mordía los extremos de su voluntad. Sus pensamientos se enredaban en ecos caóticos, en escenas rápidas que no reconocía: visiones de escenarios oscuros, de seres que lo llamaban por un nombre ancestral, de una daga ensangrentada que nunca sostenía.
Él sabía que aquello no era solo un malestar pasajero. Era un indicio de que la línea entre ‘Dante’ y ‘Sombra’ se estaba desgarrando.
Un ruido seco le desplazó hacia la realidad. Una figura encapuchada apareció a pocos metros, como emergida de las mismas sombras que contagiaban sus venas. Pero no había tiempo para parpadear: el cuerpo de Dante reaccionó solo, el instinto lo hizo levantar un puño que atravesó el aire sin llegar a tocar nada.
La figura desapareció con un eco hueco.
—¿Fantasma? —musitó Dante, el corazón palpitando desbocado—. Esto se vuelve un infierno.
Avanzó, tambaleándose, al tiempo que el murmullo en su mente crecía. No podía recordar el final de su última pelea, pero sí tenía presente la mezcla amarga de poder y agonía que lo volvió un muerto en vida.
Respiraba con dificultad. A cada inhalación, la oscuridad susurraba más fuerte. La ciudad, ese infierno despiadado que Lucía Montoya controlaba con mano de hierro, ahora se sentía como una prisión más pequeña y claustrofóbica.
Dante se recorrió la mejilla con la yema de los dedos. Había manchado su piel con un rastro negro, como si la sombra misma le marcara un destino funesto.
La pregunta retumbaba, brutal, en el fondo de su pecho:
¿Era él quien dominaba ese poder oscuro… o era ese poder el que lo dominaba a él?
La respuesta le llegó en un pensamiento fugaz y helado, como un puñal enterrándose en su alma:
—Si pierdo esto, no me quedará nada.
Un escalofrío recorrió su espalda. La línea entre la venganza y la autodestrucción se había vuelto tan tenue como el susurro que ahora lo envolvía.
Entonces, de la nada, un sonido seco y contundente rompió la tensión: un disparo.
—¿Quién dijo que la noche era para descansar?
Dante giró el rostro justo a tiempo para ver cómo un destello proveniente de un callejón cercano iluminaba la oscuridad, seguido por una sombra que se lanzaba directa hacia él. La energía oscura vibraba en su piel, poderosa y desconocida, lista para devorar o salvar.
El nuevo capítulo de su batalla apenas comenzaba.
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¿Controlaría Dante la sombra que lo consume… o será su sombra la que consume a Dante?