NoveliqaRenacido como Sombra del Imperio / Una alianza frágil :0%
Log in

Chapter 16

Una alianza frágil

Capítulo 16 Una alianza frágil

El eco del golpe seco aún vibraba en el aire, como un presagio. Dante giró con la velocidad de un depredador al escuchar el cuerpo caer. La figura que había osado sorprenderlo yacería en el suelo, inmóvil. Pero no había tiempo para reflexionar; el aroma metálico de la sangre fresca se infiltraba en sus sentidos, recordándole la fragilidad del momento.

Sus ojos, oscuros como el abismo, buscaban entre las sombras de aquel callejón invisible a los enemigos que acechaban. Pero la única presencia eran sus propios latidos, acelerados y acompasados por un frío que viajaba desde sus entrañas hasta sus extremidades. La traición era un veneno que corría en sus venas; ahora solo quedaba decidir cómo usarlo.

—¿Quién envía a su mensajero con las manos manchadas? —musitó en voz baja, mientras se agachaba junto al cuerpo. La luz mortecina de un farol solo le permitía distinguir que era un hombre con tatuajes enredados y piel curtida, sin ninguna insignia clara.

Un mensaje. Una oferta. El acero brilló un instante entre los dedos de Dante y, con cuidado, sacó el papel arrugado adherido a la camisa del caído.

"Si buscas tumbar a Lucía, nosotros también tenemos cuentas pendientes. Reunámonos en ‘El Refugio’, al filo de la medianoche. — M"

La letra era tosca, pero firme. M. Esa letra resonaba en su memoria como una campana fúnebre. El nombre del capo rival: Marcos “El Mudo”. Un hombre que mantenía el control de la mitad oriental de la ciudad, alguien que podía inclinar al equilibrio a favor o en contra.

Se puso de pie de un salto, limpiándose las manos con la manga de la chaqueta. La noche parecía cerrarse aún más sobre él, mientras una fuerza invisible le atravesaba los huesos, un presentimiento de que esa invitación era una cuerda floja entre la vida y la muerte.

*

El reloj del bar clandestino marcaba las doce en punto: “El Refugio”, un antro entre ruinas negras y grafitis desgastados por el tiempo. La música industrial apenas disimulaba el crujido de las vigas, un lugar donde se negociaban secretos con sordina.

Dante entró arrastrando una sombra que parecía haberse convertido en su piel. La luz de neón proyectaba reflejos azules en su rostro marcado por cicatrices invisibles pero profundas. En una mesa reclinada, una figura esperaba, con las manos entrelazadas y un cigarrillo consumiéndose entre sus labios apretados: Marcos.

—Nunca pensé que tú aceptarías esta invitación —dijo Marcos sin levantar la voz, pero con una sonrisa que olía a pólvora encendida.

—Uno aprende a no despreciar la compañía del enemigo, sobre todo cuando las balas vuelan más rápido en soledad —respondió Dante, su mirada fría pero tomada por un fuego apenas contenido.

Los dos hombres se estudiaron, entre la distancia y la tensión. La alianza era un taburete con tres patas: fragilidad, circunstancias y desconfianza.

—Lucía Montoya ha crecido mucho desde la última vez. Su red se extiende como raíz venenosa, pero no es impenetrable. —Marcos exhaló humo, los ojos destellando con un cálculo feroz—. Tengo hombres infiltrados en sus filas. Pero necesito un golpe contundente, algo que la desestabilice.

—Eso es exactamente lo que busco. Acabar con ella para no despertar cenizas que me consuman —Dante hizo una pausa, enfatizando la oscura verdad que llevaba consigo—. Pero necesito garantías de que no estás jugando a tu propio juego en esta mesa.

—Las garantías son para los débiles —replicó Marcos con una sonrisa ladeada—, pero aquí hay algo que te puedo ofrecer y que no encontrarás en ningún otro lado: información fresca sobre sus movimientos esta semana.

Un silencio pesado colgó entre ellos. Las palabras no eran aire; eran balas invisibles apuntando a sus corazones.

Dante finalmente asintió, abriendo la puerta a la alianza sin decirlo en voz alta.

—Entonces, toca bailar en el filo de la navaja.

—Exacto —afirmó Marcos—. Pero no olvides, Rey del Inframundo, que hasta el filo más cortante puede abrir heridas que nunca sanan.

La conversación se detuvo abruptamente cuando un estallido rompió la calma. Una ventana cercana explotó y un proyectil silbó en el aire, atravesando la mesa con un estrépito ensordecedor.

Ambos hombres se agacharon en un reflejo sincronizado. La luz parpadeaba por el impacto, y la sala se llenó del olor acre de la pólvora quemada.

—¡Un intento de asesinato! —escupió Marcos, sus ojos buscando la sombra entre la multitud del Refugio que ahora huía presa del pánico.

Dante frenó la respiración atrapando cada detalle: la fracción mínima del perfil del atacante, el taco de la pistola, el brillo fugaz de un reloj en la muñeca. Un rostro conocido.

—No podemos quedarnos aquí —dijo Dante levantándose, la oscuridad reconfigurando su expresión en una máscara de furia contenida—. Esto no es un simple disparo; esto es un mensaje.

Marcos lo miró con gravedad, comprendiendo que el juego había cambiado.

—Lucía no quiere solo derrotarte… quiere verte caer en pedazos.

Ambos hombres se levantaron, conscientes de que la alianza naciente podía romperse en cualquier momento, como cristal bajo presión. —¿Quién lo envió? —preguntó Dante, casi sin voz, entre el eco de los gritos y el estrépito.

Marcos negó con la cabeza.

—Aún no lo sé, pero eso... eso era demasiado personal para ser cualquiera.

El silencio en el bar caía como una losa sobre ellos.

En ese momento, una figura oscura se deslizó entre los escombros hacia la salida, desapareciendo en la noche como un susurro mortal.

Dante apretó los puños, sintiendo el veneno del secreto oscuro en lo más profundo. El peligro los acechaba más cerca y la traición volvía a llamar a la puerta.

El rugido de la ciudad parecía arrancarse en el exterior.

—Esto apenas comienza —murmuró Dante, mientras ambos salían en busca de respuestas, sabiendo que cualquier paso en falso podría ser el último.

Y en la penumbra, la granja de sombras respiraba y cundía su oscuro plan.

---

FIN DEL CAPÍTULO