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Chapter 15

Traiciones que tiemblan la ciudad

Capítulo 15 — Traiciones que tiemblan la ciudad

La oscuridad engulló la habitación con un siseo casi palpable, un manto negro que caía sobre Dante como la sentencia misma de su caída... pero él no se rindió. Respiró profundo, aspirando ese hedor mezquino que quedaba tras el último enfrentamiento con Lucía Montoya. El sabor era amargo, como cenizas y hielo derretido.

Su cuerpo se desplomó sobre la mesa carcomida, temblando no por el cansancio, sino por una tormenta interna que no cesaba. Los músculos rígidos, como cuerdas de acero tenso, una mandíbula apretada que apenas liberaba un jadeo corrosivo. La tenue luz parpadeante del sótano donde se ocultaba ahora revelaba su rostro, una máscara desfigurada por la ira contenida y los secretos que lo consumían.

“Ella juega con fuego… y yo aún ardo en mis cenizas.”

Su mente rebobinaba fragmentos, rostros, nombres, cadenas invisibles. Aquellas señales que la red de traidores había dejado, sombras dentro de sombras. Ese puñal por pura traición había sido solo la punta de un iceberg podrido.

Con un respingo, Dante sacudió la cabeza, apartando aquella nebulosa. Ya no había lugar para el lamento ni para la duda. Tenía que encontrarlos. Tenía que quemar sus cimientos antes de que la ciudad se desmoronara definitivamente… o antes de que él mismo se perdiera en la sombra que empezaba a devorarlo desde adentro.

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La ciudad parecía respirar en un ritmo frenético bajo sus pies. Calles resquebrajadas, luces neón parpadeantes, el eco de tacones en charcos mezclado con el sordo rugido de motores que tomaban cada rincón.

Dante descendió a uno de los puntos neurálgicos de su imperio falaz, un bar de mala muerte llamado El Cuervo Carmesí, un nido de pájaros oscuros y voces afiladas. Allí, la traición había germinado envuelta en susurros.

El lugar olía a whisky barato, sudor y secretos que se vendían al mejor postor. Al entrar, la mirada de Dante cortó el aire, partiendo caras ajenas, despertando miedos disfrazados de indiferencia.

—Velasquez —farfulló un tipo enjuto desde la barra, con un brillo vidrioso en los ojos—. No pensaba que volvieras tan rápido... ni tan vivo.

Dante no respondió. Buscaba, olfateaba la verdad enterrada en murmullos. Cada mirada evitaba la suya, porque el miedo hacía temblar corazones tan crueles como ellos.

Una mujer al fondo, rostro cubierto por una cadena de sombras danzantes, sacudió la cabeza lentamente. Él supo que la red estaba ahí, acechando entre botellas rotas y cigarrillos apagados.

—¿Dónde están? —susurró con dureza—. Los necesito. Ahora.

El silencio se hizo espeso como plomo. Pero entonces, una voz se alzó, baja y afilada:

—Si buscas a los traidores, buscas donde no debes.

Un hombre emergió de las sombras, su porte elegante y seguro contrastaba con aquel tugurio. Tenía el rostro marcado por cicatrices finas, pero sus ojos eran la trampa mortal.

—Soy Iván Cortés —dijo con voz neutra, apoyándose contra la pared—. Y tengo una propuesta para ti, Dante.

Dante frunció el ceño. El nombre le erizó la piel. Iván había sido un soldado fiel de su imperio caído… o al menos eso creyó.

—Habla rápido, Iván. No tengo tiempo para juegos.

Iván sonrió sin alegría, un gesto oscuro que era una promesa disfrazada.

—La red de traidores que derribó tu reino... está mucho más cerca de lo que imaginas. Y ese secreto que te consume, el que crees que te está matando desde dentro... también es parte del juego.

Dante dio un paso hacia él, su voz bajó a un filo cortante:

—¿Estás diciendo que uno de ellos está aquí, en la ciudad? ¿Que alguien de los nuestros me apuñaló por la espalda?

—Exacto —replicó Iván—. Y no solo eso. Lucía Montoya... ella no juega solo para mantener el control. Ella juega para destruirte, para absorber tu sombra y convertirla en su propio poder.

Un estremecimiento cruzó el cuerpo de Dante, no de miedo, sino del frío acero de una certeza cruel.

—¿Dónde está ese traidor? —presionó—. Quiero verlo, quiero buscarlo y cortarle las alas.

Iván apartó la vista un instante, el silencio se tragó sus palabras, y luego pronunció, lento y frío:

—No podrás verlo venir. Está más cerca de ti de lo que imaginas. Incluso podría estar hablando contigo ahora mismo.

Dante sintió cómo su piel se erizaba bajo el peso del veneno disfrazado de amenaza. ¿Era una advertencia o un desafío?

—Entonces me mostrarás el camino, ¿o sólo viniste a jugar a la sombra? —dijo, reto en cada palabra.

Iván alzó una ceja, su sonrisa se quebró en algo perverso, y deslizó una pequeña llave oxidada encima de la barra.

—Esta es la entrada a un lugar donde la verdad no muere. Pero ten cuidado, rey. Porque en ese sitio, podrías perder más que el poder.

Dante cogió la llave sin apartar la mirada de Iván, sintiendo el hielo recorrerle la columna.

Un golpe seco resonó fuera del bar. Ambos giraron la cabeza al unísono.

La puerta tembló con un impacto. Algo se acababa de desatar.

Y en ese instante, Dante supo que la guerra no sólo era contra Lucía, sino contra todos los espacios oscuros donde la traición se escondía, agazapada, lista para morder.

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Un susurro, tan bajo que casi fue un viento intentando hablar en la tormenta.

“¿Quién es el verdadero traidor?”

Dante apretó la llave en su mano hasta que los nudillos se tornaron blancos.

Mientras la silueta de Iván se desvanecía entre penumbras, aquel nombre resonó en su mente, una campana de advertencia que hacía temblar la ciudad entera.

Porque no sólo se trataba de recuperar un imperio. Se trataba de descubrir cuánto de él había quedado intacto, y cuánto ya era parte de la sombra que trataba de devorarlo.

Y entonces... un sonido sordo detrás de él.

Un traidor se aproximaba. Con una oferta inesperada.

Y Dante se preguntó: ¿sería salvación... o condena?

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FIN DEL CAPÍTULO