Chapter 12
Capítulo 12 El precio oculto del fragmento
La ciudad le escupía su ruido, su hedor a perro rabioso y a acero quemado, pero para Dante Velásquez todo se había vuelto un murmullo distante, un fondo ilegible detrás del estrépito de su propio cuerpo. Sus manos temblaban, dedos encallecidos enrollados en un gesto a medio hacer que nada podía sellar. La traición le quemaba la nuca como un alambre candente, y sin embargo, la sangre en sus venas gritaba algo más punzante: la oscuridad que había desatado desde aquel fragmento prohibido le devoraba desde adentro.
Se desplomó contra la pared desconchada de un callejón angosto, losetas frías arañándole la espalda, y la respiración se le volvió un animal atrapado enjaulado, agitado, fragmentado. La luz titilante del neón atravesaba la neblina, dibujando sombras que parecían susurrarle secretos que no quería oír, recordatorios de la deuda macabra con ese poder que ya no le pertenecía.
—¿Para qué me diste esto? —las palabras escaparon entre un susurro ahogado—. ¿Para qué condenarme a sentirme morir en vida?
Sus ojos, hundidos y rugosos de rabia y miedo, se cerraron instintivamente. Un torbellino de imágenes se arremolinó en su mente: aquella noche donde le robaron todo, la caída en picado hacia la nada, y ahora, este fragmento oscuro, brillando bajo la piel con un latido propio, arrastrándolo hacia un abismo que no terminaba.
Sintió un pulso fúnebre que se extendía de su pecho hacia los extremos de sus dedos. El fragmento –una piedra negra, irregular, que jamás se atrevió a mostrar salvo cuando estuviese solo– irradiaba un frío antinatural que apagaba la poca fuerza que le quedaba. Cada latido era un rastro de veneno, un goteo de desesperación.
Con un esfuerzo casi suicida, trató de incorporarse, apoyándose con una mano en la pared. Su cuerpo se negó; la fuerza se despidió con cruel indiferencia. El sudor helado resbaló por su frente y el pulso del pecado prohibido marcaba un tambor estruendoso en sus sienes, ese tambor que le advertía que cada uso era un paso hacia la locura.
El recuerdo de aquella mujer —Lucía Montoya, reina de la ciudad y su peor enemiga— apareció con implacable nitidez. Su risa fría, esa sonrisa de serpiente que le promise dominación total o muerte. El tipo de persona que podía sobrevivir a cualquier ruina, seleccionando piezas hasta levantar un imperio a partir del polvo. Él, en cambio, estaba al borde de deshacerse, a merced de un poder que no supo contener.
Un ruido seco a lo lejos le trajo de regreso. Pasos apresurados, de alguien que no esperaba encontrarlo allí, débil y sin defensa. El corazón de Dante gritó en protesta y se contraía el pecho ante el odio y la vulnerabilidad.
“No puedes caer ahora”, masculló entre dientes, con la voz rasgada y quebrada, infundiéndose a sí mismo un coraje doloroso. Sabía que a pesar del dolor, de la sombra que crecía bajo su piel, debía sostenerse. La pieza fragmentada, su legado manchado, tenía un precio que aún no estaba listo para pagar... y por eso se aferraba a la última chispa de voluntad que le quedaba.
Los minutos se transformaron en una eternidad de lucha silenciosa. Sufría una batalla interna donde cada aliento herido arrastraba un segundo más cerca del colapso total.
De repente, el fragmento palpitó con una fuerza ajena, una urgencia que lo paralizó. Era como si aquel maldito objeto tuviese vida propia, y exigiera algo que Dante aún no podía comprender.
¿Hasta dónde podría seguir? ¿Cuánto más resistiría ese cuerpo traidor sin doblegarse?
El eco de su propia respiración, entrecortada y febril, fue el único acompañante en esa noche podrida.
Y mientras la ciudad—ajena al drama que se libraba entre sombras—seguía su frenético pulso, Dante cerró los ojos con la oscura certeza de que pronto tendría que decidir: ceder al abismo o luchar por ese último fragmento de cordura que quedaba en su alma destrozada.
¿Cuánto más podrá soportar sin perder la cordura?
Un silencio opresivo fue interrumpido por un sonido lejano, extraño, que retumbó en la desolación de las calles. El preludio de una tormenta que estaba por estallar... y que arrastraría consigo todo el imperio de sombras que Dante había jurado reclamar.