Chapter 11
Capítulo 11 La sombra de un viejo amigo
La bala cortó el silencio como un grito ahogado. El aire vibró en torno a Dante mientras la lluvia comenzaba a caer con furia, empañando el frío metal y mezclando el olor a pólvora con el barro amargo de las calles.
Pero la muerte no se posó en él. En lugar de eso, sintió una presión brutal en el costado, una fuerza que lo envolvió, tirando con violencia hacia atrás. El mundo giró en un torbellino gris, colores y sonidos confusos. Un rostro emergió entre la tormenta: un hombre, cubierto por una capa negra, un brillo extraño en los ojos.
—Vamos —la voz era grave, áspera—, no tienes tiempo para caer ahora.
Dante reaccionó con una mezcla confusa de miedo y alivio. ¿Quién...?
El tacto de aquel salvador fue firme, guiándolo con urgencia. Las calles se convirtieron en un laberinto oscuro, entre callejones que apenas dejaban pasar la luz mortecina de los faroles parpadeantes. La lluvia golpeaba sin tregua en sus rostros, pero ninguna gota parecía apagar el fuego tenso que le quemaba las entrañas.
El hombre, sin miramientos, lo ocultó en un rincón protegido bajo un balcón desvencijado. El murmullo del asfalto chorreando, el retumbar distante de sirenas y el runrún opaco de la ciudad eran la única banda sonora que acompañaba la respiración jadeante de Dante.
—Maldita sea… —jadeó Dante, tocando donde sintió el impacto—. ¿Qué... quién eres?
El hombre bajó la capucha, dejando al descubierto un rostro marcado por los años y la vida dura, pero con una chispa inconfundible de familiaridad. Los ojos oscuros, cansados pero intensos, se fijaron en Dante con una mezcla de respeto y urgencia.
—¿No me reconoces? —preguntó, una sombra de sonrisa incrustada en sus labios—. Soy Álvaro.
Dante parpadeó, dejando que la memoria le devolviera momentos lejanos, fragmentos borroneados de un pasado tatuado con sangre y lealtad. Álvaro, la mano que una vez sostenía la suya en la oscuridad, el único hombre en quien confió sin reservas... hasta que todo se rompió.
—¿Álvaro? —la voz de Dante sonó entre cortada, como si el peso del nombre fuera a lastimarlo de nuevo—. Pensé... estaba muerto.
El viejo amigo asintió con lentitud.
—Lo aparenté, para salir de la mira de Lucía y sus traidores. Pero no estoy aquí para recuerdos enterrados... necesito que escuches.
Una corriente eléctrica empezó a recorrer la columna de Dante. La sombra del pasado se mezclaba con la amenaza futura. Álvaro recorrió el bolsillo interno de su abrigo y sacó una hoja arrugada, manchada de tinta borrosa.
—Esto —dijo, alargando el papel— es la clave. No solo tienes enemigos en las calles, Dante. Lucía ha cavado más hondo. Hay una traición que ni siquiera tú has visto venir.
Dante se inclinó, el peso del documento hundiendo sus dedos contra la tela mojada de su chaqueta. El contenido comenzaba a quemarle la piel con cada palabra leída: nombres, fechas, lugares donde conspiraciones se habían gestado en la oscuridad, dónde ramas del poder corrupto se entrelazaban para apuñalar desde dentro.
—Esto cambia todo —susurró, cerrando el puño—. ¿Cuál es el plan?
Álvaro bajó la voz, acercándose tanto que el aliento frío le rozó la mejilla.
—Tú no solo eres el rey del inframundo renacido, Dante. Eres la pieza que pueden sacrificar para mantener el tablero intacto. Esta traición... no es solo contra ti. Es contra todos los que aún creemos en otra forma de justicia.
Una ráfaga de viento levantó la hoja, y Dante tuvo que agarrarla con fuerza para que no volara. Sus ojos se desplazaban acelerados, buscando el detonante que derribaría fortalezas invisibles.
—¿Quién más está involucrado? —su voz se quebró un instante, entre la ira contenida y el cansancio de años luchando contra la marea.
—Algunos que creías hermanos... y otros que ni siquiera sospechas. Es una red más grande que la ciudad misma, ligada a la policía, a los políticos, e incluso a algunos mercenarios que alguna vez trabajaron para ti.
El piso bajo sus pies parecía desmoronarse. La lluvia no cesaba, y sus gotas se mezclaban con las primeras lágrimas reprimidas. Pero no había lugar para la derrota.
—Entonces debemos golpear primero —dijo Dante con la voz que volvía a recoger la tormenta en su interior—. Recuperar el control de las calles y desenterrar cada mentira. Y esta vez, no dejaré que nada ni nadie me traicione.
Álvaro asintió, sacando un arma pequeña y deslizándola en la mano de Dante.
—Otros golpes están en marcha, él la voz de la traición se mueve rápido. Pero aún podemos adelantarnos... si actúas con inteligencia y velocidad.
La sombra del viejo amigo se profundizaba, pero también su salvación. Sin embargo, una frase quedó suspendida en el frío aire, martillando en la mente de Dante como un augurio.
—Solo ten cuidado —advirtió Álvaro—. Porque quienes mueven los hilos en esta ciudad... están dispuestos a quemarla entera antes que perderlo todo. Y tú eres la llama.
Un estruendo distante anunció la cercanía de un peligro inminente. Unos pasos retumbando, rígidos y decididos, se acercaban por la calle húmeda.
Dante se apretó contra la pared, la hoja temblando entre sus dedos. El silencio entre ambos se hizo insoportable.
—¿Quién viene? —preguntó, la mano sobre la pistola.
Álvaro frunció el ceño, la tensión arrugando su frente.
—No lo sé. Pero no es para saludarnos.
La luz parpadeante del farol se apagó justo en ese instante, sumiendo todo en una sombra más profunda que la noche misma.
El peligro se cerraba en torno a ellos, y la verdad a punto estaba de estallar.
—Prepárate, Dante —susurró Álvaro—. La guerra comienza ahora.
Un golpe seco resonó contra la madera al final del callejón, seguido por un suspiro que no era humano.
Y entonces, desde la penumbra, una voz emergió con frío absoluto.
—Pensaste que podrías jugar sin ser descubierto... pero la suma de tus sombras está a punto de desaparecer.
Dante sintió cómo el mundo se estrechaba, el filo invisible de la traición recorriéndole la nuca.
Y en ese instante supo que esta noche sería el último respiro antes del abismo.