NoveliqaRenacido como Sombra del Imperio / La primera misión arriesgada :0%
Log in

Chapter 10

La primera misión arriesgada

Capítulo 10 La primera misión arriesgada

La voz atravesó la penumbra como un puñal frío. Dante Velásquez permaneció inmóvil, el aliento suspendido, los oídos atentos al silencio que le respondió. El aire en la habitación se volvió denso, casi palpable, una mezcla espesa de miedo, rabia y calculada paciencia.

Cada músculo en su cuerpo estaba tenso, el frío de la noche entrando por la rendija de la ventana, rozando su piel con la crudeza de la soledad que lo había perseguido. Sus dedos temblorosos rozaron el filo de un pequeño cuchillo escondido bajo la chaqueta. Nada más. La puerta se mantuvo cerrada, un muro invisible entre él y la voz insistente.

—Dante, soy Elena —replicó la voz, esta vez con un tinte de urgencia que rompía la distancia—. Tenemos que irnos. Ahora.

Las pupilas de Dante se entrecerraron, y el eco de un pasado doloroso golpeó contra su pecho. Elena. La única que había osado cruzar la línea de su aislamiento desde que renació en las calles. Su mente se agolpó en recuerdos cortos, fugaces, casi rotos, pero en sus ojos ardía la verdad de una alianza que podía ser la redención o la condena.

Él no contestó, pero se levantó despacio, el crujido de la madera debajo de sus botas resonando como un presagio. El silencio no era aliado; era una trampa. Ajustó la capucha, dejando que las sombras absorbieran su figura mientras avanzaba hacia la puerta.

Una ventisca deslizó un susurro entre las calles desiertas, cargada con el olor palpitante a gasolina y miedo. Afuera, la ciudad respiraba con dificultad, sus luces parpadeantes y su caos latente un recordatorio brutal de la guerra que estaba por comenzar.

—Tenemos un punto estratégico que recuperar —susurró Elena al abrir la puerta con cautela—, barrio La Escarcha. Lucía lo controla, y sin ese bastión, nuestro movimiento se desmorona.

Dante asintió sin palabras, la mandíbula apretada como si mordiera su propia ira para no estallarla en gritos. El plan era tan delicado como una cuerda floja al viento: entrar, tomar el control del arsenal clandestino que allí se escondía y salir antes de que la policía o los mercenarios de Lucía intervinieran.

La noche los devoró sin piedad. Cada sombra, cada paso, era un eco de una guerra invisible. Dante sintió como el peso de siglos caía sobre sus hombros, trayendo consigo el susurro infernal de aquel oscuro secreto que amenazaba con devorarlo desde dentro.

Cuando llegaron a La Escarcha, el barrio parecía una fortaleza a punto de rendirse. Las calles estrechas y sus casas derruidas estaban salpicadas de graffitis que gritaban rebeldía y desesperanza. Los ojos ocultos tras las ventanas los miraban con temor y esperanza, dos sentimientos que se mezclaban en una danza peligrosa.

Elena señaló una entrada lateral, un callejón embarrado donde las sombras eran más densas. —Por aquí —murmuró—. El guardia cambia turno en cinco minutos. Será nuestra ventana.

Dante deslizó la mano hacia su arma, pero la detuvo cuando vio en el rostro de Elena la mezcla perfecta de determinación y miedo. Algo se movía más allá de esos muros, algo que ni ellos habían previsto.

Avanzaron con cautela, el golpe de cada paso resonando como un latido roto. La tensión creció hasta tornarse insoportable cuando, de repente, un crujido seco los detuvo en seco.

—¿Quién anda ahí? —una voz grave rompió la oscuridad, seguida del destello frío de un arma apuntando hacia ellos.

El pulso de Dante se disparó, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Pero no fue Elena quien habló, ni el guardia. Una figura emergió de las sombras con una rapidez que dejó a ambos sin aliento, colocando una mano firme sobre el cañón del arma.

—Basta —dijo el desconocido, con un tono que helaba el alma—. Si Pierre tiene algo que decir, que lo diga rápido.

Dante dio un paso adelante, su corazón tratando de romper su jaula de huesos. Pierre. Un nombre inesperado, envuelto en misterio, una pieza nueva que hacía tambalear el tablero. ¿Aliado o traición?

El silencio se rompió con pasos precipitándose detrás de ellos. Entre las sombras, Lucía Montoya apareció con una sonrisa cargada de malicia y poder, sus ojos brillaban con la certeza de quien ha ganado la partida antes de que comience.

—Pensaban que sería tan sencillo —susurró con veneno—. Pero nadie arrebata el trono sin pagar el precio.

Dante sintió cómo el oscuro secreto que lo consumía palpitaba con fuerza, como un corazón negro encontrando su propia voz. La ciudad esperaba, agazapada y latiendo, mientras él enfrentaba la tormenta que había convocado.

Y en ese instante, la bala apareció, suspendida en el aire, lista para cambiarlo todo.