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Chapter 9

Sombra entre sombras

Capítulo 9 Sombra entre sombras

El crepitar huidizo de la puerta fue un disparo en el silencio pegajoso del sótano. Alejandro se congeló, un muro de tensión aplastando su pecho. La oscuridad no era amiga, tampoco la calma que precedía a la tormenta. Su mirada buscó, chisporroteando en la penumbra: no había nadie visible, solo el tañido metálico de unas cadenas moviéndose suavemente al compás del viento filtrado.

Los segundos se estiraron, intransigentes, hasta que un ruido mucho más violento se precipitó contra él. Un golpe seco y brutal lo lanzó hacia atrás, el impacto del cuerpo que lo embistió lo hizo chocar con un barril herrumbrado, y el sabor a sangre ascendió en su boca. Trató de incorporarse, pero un par de manos lo sujetaron como garras de lobo.

—No tan rápido, Sombra —roncó una voz cavernosa, amarga—. Tu reinado se terminó.

El frío metal de una pistola rozó su sien, y el aire se volvió impenetrable, pesado y fétido, saturado por el sudor de sus atacantes.

Alejandro logró sentir en la nuca la respiración áspera de su enemigo. Las sensaciones se comprimirán en su mente y en su cuerpo: un vórtice violento, una adrenalina aguda que ardía bajo su piel. No era solo un ataque al azar, era una emboscada calculada.

Un segundo disparo resonó a lo lejos, quizás un aviso o el comienzo de un nuevo golpe. Alejandro paladeó la amargura de la derrota, su mente giraba con rapidez frenética. La historia se repetía, la traición volviendo como un espectro oscuro que se negaba a dejarlo en paz.

Sin embargo, un movimiento casi imperceptible alteró el equilibrio del asalto. Un destello en la esquina del sótano. Algo pequeño, metálico: un cuchillo lanzado con precisión quirúrgica que atravesó la muñeca derecha del agresor, liberando brevemente a Alejandro. El hombre gimió y soltó el arma; el fuego volvió a sus ojos, una mezcla de dolor y rabia.

En ese instante, con la última reserva de fuerzas, Alejandro desplegó un movimiento que había perfeccionado en la oscuridad: un giro rápido que derribó a su atacante. El crujir de huesos y la urgencia del aire le permitieron recuperar la pistola y disparar dos veces al suelo, amenazando y desgarrando.

Los ecos del conflicto crecieron. Desde las escaleras, unos pasos apresurados; voces entrecortadas reclamaban control. Los atacantes restantes desfallecían bajo la violencia inesperada de la resistencia.

Su respiración era un torbellino desbocado, su cuerpo una amalgama de colores agrisados por el dolor, la sangre, la vida que se negaba a abandonar su carcasa. Alejandro se arrastró hacia la pared, apoyó la espalda contra el frío ladrillo y contempló el caos a su alrededor.

Nada era casualidad.

La pregunta que quemaba en su piel: ¿Quién había ordenado ese ataque?

No era obra de un matón cualquiera. Era una señal clara, una declaración letal dirigida a él, a Alejandro ‘El Sombra’ Vargas.

Pero ¿por qué? ¿Qué movimiento oscuro lo convertía nuevamente en objetivo de muerte?

Un ruido seco. La puerta una vez más se abrió, esta vez con brutalidad. Una figura apareció en el umbral con paso firme y mirada gélida.

—No es solo Luciano esta vez —susurró una voz completamente desconocida pero con un poder ominoso—. Hay otros en esta ciudad que temen el renacer del rey.

Alejandro levantó la cabeza, la sangre manchándole el rostro, pensando en sus piezas dispersas, en sus enemigos ocultos.

No estaba solo en esta guerra. Pero tampoco estaba seguro de a quién podía llamar aliado.

Y, en esa penumbra espesísima, una pregunta sin respuesta le heló la sangre.

¿Quién había sembrado esta sombra entre sombras para atraparlo?