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Chapter 8

Doble filo

Capítulo 8 Doble filo

El golpe seco reverberó en la bodega como un disparo en sus venas, haciendo que el corazón de Alejandro latiera con un ritmo frenético. La penumbra pestañeaba a su alrededor, devorándolo, pero sus ojos captaron, apenas delineada, una silueta que se desplazaba con cautela, entre sombras y cajas apiladas.

Respiró hondo. El aire estaba denso, pesado, salpicado por el olor rancio del musgo y la humedad, mezclado con el tenue aroma metálico de la sangre que aún manchaba el suelo. El silencio se hizo tan tenso que pudo escucharse un leve crujido de las tablas bajo un paso lento, demasiado deliberado para ser casual.

—¿Quién anda ahí? —su voz rasposa cortó la quietud, pero temblaba apenas perceptible.

La silueta se detuvo y entonces la luz que llegaba por una rendija reveló un rostro conocido, pero que Alejandro jamás habría querido ver allí. Lucía a la defensiva, con ese brillo absorbente en la mirada que podía ser lealtad o traición; algo que ahora él temía con más rigor que nunca.

—Tú —pronunció Alejandro, sus palabras despachadas con una mezcla de incredulidad y rabia contenida.

Su antiguo aliado, el hombre que había estado a su lado en batallas, que había prometido fidelidad con sangre y hierro, estaba ahí, en la penumbra, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos oscuros.

—No esperaba que fueras tan lento para darme caza, “Sombra” —la voz tenía una textura venenosa, un susurro pesado con el peso de muchas noches oscuras sin explicación.

Alejandro retrocedió instintivamente, sus sentidos alertas y cada músculo tenso como un arco a punto de disparar. Había sentido el filo de una puñalada antes, pero esta—esta traición picaba más hondo que cualquier cuchilla.

—¿Por qué? —espetó, buscando en el ir y venir de su mirada alguna señal de arrepentimiento o justificación.

El otro encendió un cigarrillo y aspiró con calma, dejando que el humo danzara hacia arriba, consumiendo el poco oxígeno ideal para cualquier declaración sincera.

—Luciano me encontró primero, Alejandro. Y tú... tú ya habías caído antes de nacer de nuevo. —Sus palabras eran un dardo envenenado y el silencio posterior amplificó su impacto.

Un golpe seco resonó detrás de ellos. Alejandro giró a tiempo para ver que alguien más aparecía en la oscuridad, su figura alta y amenazante recortada contra la estancia apenas iluminada por las luces fluorescentes parpadeantes.

—¿Quién más? —preguntó con la voz tensa, más para sí mismo que para el traidor frente a él.

—No tienes toda la información —contestó el hombre traidor, su rostro ahora ardiendo en una mueca que combinaba desprecio y pena—. Los tiempos cambian, y las alianzas también. Pero tú... tú no lo entiendes porque vives en ese pasado que ni siquiera sabes si aún existe.

Alejandro apretó los puños hasta sentir los nudillos blancos y respiró con fuerza, el aire cortándose en su garganta—como si aquella bodega, tan llena de secretos, se volviera una trampa lentamente cerrándose.

—¿Quién más está contigo? —volvió a preguntar, su mirada clavada en el humo que todavía se enroscaba con un ritmo ominoso.

Un suspiro, una pausa cargada de tensión tan hondamente dolorosa como un funeral—y luego una frase que cayó como un alud:

—Más cerca de lo que crees. Alguien que creías inquebrantable... que juega para Luciano mientras tú festejas en las sombras.

Una ola helada le subió por la columna vertebral. En aquel instante, la traición se hizo tangible, cálida y real, abriéndose paso entre el entorno de metal oxidado y vapores rancios.

—Dime quién —exigió Alejandro, pero el traidor dio media vuelta y se perdió entre la oscuridad, dejando tras de sí solo el retumbar de pasos alejándose.

Alejandro sintió la angustia nacer como una grieta en su pecho, extendiéndose con rapidez salvaje. Cada nombre, cada rostro que cruzaba su mente era un cuchillo girando buscando carne.

El único sonido fue el de un teléfono vibrando cerca. Lo sacó del bolsillo con dedos que ya no obedecían del todo y en la pantalla brillaba un mensaje inexplicable, cortante:

“No confíes en nadie. La sombra más oscura está a tu lado.”

La bodega pareció cerrarse, el aire empujándolo, denso y asfixiante.

Un instante. Solo un instante, hasta que la puerta crujió detrás de él.

Alguien entraba. Alguien muy cerca.

Y la pregunta explosiva volvió a su mente, lavado en sudor frío:

¿Quién es la persona que juega para Luciano desde dentro?