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Chapter 7

El pacto olvidado

Capítulo 7 El pacto olvidado

El aire se hundía en sus pulmones con un peso viscoso, como si respirara el mismo aliento pantanoso de la muerte. Cada paso que daba Alejandro retumbaba contra las paredes mohosas de ese túnel olvidado, resonando en el silencio roto solo por el chasquido distante de gotas que caían, gota a gota, desde el techo carcomido.

La oscuridad era absoluta, salvo por el tenue resplandor cinéreo que lanzaba una lámpara colgante a cientos de metros detrás. Pero llevaba consigo un farol oxidado, cuyo fuego vacilante dibujaba sombras que se retorcían como espectros burlones. El corazón —ese tambor guerrero que le obligaba a avanzar— parecía frágil bajo la piel, pero se negaba a dejar que la desesperación se instalara.

Había dicho que debía correr, pero ahora sabía que huir de la verdad era aún peor que encararla.

Avanzó con pasos medidos, sentidos alerta a cada eco, a cada susurro retenido por las grietas en las paredes. El túnel comunal, olvidado por todos pero no por los secretos que arrastraba, terminaba en una vieja bodega subterránea. Allí, entre escombros y polvo, le esperaba algo que cambiaría el curso de su búsqueda: un libro. No un libro cualquiera —uno que pulsaba con una sombra antigua y amarga, el origen mismo de la maldición que lo había devuelto del abismo.

La bodega olía a humedad, madera podrida y un almizcle metálico antiguo. Alejandro apartó una tabla suelta, alzó un cesto de escombros y entre la franca penumbra encontró un arcón tallado con símbolos que le hacían erizar hasta los cimientos de la nuca. El aire a su alrededor se volvió más espeso.

Cerró los ojos un instante, respiró hondo, y luego abrió el arcón. En su interior, envuelto en un paño negro ajado de bordes rojos, reposaba un libro. No era tamaño común; era grueso, pesado, con cubiertas de cuero ennegrecido que parecían resistirse a revelar su secreto.

Sus dedos temblorosos trazaron la superficie antes de abrirlo.

Las páginas tenían una textura rugosa, casi viva, llenas de garabatos en caligrafía antigua, símbolos ocultos y descripciones de algo que parecía más leyenda que historia, pero que para Alejandro era mucho más: pistas sobre el pacto que había sellado hace años, el mismo que lo había condenado a muerte y lo había devuelto convertido en algo que se balanceaba entre el hombre y la sombra.

Sus ojos recorrieron líneas escritas en un latín oscuro y fragmentos de versos en lenguas olvidadas. En ellas hablaban de un demonio, un espíritu antiguo que ofrecía renacimiento a cambio de un alma marcada, un precio que rozaba el infinito. El texto detallaba el origen de la maldición: un pacto sellado bajo la luna sangrienta, con una tinta hecha de sangre y ceniza.

Entonces encontró un dibujo.

Un símbolo.

Parecía estar grabado con tinta negra que se movía, serpenteaba, latía entre las fibras del papel. Alejandro sintió cómo su corazón volcaba esa mezcla extraña de miedo y fascinación. Levantó la mirada, y por un momento la habitación pareció vibrar.

Una sombra, pesada, comenzó a deslizarse desde el símbolo. Un movimiento sutil, casi imperceptible, pero innegablemente real. El dibujo se estremeció y brilló con un resplandor rojo, enfermizo. Las líneas dibujaron formas que se torsionaban más allá de la comprensión humana.

El humo comenzó a emanar de la tinta viva, reptando por las páginas como la lengua de una serpiente. El símbolo antiguo cobró vida ante sus ojos.

A medio camino entre la incredulidad y la urgente necesidad de alejarse, Alejandro se quedó paralizado. La cámara parecía oscilar, el calor del farol se extinguía y un frío infernal se posaba en su nuca. Era como si algo estuviera despertando, dispuesto a reclamar no solo su cuerpo, sino también su alma.

—Esto no puede estar pasando —musitó con voz áspera, mientras la tinta vibrante se elevaba, formando figuras que no pertenecían a este mundo—. No puede…

Un movimiento a su espalda lo hizo girar. No estaba solo.

Silencio.

El símbolo continuaba con su danza oscura. ¿Era la advertencia? ¿O el comienzo?

El aire se cargó de hostilidad, y Alejandro entendió que para reclamar su trono debía primero enfrentar aquello que había invocado sin querer, la maldición misma, el pacto olvidado que tatuó su destino con fuego y sombra.

Y entonces, justo cuando pensaba que podría contenerse, el símbolo lanzó una chispa —una promesa de guerra, muerte y renacer— que iluminó la sala como un relámpago invisible.

El peligro no estaba solo en la ciudad. Estaba allí, muy cerca, mirándolo de nuevo con ojos que no conseguía leer.

Un golpe seco resonó contra la madera detrás de él, estremeciendo el corazón de la bodega.

¿Quién o qué había entrado en la oscuridad que él creía solo?

La noche acababa de empezar.