Chapter 6
El golpe frío resonó en sus oídos mucho después de desaparecer el sonido. Alejandro sintió cómo su piel erizaba de la mezcla aguda de sorpresa y miedo; sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, buscaron la fuente, pero solo encontraron la sombra que la noche volvía líquida y disgregada. La sombra se movía con la precisión de un depredador: nada se veía, pero todo se sentía.
—¿Quién anda ahí? —su voz emergió ronca, cortada por el eco mínimo de sus pasos en el pavimento húmedo—. Muéstrate.
Solo el aire respondió, denso y silencioso, como si la ciudad misma contuviera el aliento. Alejandro notó sus dedos temblar levemente, un recordatorio molesto de la fragilidad que el temor tejía bajo su piel. No era su costumbre vacilar, mucho menos en su territorio. Pero algo, un instinto viejo y profundo, le decía que aquella noche todo cambiaría.
Retrocedió un paso oscuro hacia el callejón lateral, donde la estrechez y la suciedad formaban un santuario de secretos. Allí mismo, recargando la espalda contra la pared cubierta de grafitis y humedad, encontró algo: un pequeño sobre negro, rígido, con borde cortante, tan oscuro como la noche misma.
—¿Qué demonios...? —murmuró, tendiendo la mano para recogerlo, el temblor en su pulgar aumentando al rozar el papel—. No esperaba visitas anónimas esta noche.
Destapó con cautela. Dentro, una única hoja, doblada con precisión. La tinta era negra, indeleble. Alejandro frunció el ceño mientras leía las palabras que empezaron a reconstruir un rompecabezas que él preferiría olvidar.
"Tu hermano sabe. Tu sangre no es sólo sangre. No confíes en la familia."
El aire pareció perder peso.
El corazón de Alejandro se aceleró. Él, que había vivido mil traiciones, que había enterrado a cada amigo y enemigo con la misma paciencia de un depredador, entendió que esta herida era peor.
Luciano había sido la amenaza visible. Ahora, la muerte se escondía en los lazos más profundos, en esos que debería haber protegido.
Recordó con brutal claridad una conversación antigua, un susurro frío de su hermano mayor, Diego, en una noche de invierno destrozada por el frío y el whisky barato:
—No eres el único que quiere ese trono, sombra —le había dicho Diego, con un brillo extraño en los ojos, una mezcla peligrosa de resentimiento y ambición contenida—. Lo que tienes, Alejandro, puede ser tu final o tu renacer. Pero hay quien prefiere que no renazcas nunca.
Todo encajaba ahora como piezas cortantes.
Alejandro apretó los dientes. El viejo dolor, el recuerdo de la traición original, se refundía en ira y desconfianza hacia el hombre que había estado a su lado desde siempre.
Un ruido leve, un roce metálico le cortó el pensamiento.
—¿Creías que solo tendrías enemigos visibles? —una voz sibilina emergió detrás de la sombra, susurrante pero peligrosa—. Te duele más quien comparte tu sangre.
Giro rápido. Nada.
La noche, implacable, había vuelto a tragarse el sonido.
Pero Alejandro tenía ahora una certeza helada: la guerra que pensaba librar contra Luciano era apenas el frente visible.
Atrás, en las entrañas de su historia, estaba Diego.
Las calles se habían vuelto menos amigas y el aire menos seguro. Mientras doblaba el sobre con cuidado y lo guardaba en su chaqueta, una sensación desagradable le punzó en el estómago.
Su teléfono vibró —un mensaje nuevo empezaba a tomar forma en la pantalla, iluminando su rostro con una luz espectral. Sin remitente. Sin nombre. Solo palabras que parecían arañarle el alma, casi como una amenaza:
No confíes en tu familia, Alejandro.
Y el silencio volvió a apoderarse de la noche, más denso, más pesado. Pero esta vez, con la firme promesa de que nada volvería a ser igual.
Con el corazón golpeándole en el pecho como un tambor de guerra, Alejandro 'El Sombra' Vargas se adentró en la oscuridad, con la sombra del pasado susurrándole en el oído.
El reloj del submundo no se detenía.
Y él sabía que debía correr.