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Chapter 4

Primer golpe

Capítulo 4 Primer golpe

El eco de pasos apresurados rebotaba contra los muros tapizados de grafitis y marcas de antiguos territorios, mientras Alejandro "El Sombra" Vargas emergía del callejón con la precisión de un depredador. Las luces neón vomitaban destellos morados y verdes a su alrededor, pero nada de eso podía competir con la vibración en su piel: el veneno dulce de la venganza había vuelto a su cuerpo.

Cada músculo estaba afinado, pero fue la punta del cuchillo que aún sostenía en su mano derecha la que dictó el pulso lúgubre que recorría su mente y la ciudad. El metal, manchado con la reciente sangre de un guardia, parecía pulsar con vida propia, un latido oscuro que dictaba la cadencia de su renacer.

Se detuvo un instante. El silencio después de la tormenta, antes de la guerra. Una ráfaga de aire sucio, cargado del olor a petróleo quemado y alcohol rancio, envolvió sus pulmones. La humedad del asfalto y el tinte a ozono por las cargas eléctricas de su hackeo reciente se mezclaban en una sinfonía tangible y punzante.

—Esto apenas comienza —murmuró, su voz apenas un susurro traicionero que se hundió en la noche opaca.

*

En el corazón podrido de la metrópoli, un almacén convertido ilegalmente en laboratorio y centro de distribución resguardaba un secreto que Alejandro no podía permitir seguir intacto. Las luces fluorescentes eran una burla sorda para la muerte que acechaba en sus sombras: escorpiones, traficantes, sicarios disfrazados de comerciantes. Pero El Sombra los había estudiado con paciencia clínica. Sabía su rutina, sus puntos ciegos, sus miserias codiciosas.

Había pasado semanas infiltrándose en la red, apoderándose de información a base de balas de plata y bytes. El siguiente paso significa liquidar. Debilitar la estructura con un golpe de gracia.

Ahora, desbloqueaba la puerta trasera. Con movimientos lentos y calculados, deslizó un dispositivo que despedía un zumbido eléctrico mínimo, apenas audible para oídos humanos, hasta escuchar el “clic” de la cerradura rendida. Escarbó en sus bolsillos por última vez, encontrando la granada de humo compacta que había guardado para esta ocasión.

El plan era simple: infiltrarse, colocar dispositivos explosivos en los generadores, crear el caos, y desaparecer antes de que la guerra estallara de lleno. Pero nadie dijo que fuera fácil. Nada en su vida había sido fácil.

Con la respiración serena, escuchó pasos en el otro extremo del pasillo. Antes de que la sombra del enemigo pudiera tocarlo, desapareció, mezclándose con la oscuridad como un fantasma que conoce su terreno.

*

Dentro de ese almacén putrefacto, la tensión era casi palpable. El jefe local, un hombre corpulento apodado “El Ruso”, gritaba órdenes mientras examinaba una larga lista de envíos, visiblemente impaciente y arrogante.

—¿Por qué siguen llegando retrasos? ¿Creen que esta chatarra va a solucionar la demanda? —vociferaba, golpeando con la palma abierta sobre la mesa de metal.

Un joven sicario, con la mirada vacía y la mano temblorosa, respondió titubeando:

—Estamos haciendo todo lo posible, pero... han habido interferencias...

El silencio creció en la habitación, denso, cargado, casi sofocante. El Ruso no necesitó decir más. La palabra “interferencia” era un eufemismo para algo mucho más oscuro: la intrusión del antiguo rey.

En ese momento, el generador central vibró con un zumbido peculiar que se volvió inquietante.

—¿Qué demonios? —Masculló el ruso con un susurro cargado de miedo.

El aire comenzó a tornarse denso, el humo verde pálido empezó a filtrarse por las rendijas del suelo. Los hombres tosían, sus rostros se tornaron pálidos y sus ojos se abrieron desorbitados.

Antes de que pudieran reaccionar, un portazo explotó con violencia al otro extremo del almacén.

Una figura vestida de negro y silenciosa como la muerte apareció en el umbral. Alejandro "El Sombra" Vargas se mostró con la arrogancia del que sabe que ha soltado una chispa en el polvorín.

Su voz, baja pero cortante, atravesó el humo así como sus ojos cortaban las sombras.

—Este es un mensaje para Luciano De la Cruz. Ya he vuelto.

*

Las explosiones eran la próxima sinfonía que se escucharía en las calles. El dispositivo que Alejandro había colocado en los generadores era una cuenta regresiva mortal, destinada a anegar el almacén y sus alrededores en caos.

Mientras la violencia se encendía como un incendio global dentro del edificio, él desapareció entre cadáveres y humaredas, dejando tras de sí un rastro imborrable.

La noticia no tardó en llegar a oídos implacables y todavía más oscuros.

*

En su despacho, Luciano De la Cruz examinaba un mapa desplegado con rutas, alianzas y teléfonos apagados en rojo. Su rostro era una máscara de hielo pulido, impasible y aterradora.

Una llamada entró, interrumpiendo la marcha silenciosa del tiempo.

—Señor —dijo una voz entrecortada en el auricular—, hay novedades en la operación del sector 12… El Sombra está activo.

Luciano colgó lentamente, como si estuviera digiriendo un veneno exquisito y amargo.

Se giró hacia su ventana, mirando hacia la ciudad que sostenía bajo su puño, pero ahora más vulnerable que nunca. Sus ojos se clavaron como dagas en la oscuridad.

—¿Qué planeas? —murmuró para sí, una sonrisa torcida y llena de amenazas formándose en sus labios.

La guerra no era ya un rumor en los callejones. Era la tormenta que no se hacía esperar.

Su teléfono volvió a sonar.

Las palabras que escuchó a continuación serían un disparo en el corazón de su imperio.

Pero… eso es para otro latido.

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La noche se cerró en la ciudad, y en las sombras, Alejandro sonrió.

El primer golpe había caído. La partida estaba en marcha. Y nada volvería a ser igual.