Chapter 2
Capítulo 2 Fragmentos del pasado
El último golpe resonó en sus oídos como un disparo quebrando la calma artificial que Alejandro había forjado en su refugio. El aire parecía haberse congelado, quieto, pesado, mientras su pecho se elevaba y caía en un intento frenético por recuperar el ritmo después de la sacudida inesperada.
Por un instante, solo hubo silencio. El eco del golpe vibraba todavía en las paredes desnudas de la habitación, donde la penumbra devoraba toda luz y vida. La única compañía del rey caído era el olor a polvo mezclado con la persistente humedad, un aroma que le recordaba a sótanos olvidados y secretos enterrados demasiado tiempo.
Alejandro apretó los puños bajo la mesa rasgada. Sentía la sangre bombeando con fuerza en sus sienes, un tambor invisible que marcaba el latido de un corazón al borde de la tormenta. La mente giraba sin tregua, atrapada entre nostalgias y cicatrices, entre aquel hombre que fue y el espectro que ahora habitaba su propia piel.
¿Quién podría estar detrás de esa puerta? ¿Una sombra amiga o una daga disfrazada de auxilio? Su instinto le gritaba precaución, pero otro sentimiento, más profundo, más corrosivo, empezaba a abrirse paso: la necesidad de respuestas.
Retrocedió hasta apoyar la espalda contra la pared, dejando escapar un suspiro gutural. Los fragmentos de su pasado se arremolinaban en su memoria, imágenes violentas, rostros distorsionados por la traición, voces que rugían en la oscuridad de sus recuerdos con esa furia implacable que solo la traición puede sembrar.
El reinado de Alejandro no había sido un trazo difuso, sino un torbellino de poder y control. Él era "El Sombra", la ley no escrita que dictaba el pulso de la ciudad desde lo más profundo de la red oscura que tejía con hilos de ilegalidad, miedo y respeto. Un rey sin corona visible, pero cuya sombra se extendía en cada callejón, en cada susurro temeroso.
Recordaba las noches eternas en el club clandestino “El Umbral”, donde el humo del tabaco se elevaba como fantasmas plateados. El sonido opresivo de la música mezclado con murmullos de negocios turbios y el tintinear lejano de copas con licor barato. Allí, sus ojos escaneaban la sala, absorbiendo cada movimiento, cada mirada — un rey que no necesitaba trono para gobernar.
Pero, entre esos recuerdos, también emergió la traición: la noche que su reino empezó a desmoronarse con la velocidad del quebrarse de un cristal cargado de óxido.
Luciano De la Cruz. Solo pronunciar su nombre llenaba a Alejandro con un fuego helado. El hombre que fue su confidente, su hermano en armas, el guardián oscuro que le prometió lealtad eterna… hasta que dobló la hoja y le clavó la puñalada que supuso su muerte.
Recordó el brillo cruel en los ojos de Luciano la última vez que se vieron. La frialdad calculada, la sonrisa ladeada como un cuchillo invisible. No fue solo un enemigo; fue la personificación de la traición más perversa.
Aquella noche fatídica, el escondite donde se reunían cayó en manos de una emboscada perfectamente calculada. Hombres con rostros cubiertos irrumpieron sin aviso, disparando, incendiando, ahogando en pólvora y gritos el corazón de su imperio. Alejandro apenas tuvo tiempo para reaccionar, su mundo convertido en caos y muerte en segundos interminables.
Lo que vino después fue el pozo negro de la nada. Su cuerpo a la deriva, la vida consumiéndose en un susurro. Pero no murió realmente.
Ahora, renacido en una piel distinta, con una oscuridad que parecía bailar en sus venas, sabía que la historia no terminaba allí. Una parte de él ardía con la prisión del recuerdo y la otra bebía del abismo desatado en su interior.
Sin embargo, ese renacer había venido con un precio: la maldición que arrastraba había fragmentado sus recuerdos con la fiereza de un ataque cerebral. ¿Podía confiar en su memoria, o acaso aquella oscuridad que lo había vuelto a la vida lo había mutilado, transformado sus pensamientos en laberintos traicioneros?
Sus dedos temblaron al rozar la cicatriz que cruzaba su mandíbula, una marca que no recordaba haberse hecho pero que parecía tatuada por la guerra contra sí mismo.
¿Era un verdadero legado, o solo un engaño grotesco creado por una mente quebrada?
Un ruido leve lo sacudió: un suspiro ahogado, quizás el roce de la brisa colándose entre las rendijas.
Alejandro giró la cabeza hacia la puerta. Cada músculo tensado, alerta, como un depredador a punto de lanzarse. ¿Quién esperaba fuera? ¿Un aliado que le tiende la mano, o la sombra letal de la muerte disfrazada de oportunidad?
Respiró hondo, intentando calmar el torbellino de emociones que amenazaba con devorarlo.
—Pasa —dijo, su voz grave, con el filo de un hombre que había visto el abismo y se negó a caer sin luchar.
El pomo crujió, la puerta se abrió lentamente.
Pero justo cuando la silueta se perfiló en el umbral, un escalofrío recorrió a Alejandro: un atisbo de un pensamiento impío.
Quizás no había llegado para ayudarlo.
Quizás la maldición no solo le había arrebatado recuerdos, sino la propia realidad.
Y entonces, en el momento en que la puerta se abrió por completo, Alejandro supo que estaba a punto de enfrentarse a una verdad que podría destruirlo — o redimirlo.
¿Podría confiar en su memoria, o la maldición sería el verdugo silencioso que lo condenaría otra vez?
El juego no había hecho más que comenzar.