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Chapter 17

Doble agente

Capítulo 17 Doble agente

La oscuridad se cerró como un ataúd alrededor de Alejandro, y cada latido de su pecho parecía un tambor de guerra retumbando en esa negrura implacable. Un susurro, apenas un eco perdido en el aire denso, le hizo entreabrir los ojos. Su cuerpo entumecido, cubierto por las sombras que le superaban en volumen y peso, comenzó a desprender un temblor súbito. No era frío ni calor. Era miedo. Miedo crudo, punzante, con el filo de mil cuchillas invisibles.

Alzó la mano, tanteando el contorno de su entorno. Fragancia a menta mezclada con acero inoxidable. Un aroma extraño en el mundillo en que se movía, donde la basura y la desesperación habitaban sin invitación.

La luz volvió lento y parpadeante, un farol que estremecía a lo lejos. Lo encontró atado a una silla de hierro, en una habitación que parecía un sótano enterrado bajo la ciudad moribunda. Las paredes húmedas y el aire rancio exhalaban secretos de murmuraciones antiguas, de pactos rotos y traiciones frescas.

Sus ojos chispearon con furia contenida.

Su trono había sido manchado de sangre, de mentiras, pero la guerra apenas comenzaba.

Un crujido seco lo alertó.

—Pensé que nunca abrirías los ojos, Sombra —dijo una voz familiar, esa voz que siempre había provocado en él un estremecimiento contradictorio: calidez en un mundo de hielo.

Alejandro giró la cabeza y la luz exaltó el perfil de Esteban —su mano derecha, el único hombre en el que confió ciegamente desde que volvió a caminar entre los vivos—.

La sonrisa de Esteban no se abrió ni un centímetro más; allí había un cálculo frío, un brillo de algo que Alejandro no había detectado antes.

—No me digas que viniste a salvarme —se burló, su voz rasgada por el cansancio y la incredulidad—. Parece que esta vez, el rey renacido tendrá que aprender a jugar sin amigos.

Esteban se le acercó, el sonido de sus pasos reverberando en el cuarto vacío.

—Tienes una idea equivocada, Alejandro —dijo con tono casi paternal, pero su mirada esquivó la suya, frágil grieta de verdad entre mentiras—. Vine a hablar.

Alejandro tragó saliva con dificultad. La traición sabía a amargo, y él ya sabía que podía ser invisible, inesperada como un puñal silencioso.

—¿Hablar? ¿Qué tienes que decirme que no puedas contarle a Luciano? —escupió.

Esteban apartó la mirada, finalmente atrapado entre el deber y la lealtad, o al menos eso parecía.

—Hay alguien en tu círculo —comenzó, sus palabras cayendo como gotas que resquebrajan el hielo—. Un doble agente, Alejandro. Alguien que ha estado infiltrándose, enviando información, preparando el terreno para que Luciano aplaste todo lo que amas sin que puedas reaccionar.

El aire se volvió más denso, cada palabra era una bala envenenada.

Alejandro sintió un temblor recorrerle la columna— la traición siempre duele más cuando la cuchilla emerge desde dentro.

—Entonces dime quién es —exigió, un relámpago de furia iluminando sus ojos—. No hay tiempo para juegos.

Esteban tragó saliva, sus manos temblorosas al intentar ocultarlo bajo el peso de la confesión.

—Eres tú, Alejandro.

La palabra cayó como un golpe tremendo.

—¿Yo? —El mundo pareció girar más rápido, y un rugido sordo retumbó en su pecho.

—Sí. Desde que regresaste, fui enviado por Luciano para vigilarte de cerca, para asegurar que cada uno de tus movimientos le sirviera a su plan —dijo Esteban, la máscara diluyéndose, vulnerable y rota—. Pero el tiempo, el ver tu sangre y tus heridas, tu hambre incansable por justicia... me ha hecho dudar. Me he convertido en un prisionero de mis propias mentiras.

Alejandro apretó la mandíbula con fuerza, la ira crepitando en sus venas. ¿Podía confiar en aquel hombre ahora mismo? ¿Era Esteban un soldado perdido en medio de la guerra o un lobo disfrazado?

—¿Y ahora? ¿Qué esperas que haga? ¿Salvarme o matarme?

Esteban bajó la cabeza, como si el peso del mundo estuviera suspendido allí.

—No lo sé. Pero hasta que puedas decidirlo, tengo información que puede cambiar el rumbo de esta guerra.

El eco de pasos lejanos y un suspiro detonaron la tensión.

El corazón de Alejandro golpeó con fuerza.

—Habla rápido, entonces —ordenó.

Pero justo cuando Esteban comenzaba a desgranar detalles, un golpe seco resonó en la puerta.

Un frenesí de instintos en Alejandro le hizo girar la cabeza hacia la entrada.

La cerradura giró. La puerta se abrió lentamente.

Un hombre alto, con mirada tan oscura como el veneno que llevaba, apareció en el marco.

Luciano.

—Muy interesante esta reunión... —susurró con tono de burla cruel—. Parece que el doble agente ya no puede esperar más.

Esteban dio un paso atrás, alejándose de Alejandro, con el rostro desfigurado por el miedo.

Alejandro soltó un gruñido, una dentellada de rabia.

¿Había llegado demasiado tarde?

El silencio explotó, la noche comenzaba a devorarlo todo otra vez.

—Fin del capítulo—