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Chapter 15

Oscuridad creciente

Capítulo 15 — Oscuridad creciente

Un frío huesudo se coló violento entre los huesos de Alejandro mientras la oscuridad lo abrazaba sin compasión. El eco de sus propias palabras reverberaba en su pecho como un tambor sangriento, marcando el inicio de un descenso ineludible. El silencio que alguna vez había sido suyo —esa calma rota por el estrépito de su promesa— ahora se había convertido en un pozo sin fondo donde las sombras susurraban su nombre.

La humedad de la noche penetraba por la ventana medio rota de aquel viejo edificio, lamiendo la piel semidesnuda de Alejandro con dedos helados. Su cuerpo entero temblaba, pero no solo por el frío.

Un zumbido grave y sordo emanaba desde dentro.

El demonio que se acomodaba en las entrañas de su ser pulsaba como un corazón insolente, una presencia hostil que reclamaba asiento en su mente. La herida de la traición no era solo carne rota: era un portal abierto al abismo infectado de oscuridad que lo renacía.

Un/n presentimiento oscuro se le anidaba en el centro del cerebro, tan intenso que cada pensamiento se diluía en un oleaje de sombra creciente.

Alejandro se llevó la mano temblorosa a la frente —fría y sudorosa— y sintió una presión insoportable, un soplete que le quemaba las sienes, tambaleándose entre el filo de la conciencia y el borde del desconcierto.

Aquella furia que crecía adentro no le pertenecía del todo. Le susurraba promesas famélicas, verdades envenenadas:

—Deja que te consuma… —se escuchó una voz ronca y cavernosa dentro de su cabeza.

—No te tengo miedo —escupió, con la garganta seca y el puño apretado contra el pecho.

Pero incluso sus palabras, tan ásperas y cargadas de odio, se deshicieron en un gemido sofocado.

Poco a poco, el demonio estaba como una sombra extendiéndose bajo su piel. Cada latido le clavaba cuchillas invisibles, y la carne alrededor de su corazón parecía vibrar en una frecuencia ajena y perturbadora.

Se levantó a duras penas, tambaleándose entre la luz mortecina del cuarto.

Su reflejo en el espejo, roto en mil fragmentos, le devolvió una imagen demasiado oscura para alguien que una vez había sido rey sin corona.

Sus ojos, antes fuego y dominio, ahora titilaban con un brillo extraño, naciente, casi sobrenatural.

La piel en los bordes de sus labios palidecía, y una sombra negra parecía reptar por las venas visibles en sus muñecas.

“¿Hasta dónde llegaré?”, se preguntó con la voz opaca, mirando de reojo al cristal quebrado.

Un golpe seco resonó en la puerta al otro lado de la habitación. Por un segundo, el mundo pareció detenerse —la humedad creció, la luz cayó en cuclillas— y Alejandro aferró la mesa con ambas manos, luchando contra la marea implacable que lo llamaba al abismo.

—¿Quién diablos…? —musitó, la voz vibrando con amenazas contenidas.

Pero nadie respondió.

Afuera, la ciudad soplaba con furia; el tronar de motores, las sirenas lejanas y los pasos apresurados eran una banda sonora caótica.

Alejandro sintió un crujido bajo la piel, una sensación punzante como si los hilos invisibles que sostenían su humanidad comenzaran a romperse.

Se sentó pesadamente, la espalda apoyada contra las astillas del respaldo de la silla. La garganta se le cerró, y de sus labios salió un jadeo ronco y sordo.

Los recuerdos, claro y contundentes, empezaron a surfear la ola de dolor interior: la traición de Luciano, las balas frenando su mundo, la muerte fingida, y ese fuego antiguo que ahora lo poseía.

El demonio se estaba haciendo fuerte, dominando espacios hasta ayer solo reservados para el hombre.

—¿Hasta dónde me dejarás ir? —preguntó al vacío, sintiendo cómo se desprendían pedazos de su alma en cada pregunta.

Se levantó y caminó hacia la ventana rota, la fría brisa nocturna acariciando una piel que lentamente se ennegrecía por dentro.

Afuera, la ciudad parecía estar respirando con él, oscura y voraz, esperando el estallido.

—No soy el mismo —susurró, sin saber si hablaba para sí o para el oscuro huésped que traicionaba su mirada—. Ni siquiera soy humano ya.

Un cambio en su voz le sorprendió: se escuchó más profunda, rasposa. En sus pulgares aparecieron pequeñas sombras que se retorcían, escalando hacia los dedos.

Alejandro cerró los ojos, presionando las palmas contra las sienes, y sintió un fuego feral quemando desde el centro de sus entrañas.

“Renace el rey… o muere en la oscuridad.”

Un golpe resonó más fuerte, frenético, casi desesperado.

Esta vez, el sonido fue acompañado por un suspiro ahogado que provenía de la calle.

Sin pensarlo, Alejandro se lanzó hacia la puerta, y al abrirla, el hedor a humo y sudor se coló en el pasillo.

Una figura se desdibujaba entre las sombras, tambaleándose.

—¿Alejandro? —la voz ronca encajó como un disparo en el aire frío.

Era Mariana.

Sus ojos buscaron los de él, ansiosos, cargados con un miedo que quebraba el alma.

—Tú… —pronunció Alejandro, con la voz rasgada—. Tú no deberías estar aquí.

Ella negó con la cabeza, el cabello pegado al rostro por el sudor.

—No importa lo que pase —dijo con firmeza—. No voy a dejar que te consuman esas tinieblas, no de nuevo.

Pero Alejandro sintió un estremecimiento recorrerle la columna, la voz de Mariana clavándose como un ancla en medio de una tormenta que amenazaba con arrojarlos a ambos al olvido.

Bajo la piel, la sombra se tensó.

El demonio gruñó, reclamando el control.

Alejandro sintió la voluntad diluirse como arena fina entre los dedos.

—No puedo dejar que me veas así… —susurró, tambaleándose hacia atrás, como si quisiera alejarse, pero la oscuridad ya lo estaba prendiendo con garras de hierro.

Mariana dio un paso adelante, tambaleándose también, y sin pensarlo, apoyó la mano en su pecho.

Un fuego frío salió disparado de ese contacto inesperado y Alejandro sintió el mundo estremecerse.

El aire alrededor se cargó de electricidad y, por un instante, todo se detuvo: el zumbido, el dolor, el eco de la ciudad.

Pero luego, una sonrisa torcida se dibujó en el rostro de Alejandro, envolviéndolo con un cinismo que no había conocido en años.

—¿Humanidad? —musitó, dejando caer la mano de Mariana—. Quizás ya es demasiado tarde para eso.

El demonio rugió entonces, desatando una ola de poder tan abrumadora que Alejandro sintió su cuerpo a punto de estallar, dividido entre el hombre que fue y la oscuridad que lo reclamaba.

Un estremecimiento sacudió la ventana rota.

Y en ese instante preciso, donde la línea entre la razón y la locura se borraba, el rostro de Alejandro se transformó en una máscara de sombras.

Una pregunta quemaba el aire helado de la noche:

¿Perderá Alejandro su humanidad ante la maldición que lo revive?

Un crujido seco en la puerta del cuarto rompió ese momento.

Pero la respuesta, oscura y amenazante, quedó suspendida, atrapada en el aliento lento y punzante de la oscuridad creciente.