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Chapter 13

El arma prohibida

Capítulo 13 El arma prohibida

El suelo vibraba bajo sus pies, una pulsación sorda que retumbaba por las entrañas oscuras de la ciudad como si el latido de la misma metrópoli estuviera a punto de romperse en mil astillas. Alejandro apretó los puños, sintiendo cada músculo tensarse en un hilo casi doloroso. El sistema antiguo, aquel que llevaba enterrado siglos bajo la corrupción y el olvido, se activó y ahora respondía, una criatura dormida despertando en la penumbra.

El aire se volvió pesado, cargado con la electricidad de lo inevitable. Un olor metálico, punzante y frío, volvió a sus fosas nasales mezclado con el hedor a humedad y aceite. Minutos atrás, la ciudad parecía respirar con cierta calma, pero ahora el silencio fue roto por sonidos mecánicos, chirridos, y un zumbido creciente que lo envolvía todo.

—¿Lo sientes? —murmuró Diego, la voz ronca, apenas un susurro que raspó contra el eco reciente.

Alejandro no respondió. Sus ojos, negros como el abismo, escudriñaron las paredes cubiertas de grafitis y humedad, los cables rotos que colgaban del techo, y la oscuridad que se tragaba las esquinas. Más allá del portón oxidado, bajo las losas agrietadas y el pavimento fracturado, se escondía lo que había despertado. Un sueño prohibido que algunos codiciaban en silencio, y que ahora amenazaba con romper el equilibrio ya frágil del submundo.

—La tecnología que creímos leyenda —continuó Diego, acercándose con cautela mientras sus botas resonaban en el suelo—. Los De la Cruz la buscaron durante años. Lo que ellos no saben es que no hay nada peor que un hombre que cree haberla encontrado primero.

Alejandro ladeó la cabeza, sus ojos brillando con una determinación feroz que quemaba en la penumbra. Esa tecnología era un enigma, pieza clave para su venganza y, quizás, para la redención que creía imposible. Algo que podía dar a cualquier quien la poseyera un poder devastador y definitivo.

—¿Dónde está? —preguntó Alejandro, su voz fría como el acero recién templado.

Diego señaló hacia un corredor estrecho repleto de sombras danzantes.

—Aquí abajo. En el corazón del laberinto.

Cada paso hacia ese pasaje era como adentrarse más en una jaula que se cerraba lentamente. Las paredes parecían susurrar con voces olvidadas, pétreas y siniestras. Alejandro sintió la humedad arrastrándose por su cuello, el roce tenue de algo invisible que parecía querer detenerlo.

De repente, un crujido a la derecha. Hizo un gesto sutil con la mano y Diego se detuvo. El silencio se quebró apenas, y ambos respiraron juntos, produciendo nubes efímeras que desaparecieron en el aire enrarecido.

—¿Amigos o enemigos? —preguntó Alejandro sin quitar los ojos de la sombra.

No hubo respuesta, solo el eco de sus propios latidos martillando en los oídos.

Avanzaron sigilosos, esquivando escombros, trepando por escaleras oxidadas y hundiéndose en un laberinto sin mapas. Allí, el tiempo parecía haberse detenido: pantallas rotas, terminales antiguas cubiertas de polvo, y un silencio roto solo por el zumbido persistente de alguna maquinaria lejana.

Finalmente, llegaron a una sala circular, un santuario olvidado que albergaba un artefacto cubierto por una manta negra.

Alejandro se acercó, las manos temblando apenas al levantar el paño que parecía absorber la oscuridad en lugar de reflejarla. Bajo la tela, brilló una carcasa negra con relieves plateados —la forma era rara, incómoda, casi orgánica—, y en el centro, una pulsación luminosa, azul oscura, como un corazón latiendo bajo el metal.

—El arma prohibida —susurró Diego.

Una mezcla de asombro, temor y ambición se apoderó de Alejandro en ese instante exacto. No era solo un arma, era la llave para reescribir las reglas y consumar su regreso. Para destruir todo lo que Luciano De la Cruz había construido a base de sangre y miedo.

—Esto va a cambiarlo todo —dijo Alejandro, deslizando sus dedos por la carcasa, tratando de leer sus secretos—. Pero tenemos que sacarla de aquí. Antes de que ellos lleguen.

Un aviso en una pantalla lejana estalló en rojo: "ALERTA". Inmediatamente, sonidos de pasos apresurados y voces distantes resonaron en el pasillo.

—Nos descubrieron —gritó Diego, sacando su pistola.

Alejandro no dudó; envolvió el artefacto con una manta gruesa y se lanzó hacia la salida junto a su compañero. El pasillo parecía un laberinto que se estrechaba y gemía bajo la presión del tiempo. Los ecos de sus perseguidores crecían en intensidad.

Pero cuando creían estar a salvo, una explosión de luz inundó la sala —un barrido invisible y fulminante que borró la oscuridad como un relámpago.

Alejandro dio un grito, incapaz de ver ni pensar, solo sentir cómo la manta se deslizaba de sus manos.

Y entonces…

El arma prohibida desapareció.

El intenso vacío que dejó tras de sí fue como una herida abierta en la realidad. Sus ojos recorrieron frenéticos la sala, buscando entre las sombras, contra las paredes, y hasta en los rincones más insondables.

Solo un silencio absoluto y el eco distante de unos pasos que ya se alejaban.

Alejandro comprendió, sin necesidad de más palabras, que esa noche, el poder más oscuro de la ciudad había sido robado justo frente a él.

Y que la guerra sólo acababa de empezar.