Chapter 12
Capítulo 12 Ecos del pasado
La noche parecía respirar con un ritmo propio; un jadeo ahogado entre los edificios que se alzaban como fantasmas al acecho. Alejandro “El Sombra” Vargas se apoyó contra la fría pared de ladrillo carcomido detrás del club clandestino donde había sellado la alianza, sus ojos aún ardiendo con la furia contenida y el cansancio que le calaba hasta los huesos.
El humo de cigarro se enroscaba a su alrededor, una cortina grisácea que apenas lograba mitigar el frío que le reptaba por la nuca. Afuera, la ciudad seguía ardiendo, indiferente, ignorante del torbellino que comenzaba a formarse en su corazón oscuro.
Un zumbido seco interrumpió el silencio, un susurro conocido entre los murmullos del callejón. Alzó la vista y vio a un hombre surgir desde las sombras; era una figura encorvada, vestida con el desgaste de los años y la calle en su mirada: Ramón, un viejo cómplice de antes de la caída, un hombre que había sido sombra y cuchillo junto a él, ahora desgastado, pero con algo urgente en su expresión.
—Sombra —susurró Ramón entre dientes, apretando una vieja bolsa de cuero contra el pecho—. Tengo noticias. Tenemos un problema que ni siquiera el De la Cruz esperaba.
Alejandro ladeó la cabeza, dejando que cada músculo de su cuerpo se tensara como una cuerda a punto de romperse.
—Habla —ordenó, su voz una mezcla de asfalto y filo.
Ramón miró sobre su hombro, asegurándose que nadie los espiara, y luego susurró con la gravedad de un condenado:
—Luciano está tras algo más grande que una guerra territorial. Hay una tecnología antigua, perdida en las profundidades del primer submundo que levantó esta ciudad... una máquina capaz de destruirlo todo, de borrar el tejido que sostiene nuestro mundo.
“¿Una tecnología antigua?”, pensó Alejandro, sintiendo que una corriente helada le invadía el estómago.
—No es solo un rumor —continuó Ramón con urgencia—. Los hombres de Luciano están reventando viejas bases, robando documentos, cualquier cosa que los lleve a ese artefacto. Si lo consiguen, no solo nos derrotarán… harán desaparecer esta red que hemos tejido con sangre y acero.
Un ruido metálico retumbó al fondo, como si la misma calle se preparase para crujir bajo un peso invisible. Alejandro volvió a apretar el cigarro entre sus dedos, dejando que la ceniza se desmoronara.
—¿Dónde está ese lugar? —sentenció, sus ojos cada vez más duros, más afilados.
—En las catacumbas viejas, bajo la ciudad vieja, donde la luz nunca llegó —dijo Ramón, sus palabras un eco de antiguos secretos.
—Entonces, no podemos perder tiempo. Luciano busca apagar al Rey del Submundo y arrebatarle la corona con una bomba que no se ve ni se escucha —dijo Alejandro, sacudiendo el polvo de sus hombros—. Será la guerra más oscura que hayamos enfrentado.
Los dos hombres permanecieron un momento en silencio, escuchando el pulso latente de la ciudad, ese latido que parecía una cuenta regresiva hacia el abismo.
El eco de un disparo lejano hizo que Alejandro girara rápido, sus instintos de caza en alerta máxima.
—Esto apenas comienza —murmuró, mientras la lluvia comenzaba a filtrarse entre las grietas del callejón, apagando las sombras y lavando la sangre invisible que la noche había guardado.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Luciano no solo quería quitarle el trono; buscaba la aniquilación total.
—Vamos —ordenó Alejandro mientras se internaban hacia la boca oscura que se abriría hacia el pasado—. Vamos a encontrar esa maldita tecnología antes que él.
Pero mientras avanzaban, en un despacho iluminado solo por la luz intermitente de un viejo monitor, la imagen de Luciano De la Cruz apareció en la pantalla, sus ojos chispeando con la certeza de quien ya sabe que la destrucción está a punto de desatarse.
—Prepárense —susurró—. El fin del submundo está cerca.
Y en ese instante, un sistema antiguo, casi olvidado, comenzó a activarse bajo la ciudad.