Chapter 6
Capítulo 6 Traición desde adentro
El aire en la habitación se volvió pesado, denso, punzante. Ezra sentía como si cada partícula de oscuridad le rozara la piel, hirviéndole por dentro. La sombra que lo había arrastrado se disipó lentamente y él cayó a sus rodillas, jadeando, con el corazón martillando salvajemente contra sus costillas.
Sus dedos temblaban; el frío comenzaba a calar en sus huesos. Apenas podía distinguir las formas alrededor: la habitación estaba en penumbra, y un olor acre a humedad y aceite quemado hacía más visible el peligro que lo rodeaba. La poza tibia de sudor frío que se le acumuló en la nuca le recordó lo cerca que había estado de perderse para siempre.
—¿Quién demonios eres? —la voz resonó de nuevo, aunque esta vez él no fue el que habló.
Ezra giró la cabeza hacia un susurro que le heló la sangre.
—Nunca sabrás lo suficiente, Rey —una voz familiar, suave, venenosa—. Pero eso no importa. Lo importante es que sigues siendo útil... por ahora.
El peso de la traición se clavó como una daga. El sonido no era cualquiera; provenía de alguien que hasta hace poco había llamado aliado.
Despertó entonces la lucidez, abrupta y fría, como el filo de un vidrio roto atravesando su pecho.
De pie, tambaleante pero firme, quiso sacudirse la neblina de confusión. Entre las sombras, se discernía la figura de Álvaro, su más cercano confidente, el que había estado a su lado cuando todo comenzó a desmoronarse, el que le había prometido lealtad sin condiciones.
Pero esa voz, esa sonrisa quebrada en la oscuridad, no podía pertenecer a aquel hombre.
—¿Álvaro? —susurró con incredulidad.
—Buen oído, Ezra. Pero no esperaba que me reconocieras tan rápido —burló la figura desde la penumbra, sus pasos acercándose con sigilo.
El golpe en su pecho fue literal y figurado. El puñetazo de su propio miedo. Lo que había creído un aliado resultaba ser la raíz del veneno que tanto daño le había causado.
No había tiempo para preguntas, porque en ese instante un teléfono vibró sobre la mesa—y un susurro ahogado penetró en sus oídos.
—Valeria mueve piezas nuevas en la mansión Crestfall —decía una voz en la línea, apenas audible, llena de conspiración—. Está buscando a alguien más cercano a ti. Alguien que puede cambiarlo todo.
El sudor se le heló al recordar.
—¿Quién? —preguntó Ezra, aferrándose a ese hilo de realidad.
—No lo sé, pero tienes que escucharlo —el susurro terminó con un clic seco.
Las palabras se grabaron en su mente con una fuerza devastadora.
En ese mismo momento, un ruido metálico detrás de la puerta llamó su atención. El sonido de un portal abriéndose con cuidado. Ezra se lanzó hacia la sombra y se agazapó, escuchando entrecortadamente una conversación clandestina que transformaría toda su perspectiva.
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—Ella no debe sospechar —decía una voz grave, esta vez femenina, empapada de desdén—. Mientras Ezra crea que está protegido, caerá más rápido.
—¿Estás segura? —respondió Álvaro, ahora sin disfraz, con la tensión exacerbando su voz—. No puedo fallarle otra vez.
El oído de Ezra captó la chispa quebrada en ese juramento. La culpa, la debilidad, el temor a ser descubierto.
—No es cuestión de no fallar —replicó la mujer—. Es cuestión de asegurarnos que cuando lo haga, sea definitivo.
Un golpe seco resonó; la puerta se cerró detrás de ellos.
Ezra quedó solo, con la verdad mordiendo sus entrañas, un veneno que no podría sacudir jamás.
Su enemigo no era la sombra detrás del trono, sino el puñal sentado a su mesa.
Y la noche, implacable, apenas comenzaba.
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Con cada palabra escuchada, una nueva dimensión de la traición se desplegaba ante Ezra.
Se apartó de la pared, tomando aire con dificultad, y apretó los puños hasta que las uñas se hundieron en la piel. Álvaro, su hermano de sangre y confianza, y Valeria... un vínculo oscuro, un concierto silencioso que había sellado su caída.
Había sido un juego cruel y meticuloso, armado desde adentro.
Ezra sabía que no podía permitirse caer en la desesperación, porque en ese momento más que nunca, su secreto tenía que protegerse. Era la única ventaja que le quedaba.
Se levantó con la determinación afilada como un escalpelo y buscó su teléfono.
—Tengo que saber todo —murmuró, sin apartar la mirada del portal cerrado, por donde había desaparecido la mentira vestida de amigo.
Las gotas de lluvia comenzaron a golpear con fuerza los cristales de la ventana, como un tambor de guerra.
No había marcha atrás.
—Esto termina aquí —prometió en voz baja, con los ojos encendidos.
Pero dentro, un fuego mucho más oscuro estaba empezando a consumirlo.
Y la traición solo era el principio.